Entre el Deber Ser y el Ser



La diversidad de bagajes culturales, la educación, el origen y la vida social van moldeando nuestro carácter, lo van haciendo único (aparentemente), pero dentro de toda esa gama de posibilidades todavía se pueden señalar rasgos comunes; características que hacen que nos parezcamos todos los mexicanos. Algunas son particularidades muy positivas, otras son vicios y malos hábitos. He hecho una división cien por ciento arbitraria apuntando las diferencias entre lo que yo llamo “Mexicanos” y los “Mexinacos” reconozco abiertamente que yo encajo en ambas categorías en distintas circunstancias y éste ejercicio consiste en eso mismo, en reconocernos e intentar corregir lo que creamos que no está tan bien. A continuación la lista:

Mexicano es el que espera en la fila del banco.

Mexinaco es el que aprovecha cualquier distracción para colarse.

Mexicano es el que devuelve el dinero cuando le han cobrado de menos en una tienda.

Mexinaco es el que se queda callado y conscientemente lo roba.

El Mexicano está orgulloso de su país y de sus tradiciones, respeta su idioma y trata de enriquecerlo.

El Mexinaco supone que usando palabras en inglés o cualquier otro idioma sobresale y adquiere mayor posición social.

El Mexicano paga impuestos porque es su obligación.

El Mexinaco evade sus responsabilidades fiscales porque cree que son un abuso.

El Mexicano se estaciona en un lugar adecuado aunque tenga que caminar después.

El Mexinaco se estaciona en doble fila en la calle porque “solamente va a tardar un minuto”

El Mexicano da vueltas en un estacionamiento hasta que encuentra un lugar.

El Mexinaco se estaciona en el lugar para inválidos.

El Mexicano sale de su coche y abre la puerta para guardar el auto.

El Mexinaco toca el claxon para que alguien le abra la reja.

El Mexicano procura leer con frecuencia.

El Mexinaco prefiere ver la televisión todo el día.

El Mexicano escucha la opinión de los demás.

El Mexinaco arrebata la palabra para imponer su visión.

El Mexicano respeta el trabajo de la servidumbre.

El Mexinaco supone que la servidumbre es de su propiedad.

El Mexicano educa a sus hijos, los conduce y los guía con el ejemplo.

El Mexinaco golpea a los hijos para imponer su propia ley.

El Mexicano guarda la basura que genera y la recicla.

El Mexinaco mantiene limpia su casa ensuciando la calle.

El Mexicano está abierto a la diversidad de pensamientos y creencias.

El Mexinaco sermonea a todos para imponer su única religión y creencia.

El Mexicano trabaja, da empleo y genera recursos.

El Mexinaco asiste a eventos políticos y después estira la mano para que el gobierno le de.

El Mexicano estudia y medita antes de votar en una elección política.

El Mexinaco se abstiene porque “Esto nunca va a cambiar”

El Mexicano saca a su mascota a defecar en la calle y siempre lleva una bolsa de plástico para recoger la suciedad.

El Mexinaco tiene una mascota que solamente adorna su azotea y jamás lo procura.

El Policía Mexicano levanta infracciones de tránsito.

El policía Mexinaco acepta sobornos.

El Mexicano respeta el reglamento de tránsito.

El Mexinaco soborna.

El Mexicano acepta las diferencias y aprende de ellas.

El Mexinaco discrimina a las personas por su raza, posición social o sexualidad.

Este es un trabajo en permanente construcción y estoy listo para escuchar más sugerencias y ejemplos que incluiré en una segunda versión.

Septiembre



¿Recuerdas las estrellas aquella tarde de septiembre, Fernanda?

¿Puedes traer a la memoria el olor del aire en esa noche?

Estábamos ahí, descubriéndonos a nosotros mismos en los ojos del otro.

Estábamos abriéndonos a la vida por primera vez.

Tú estabas mirando más allá de mis ojos,

Con una mezcla de sorpresa y de ternura.

Yo te veía con la misma sorpresa y lleno de ansiedad.

