Maestro



Con la mirada cansada, pero satisfecha el Maestro me observó fijamente.  Sus ojos mostraban una determinación contundente. Estaba exhausto pero contento, sabía que nada lo iba a detener, sabía que seguiría luchando a pesar de todo. Me estaba enseñando con el ejemplo; dejó atrás las palabras, escondió los sermones y se concretó a enseñar haciendo.

Poco a poco me fue develando la lección. Sin prisa, sin ansiedad. Tomando los eventos uno por uno, librando las batallas en silencio, ensimismado. Nunca le importó lo que otros opinaban, nunca claudicó ni siquiera cuando la suerte le daba la espalda. Parecía que era, justo en esos momentos, cuándo más fuerte luchaba, cuando más clara era su enseñanza.

-No sirven tus riñones. Le dije con un nudo en la garganta. Y él siguió luchando.

-Tú corazón no puede soportar más este ritmo a marchas forzadas. Le advertí temblando de miedo. Y él siguió adelante.

-Tus pulmones están llenos de agua, de toxinas; uno de ellos, además, está sangrando incontrolablemente. Le susurré pensando que el final estaba cerca. No se detuvo.

-Ya no respiras por ti mismo, una máquina te ayuda. Lo previne, y él siguió luchando.

Todos a nuestro alrededor nos dijeron que era mejor despedirse de él, que difícilmente llegaría al amanecer.  En ese momento le pedí a Dios que me diera fuerza para entender su decisión y valor para sobrellevar sus consecuencias.

Aquella mañana el sol apareció y el sangrado se detuvo. La infección en los pulmones que le robaba la vida, comenzó a ceder y entendí que, por lo menos esa batalla, él la había ganado.

Azorado lo busqué. No entendía cómo se había librado de tantos enemigos, cómo había sorteado tantas amenazas.

Al mirarlo en ese amanecer, postrado en una cama, lleno de tubos y máquinas que le suministraban medicamentos ayudándolo a bombear sangre, a limpiar su cuerpo de todo lo que él ya era incapaz de sacar, que le asistían para respirar, comprendí que seguía luchando, que a pesar de todo él seguía haciéndolo.

Veinte días pasaron antes de que él abriera sus profundos ojos cafés y con la mirada cansada pero satisfecha me observara fijamente.

Hoy no sé si la inmensa lección que me enseñó fue tan elocuente y efectiva por la manera tan decidida de su actuar, o sí fue así porque solamente tiene 3 años, el maestro es mí hijo, y siempre creí que era yo el que debía enseñar.

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