Paciencia



La explosión había ocurrido a cientos de kilómetros, y a la distancia, el cielo comenzó a iluminarse más allá de lo que jamás había soñado. Un viento poderoso se desató en medio de un ensordecedor silencio y todo voló por los aires: autos, árboles, gente, sueños…
La tierra se partió y enormes gajos de concreto empezaron a ser deglutidos por el suelo. No quedó piedra sobre piedra.

Empecé a rodar a través de una de esas grietas y cuando me detuve, había quedado boca arriba. Instintivamente decidí no moverme y esperé a que terminara de pasar aquella ráfaga incandescente que todo lo quemaba. Una vocecilla interior empezó a dictarme las instrucciones para mi supervivencia; cerré los ojos y me dejé llevar. Todo mi interior empezó a funcionar más lento, nada tenía prisa y mi vida empezó a dosificarse. No escuchaba gritos de ayuda porque allá arriba ya nadie la necesitaba y pensé en mis hermanas. Algo dentro de mí me decía que en aquellos instantes ellas también estarían luchando por salir adelante y sobrevivir.

El terreno estaba caliente y sentía la grava ardiendo en mi espalda, ni siquiera eso iba a hacer que me moviera. La luz se agotó y una nube blanquecina empezó a cubrir el cielo, la temperatura bajó dramáticamente y al principio sentí alivio por puro contraste, por variar la situación, pero pronto esa medicina empezó a enfermar también. Con el paso de los días, el sol se convirtió en un reflejo verdoso a través de las nubes de polvo y terminó por ser una mera referencia de tiempo que no daba ni quitaba nada. El esfuerzo interior por seguir el nuevo ritmo de mi vida me absorbió al grado de no moverme un sólo centímetro para ahorrar toda la energía posible. No quería comer, no quería dormir, solamente quería mantener a mi cuerpo viviendo. Con frecuencia la tierra se cimbraba sacudiéndose afiebrada de esa enfermedad que la estaba matando y fue en una de esas convulsiones que una nueva grieta se abrió y volví a rodar hasta quedar boca abajo. Levanté la cabeza y a toda velocidad empecé a correr; el paisaje era irreconocible así que cualquier camino que eligiera era el correcto; decidí seguir en línea recta y atrás de un montículo de fierros retorcidos las vi, cientos quizá miles de hermanas que corrían hacia el sur buscando alimento. Extendí las alas y volé directamente hacia ellas sabiendo que tarde o temprano, millones de antenas juntas buscando el camino correcto, acabarían por darnos de comer a todas.

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