Todavía hoy, puedo cerrar los ojos y volver a mirar así.

¿Recuerdas esos pasos que se acercaban a la distancia Fernanda?

Era la vida que nos quería alcanzar.

Y a pesar de que en ese momento pensábamos que ese sentimiento iba a durar para siempre, la vida finalmente nos alcanzó y nos guió por caminos distintos.

Había algo en las estrellas de aquella noche; algo distinto en el aire que nos envolvía.

Rozarnos la cara con los labios mientras cerrábamos los ojos para vernos mejor, para contemplarnos desde adentro.

Durante unos instantes, la vida espero a nuestro lado y nos dejó sentir por primera vez; nos permitió soñar y nos tatuó el alma para siempre.

Muchos septiembres han pasado desde aquella noche, y hoy levanto la cara y vuelvo a encontrarme con unas estrellas peculiares. Con esas que vimos cuando el aire de la noche tenía un olor especial.

¿Alcanzas a escuchar esos pasos a la distancia, Fernanda?

Debe ser la vida otra vez, que ahora nos va a llevar a un lugar distinto, nuevo, pero finalmente juntos.

Los Cuernos de la Luna



El sol caía sin misericordia, aplastándolo todo; creía estar totalmente sola hasta que a lo lejos, al final del loma, apareció un toro negro que me paralizó con su sola presencia. El grosor de su cuello me hizo pensar que yo cabría completa dentro de él; desde donde estaba, aquel animal parecía una estatua de ónix hasta que empezó a avanzar sigilosamente, analizándome, repasándome, cazándome.

Me llevé las manos a la cara y esa fue la señal para que se pusiera en alerta; estiró su poderoso cuello y bufó mientras abría los ojos desmesuradamente.

Intenté mover mis piernas pero las tenía atornilladas en el suelo; no existía nada en ese lugar, nada excepto el toro, yo y un inmenso sauce a trescientos latidos de distancia.

Conforme el animal se iba acercando, alcancé a notar los detalles de su figura, era increíblemente musculoso, su pelo era tan negro que azuleaba con el reflejo del sol y sus ojos, color ámbar, no parpadeaban ni un instante; sus astas eran blancas y formaban una herradura perfecta. Mientras avanzaba, un largo hilo de baba espesa se le balanceaba como péndulo; poco a poco me sentía más acorralada en plena llanura; intentar correr sería una invitación para lo peor y preferí esperar a que él marcará la tónica del combate.

Yo tampoco parpadeaba, no quería perder detalle de lo que hacía y con la mirada traté de buscar resguardo, de pronto escuché una voz que claramente me dijo:

-Ni siquiera lo intentes-.

Fue tan clara la llamada que supuse que había sido yo misma sin darme cuenta, detuve la vista en su hocico y volví a escuchar la voz:

-No, no es tu imaginación-.

El animal lentamente empezó a dibujar una sonrisa en su rostro, me había hablado pero no movía los labios.

-No hay salida.- Escuché con claridad y se me abalanzó.

Di media vuelta y corrí con todo el miedo a cuestas; cada metro que yo avanzaba me alejaba más del sauce y mis piernas parecían aturdidas, pasmadas.

El árbol se encontraba en la parte más elevada de otra loma, así que tenía que redoblar fuerzas para alcanzarlo, arrastré mi miedo con la firme intención de abandonarlo en la copa de aquel sauce pero pesaba más de lo que imaginé.

Una estrepitosa risa, mezclada con un resoplar y bufidos, me erizó los vellos de la nuca, escuché sus pisadas y sentí la tierra vibrando bajo mis pies por su cercanía. Llegué hasta el árbol pero ya no tenía fuerzas para trepar en él. Me detuve frente su enorme tronco y gire para encarar mi destino. El toro no paró su carrera, me embistió a toda velocidad y su fuerza me levantó del suelo. Uno de sus cuernos me perforó el costado, el otro el pecho desgarrándome la piel; claramente sentí como se me rompían las costillas, escuché los huesos quebrarse como cristal y una punzada caliente me hizo saber que el pitón había salido por la espalda. Con su colosal testa me golpeó de lleno en la cara y me cerró los párpados; en ese momento la risa empezó a desvanecerse.

Al abrir los ojos encontré el linóleo desgastado de mi habitación, las cobijas anudadas en mis piernas y los tacones de mis zapatillas enterrados, uno en el costado, justo a la altura de mis costillas, y el otro en mi pecho.

Jazmín



La cabeza me iba a estallar. Cada respiración se acompañaba de un punzón que me taladraba la sienes exaltando las sensaciones hasta lo absurdo. Lo inadmisible.

Siempre había sufrido de jaquecas pero esta era inusual. Parecía tener vida propia. No cedía un milímetro en el combate.

Sin motivo, mi abdomen se hinchó descomunalmente. El fenómeno me tomó por sorpresa con las manos sobre mi estómago y los dedos entrelazados. Vertiginosamente las dimensiones de mi figura estaban transformándose y por primera vez en horas dejé de pensar en la migraña.

Toda mi atención se concentró en zafar mis dedos que para ese momento estaban totalmente trenzados. Los nudillos se me blanquearon de tanto esfuerzo. Ya no era dueño de mi cuerpo.

Algo en mi interior comenzó a moverse violentamente. Como intentando salir, buscando liberarse de mis entrañas.

Recordé como la abuela de mi esposa insistía con frecuencia que el mejor remedio para los dolores estomacales y de cabeza era el té de jazmín. Esa idea me parecía absurda. Me sonaba a placebo, a un truco barato para engañar los sentidos del enfermo distrayéndolo del dolor.

En aquellos espeluznantes segundos lo único que deseaba era algo para que esa sensación de asco e hinchazón desapareciera.

En vez de alivio, intempestivamente lo que llegó fue un poderoso espasmo en mi cuerpo que hizo que me arqueara sentándome en la cama. Quise gritar, para implorar por ayuda, pero de mi garganta salió un remedo de voz. Un gruñido grave y tosco que bramó algo indescifrable.

Estaba seguro que perdía la razón y grité:

-¡Déjame!

Tal cómo llegó aquella pesadilla, se disipó en el aire.

Caí rendido, repasando aterrado el evento. No había más migraña. Tenía la garganta seca, los labios agrietados; mis manos se habían liberado y el abdomen había recuperado su habitual tamaño.

Un zumbido agudo llenaba todo el ambiente y a la distancia reconocí a una jauría de perros que, furiosa se acercaba hacia mi casa.

–No había perros en este barrio. Pensé.

Tomé del buró la jarrita de vidrio con agua y me serví un vaso, haciendo que ambos titiritaran conmigo.

Bebí ansioso y al terminar me serví un segundo trago que dejé a la mitad derrumbándome exhausto por la experiencia, hasta quedar profundamente dormido en medio del aullar de cientos de perros postrados afuera de mi casa.

El sonido del teléfono me despertó.

A tientas alcancé el auricular y comprobé que seguía siendo de noche. Del otro lado de la línea escuché la voz de mi cuñada:

-¿Arturo? Preguntó conmocionada.

-Acaba de morir mi abuela. Y rompió en llanto.

– Fue algo muy sorpresivo, ¡estaba bien!, solamente tenía una gripe normal y estaba ronca, pero… No lo podemos creer todavía.

No podía emitir un solo ruido, no sabía qué decir, cómo reaccionar. Todos en la familia sabían del estrechísimo lazo que unía a mí mujer con su abuela. Estaba atónito.

-Fue espantoso, se hinchó como globo. Su cuerpo se desborda de la cama, no cabe en ella.

Agregó cada vez más descompuesta.

-¡Y los malditos perros que no dejan de ladrar! No sé de dónde salieron. Hay docenas afuera de la casa.

Instintivamente busqué con la mirada el vaso con agua que había dejado sin terminar a un lado de mi cama, tratando de asegurarme que todo era un sueño, pero seguía ahí.

Suspiré profundamente, confundido, petrificado y al hacerlo se me llenaron los pulmones con el suave y delicado aroma del jazmín.

Primero la Nota



Cuándo empecé a trabajar como periodista gráfico, le pregunté a mi jefe de redacción cuál era el secreto para obtener las mejores imágenes, para apropiarme de las fotos más impactantes, esas que se quedan adheridas en el alma y que, aunque pasen los años, jamás se olvidan. Él me respondió que todos los fotógrafos de prensa estamos rodeados, todo el tiempo, de esas imágenes pero que muy pocos tenemos las agallas para resistir hasta el final, para mordernos la lengua y tragarnos las emociones ante esas imágenes.

-Primero la nota. Concluyó atravesándome con la mirada. –Siempre es primero la nota y después las emociones- me repitió.

Desde aquel entonces, cada vez que empuño la cámara fotográfica, esas palabras se me agolpan en la cabeza, en la memoria y siento un cosquilleo en el pecho; sé que es el valor que me reta y me pregunta si, en esta nueva ocasión, aguantaré más que los demás y llegaré hasta el final.

Esta mañana sentí el cosquilleo en el pecho desde que vi el accidente de tráfico y las llamas alejaban a la gente. Acababa de ocurrir porque no había ambulancias o patrullas, las llantas del automóvil seguían girando y alcancé a escuchar los gritos de un hombre desde el interior del carro. Saqué la cámara y descubrí el lente, la empuñé con firmeza y al levantar la mirada hacia el accidente, el hombre del auto ya había logrado abrir la portezuela, estaba encendido desde los tobillos hasta la cabeza y sus gritos eran desgarradores. A quince metros de distancia, alcanzaba a respirar el amargo olor de sus cabellos carbonizados; corrió hacia mí golpeándose con los brazos el cuerpo y chillando como si fuera un animal de rastro a la mitad de su ejecución; yo disparé una tras otra veinte fotografías hasta que se acabó el rollo y tomé la otra cámara. Apenas estaba sujetándola cuando el hombre en llamas se tiró al suelo hasta quedar a unos metros de mí. Alcancé a escuchar a lo lejos unos gritos de mujer pidiendo ayuda y en fracciones de segundo la calle se llenó de peatones que trataban de apagar el fuego de aquel hombre mientras yo seguía tragando desesperadamente mis emociones y repitiéndome que primero era la nota.

En el Umbral



Desde aquella primera sacudida, él empezó a buscar la salida. Se sujetó con fuerza a la cuerda que lo había mantenido vivo desde que alcanzaba a recordar y comenzó a arrastrarse a través de aquel pasadizo. No entendía ni cómo ni cuándo había llegado a ese lugar pero la humedad de aquel túnel, que antes ni siquiera notaba, ahora se hacia sofocante, pegajosa y le costaba trabajo respirar.
Cuando finalmente vio la desembocadura, sintió miedo, sabía que no podía quedarse ahí más tiempo pero la sola idea de cruzar al otro lado le helaba la sangre.
Los sonidos detrás del pasadizo se incrementaron, escuchó gritos desgarradores y una luz blanca e intensa lo obligó a mantener los ojos cerrados.
Ahí, en el brillante umbral del conducto, reflexionó un momento y comprendió que a partir de ese instante nada volvería a ser igual. Tomó la cuerda con ambas manos y la enredó alrededor de su cuello, empujó con fuerza hacia la estrecha salida y decidió morir antes de nacer.

Rosas Amarillas



Sigue espiándome desde la esquina. Se volvió una costumbre recorrer la orilla de la persiana para asomarme a la calle. Siempre esperando que él ya no esté.
Hoy sigue parado ahí, apenas a unos metros de mi automóvil.
No sé en qué momento empecé a notar su presencia, creo que fue la tarde en que se apareció detrás de los arbustos en la esquina de la calle. Llegaba de la oficina y al bajar del auto me distraje un momento recogiendo mis cosas, cerré la puerta y giré para encaminarme a la casa cuando salió de entre las matas y se detuvo frente a mí. No dijo nada, solamente me observó como estudiándome y me hizo una señal de saludo tocándose la gorra roja que siempre usa.
No puedo descifrar su edad. Las canas en su espesa barba sugieren más de cincuenta años, pero conozco gente con la mitad de esa edad que ya tiene marcadas las sienes con trazos blancos.

Supongo que mide más de un metro noventa porque desde la ventana de mi recámara parece una torre. Su cara nunca refleja expresión alguna y debe tener meses sin bañarse. Sus manos y cara siempre están sucias; el cabello que, se escapa debajo de su gorra, brilla bajo los rayos del farol de la calle de tan grasoso. Usa unos zapatos tenis que en algún momento, debieron haber sido blancos. Su inescrutable semblante es, sin lugar a dudas, lo que me corta la respiración al verlo.

Hace más de un mes que no puedo pensar en nada que no sea ese sujeto. He pasado noches perpetuas espiándolo y rara vez se mueve de la esquina. Con frecuencia prende un cigarro y lo fuma con calma. Se asoma a mi automóvil, entre bocanadas de humo y después dirige la mirada a la ventana de la sala de mi casa, revisa su reloj y continúa fumando.

Fui a la policía para reportar la presencia del tipo afuera de mi casa y el oficial que me atendió tranquilamente me dijo que el hombre no había hecho nada, que no lo podían arrestar por estar parado en la calle. Argumenté que me acosaba, que se asomaba a mi automóvil y que pasaba horas viendo hacia mi casa y revisando su reloj. Aclaré que me estaba vigilando. El policía sonrió sarcásticamente y me explicó, como si fuese una retardada, que vivíamos en un país en donde la gente todavía, tenía el derecho de mirar hacia donde se le diera la gana.

—Incluso a su reloj. Puntualizó irónico el oficial.
Me contuve para no bofetearlo ahí mismo.

Mari Paz, mi hermana, me ha apoyado incondicionalmente en todo este asunto, se ha ofrecido para quedarse a dormir aquí conmigo durante las noches. Eso no va a resolver nada, lo sabe ella y lo sé yo. La última vez que platicamos, ella me sugirió que visitara a un amigo suyo abogado para que me asesorara. Voy a ir a verlo.

Hoy en la mañana, por primera vez me reporté enferma en la oficina, no pude tolerar la idea de regresar en la noche a la casa y encontrármelo en la calle.
Siento que estoy un poco más protegida aquí adentro pero no puedo estar así siempre. Soy prisionera en mi casa.
Al principio pensé que este problema era sólo mi imaginación, en este momento ya no estoy tan segura. No tengo idea de qué es lo que quiere de mí.
He repasado todos los escenarios posibles acerca de las intenciones de este hombre: robo, violación, asesinato. Sigo alimentando estas ideas porque sé que la realidad jamás es como uno se la imagina. Siento que pensando en las peores situaciones evito que ocurran en la realidad.
Esta tensión ha ocasionado que constantemente me brinque la pierna izquierda, no me doy cuenta en que momento empieza el temblor y es hasta que me duele, cuando me percato que la he estado moviendo inconscientemente desde hace horas.

Las noches son lo peor, llevo semanas levantándome con un profundo dolor en la cara. Es el nerviosismo que me hace apretar la mandíbula durante los pocos minutos que logro conciliar el sueño.

Antes de abrir la puerta de la casa, camino a ver al abogado, reviso que no esté él por ahí agazapado esperándome.

Vuelvo a sentir un nudo en la garganta y el deseo de llorar. Se me está echando a perder la vida, ni siquiera a plena luz del día me siento segura.

Me acerco al vehículo y al abrirlo, un tufo rancio sale del coche. Todo está fuera de su sitio; la guantera está abierta y los documentos del auto están regados en el asiento del copiloto. No puedo contener el grito de pánico. En el suelo del coche está una rosa amarilla envuelta en papel periódico.

—¡Se metió al coche! Me digo aterrada.

Tomé un taxi para ir a ver al abogado. No me atreví a subir a mi coche. La policía estuvo aquí desde las 3:00 de la tarde buscando huellas digitales en el auto y obtuvieron una extensa colección. La mitad de ellas son mías. Al terminar me dijeron que van a cotejarlas en sus archivos para saber a quien pertenecen. Quedó claro que el tipo no se llevó absolutamente nada, simplemente se metió al coche y me dejó esa rosa.

El abogado me pidió que comprara un equipo de vigilancia con video incluido, dice que si ese sujeto vuelve a meterse a mi auto o intenta hacerlo en mi casa, con ese video ya se puede procesar por acoso.

No me quedan dudas, ese hombre viene a buscarme y la situación cada día se vuelve más desesperante. Me enferma saber que no hay casi nada que pueda hacer.

Tan pronto compré el equipo de video, lo instalaron. Colocaron una cámara en la esquina superior de la puerta de entrada, desde ese ángulo se puede cubrir la entrada de la casa y mi automóvil estacionado justo frente a la entrada. Fingiendo interés, el técnico me dijo:
—Con este equipo ya no la van a molestar más. Como si una cámara de video lo fuera a detener. Imaginé.

Está decidido, no pienso dormir en la casa por un par de días, Mari Paz me ofreció asilo y mientras la cámara de la casa lo vigila a él, yo voy a dormir un poco más.

Después de tres días de ausencia, regreso a la casa, me acerco al equipo de grabación y la cinta ya se terminó, tengo que rebobinarla y revisarla. Siento una opresión en el pecho conforme la cinta se va regresando, sé que lo voy a ver desde otra perspectiva. Dudo mucho antes de presionar el botón para ver la cinta. Un tic nervioso en el ojo hace que me brinque sin control. La cinta ya está corriendo.

En el monitor veo la entrada de la casa, la calle vacía y al fondo mi auto. Durante varios minutos no pasa absolutamente nada. Empieza a caer la noche en el video y lentamente la imagen se torna verdosa y con granizo por la falta de luz. Los faroles de la calle se encienden en la imagen y empiezo a dudar:

—Quizá se dio cuenta que la policía estuvo aquí. Me pregunto intrigada

—Por eso ya no regresó.

Estoy sumida en esta reflexión cuando lentamente, él entra en escena.
Desde que llega se acomoda en el lugar de siempre, saca un cigarro y empieza su ritual. Por su actitud sé que no se ha dado cuenta que la casa está sola. Se acerca a mi auto y lo inspecciona desde el parabrisas usando una mano para evitar el reflejo de los faroles en la calle. Está mucho más expresivo comparado con las ocasiones en que nos vemos a lo lejos. Regresa a su lugar, empieza a revisar el reloj y voltea a la ventana de mi recámara en el segundo piso. Conforme avanza el video me hiela la sangre contemplar la paciencia que muestra, no pestañea, no separa la mirada de mi casa.

Mientras más tiempo pasa, él parece ganar más confianza y yo mucho más miedo. Casi me acostumbro a verlo en el monitor, ahora parece casi inofensivo, de repente, hace un movimiento brusco y se inclina llevándose las manos a la espalda. Voltea hacia los dos lados de la calle y en un sola moción, un enorme desarmador aparece como por magia. Sostiene el cigarro entre los labios y entrecierra un ojo levantando la ceja izquierda para evitar que el humo se le meta en los ojos. Se acerca a mi carro y empieza a hurgar en la ventana.

Esta actitud sistemática y metódica me hace pensar en los asesinos en serie, esos que yo creía que solo vivían en otros países.

Con una habilidad sorprendente abre la portezuela y descaradamente, se encierra en el auto.

Ya no veo sus rasgos, solamente una sombra obscura que se mueve en el interior. Se inclina y abre la guantera. Ahora está bajando la visera donde está el espejo y se acerca para verse. Está echando para atrás el asiento y la silueta se esfuma.

Me empieza a faltar el aire, imagino todas las noches que él ha estado husmeando con tanto interés mis cosas mientras yo duermo. Su desfachatez es tan grande que me queda claro que no tiene nada que perder. Nada le preocupa.

Después de unos minutos, abre la puerta del carro y baja. Cruza la calle y se para en la entrada de la casa. Su imagen se distorsiona por la cercanía con la cámara y después de investigar a detalle la puerta, empieza a revisar en los alrededores. Se acerca aun más y descubre la lente de la cámara de video. Se acerca emocionado al aparato y sonríe sarcásticamente; sus dientes están sucios y un sinnúmero de arrugas le llenan el rostro. Saca la lengua y comienza a lamer el aire.

Por primera vez nos vemos a los ojos. Su cara, desproporcionada, ocupa todo el monitor. Me llevo las manos a la cara y comienzo a sollozar, no puedo creer que haya estado en el interior de mi auto tanto tiempo y que haya entrado con esa facilidad.

Me siento indefensa, ultrajada. No veo salida alguna para esta situación. Estoy increíblemente sola, temblando y a punto de entrar en una crisis nerviosa. Lo único que se me ocurre es llamarle a Mari Paz y ni siquiera puedo pronunciar palabra por el teléfono cuando ella me contesta, me falta el aire y siento el llanto atorado en la garganta. Sólo atiné a decirle:

—Estuvo aquí. Y colgué.

Inmediatamente empiezo a deambular por la casa cerrando ventanas y puertas. Corro todas las cortinas y mentalmente trato de encontrar algo con qué defenderme en caso de que él intente meterse a la casa.

Estoy vaciando los cajones de la cocina en busca de un cuchillo y después reflexiono y me doy cuenta de que aunque tuviera una pistola, no me atrevería a hacerle frente.

La presión estalla y empiezo a gritar.

Después de algunos minutos empiezo a retomar el control, sigo llorando y suspirando pero me siento un poco más tranquila. De pronto escucho un golpe en la puerta de la entrada y una descarga de adrenalina me pone a la defensiva. Abro los ojos como intentando ver a través de la puerta y sin pensarlo demasiado tomo el primer cuchillo que saqué de la alacena y corro al segundo piso. Al pasar cerca de la puerta veo una sombra a través de la ventana que está a un lado de la puerta principal y siento que las piernas se me doblan. Contengo el grito y me quedo petrificada frente a la entrada. La puerta se abre lentamente y escucho una voz de hombre que me llama por mi nombre.

Es el abogado y Mari Paz que vinieron a verme. El cuchillo se me escapa de las manos, no me puedo contener y rompo en llanto tirada en el suelo.

Después de revisar la cinta, la policía llegó a la casa y, por segunda ocasión, estoy rodeada de agentes que me hacen preguntas absurdas.

Al abrir el auto encontraron restos de semen en el tablero, dicen que también se van a llevar muestras de esa porquería para analizarla. El abogado intenta tranquilizarme diciéndome que con esa cinta ya puede solicitar una orden de arresto. Lo van a empezar a buscar.

El dictamen final es que no me hizo nada, no robó, no me atacó, ni siquiera me dirigió la palabra. El cargo es simplemente Allanamiento en Propiedad Ajena y como no encontraron más agravantes, sólo le dieron un año de prisión con derecho a fianza. Ese hombre no tiene dinero así que lo van a encerrar 12 meses y le van a reducir la condena si presenta buena conducta.

Decidí mudarme, no quiero estar cerca de esa casa ni de esa esquina.

La casa nueva tiene más luz y se siente más pequeña, más cálida. Me hace sentir más protegida.

Suena el timbre, seguramente es Mari Paz, quedamos de vernos hoy para comer. Abro la puerta y me encuentro a un niño de unos ocho o nueve años que me mira sonriente con las manos ocultas en la espalda. Estoy a punto de preguntarle qué desea cuando estira sus manitas y me alcanza una rosa amarilla envuelta en un periódico.

—Se la manda el señor. Me dice mientras señala, con su diminuto dedo, hacia una esquina en donde ya no hay nadie.