Status Quo Inc.


Nuevamente me levanté de la mesa para servirme un nuevo trago. Conforme avanzaba la conversación yo me iba molestando más y más. Habíamos pasado desde hablar del clima y cuánto habían cambiado las fiestas infantiles de nuestros hijos comparadas con las nuestras, hasta mi repentino despido de la Siderúrgica dónde había trabajado 15 años y la inconsciencia colectiva que nos envolvía a todos y nos cegaba ante la realidad de una sociedad podrida.

Supongo que el alcohol y el hartazgo se combinaron en aquel momento y exploté. Dejé de cuidar las palabras. Una voz interna me decía que tenía que detenerme, que era el cumpleaños de mi sobrina, que no era ni el lugar ni el momento. No pude hacerlo. Entre globos, confeti  y ostentando un ridículo sombrerito con Mickey Mouse encaré a mi mujer y después a los demás:

-¿Cómo es posible que sigan pasmados ante toda esta mierda?- le espeté a la familia entera postrada ahí en la mesa del comedor.

Se miraban unos a otros en silencio y eso me enfurecía más.

-¡Exactamente! – les grité,  -esa es la actitud estúpida que aprovecha el gobierno de este país para someternos a todos, ¡así! Callados, petrificados, molestándose y quejándose pero sin hacer nada-

Me quedé mirando el fondo de mi vaso con ese whiskey frío que sabía a hastío.

En el ambiente solamente se escuchaban las voces de los niños jugando y correteándose a lo lejos, allá en el jardín.

-Creo que has bebido mucho y entiendo tu molestia por lo del despido pero tienes que entender que vivimos en una crisis generalizada Alberto- dijo casi avergonzada mi hermana.

-Además los niños te están escuchando ¡y por Dios, estamos en una fiesta infantil! –

Nadie dijo nada más. Los repasé a todos con la mirada como examinándolos, tratando de develar en su interior.

-Qué carajos les importa a ellos- Pensé, todos tienen posiciones económicas acomodadas, no son ricos, pero no les falta nada. Al analizarlos me detuve en Joaquín, el esposo de mi hermana. Trabajaba para el gobierno desde antes de que entrara a la familia. Nunca hablaba, siempre observaba en silencio las conversaciones y sus únicos comentarios eran con la cabeza. Asentía o negaba sin decir palabra y de vez en

cuando aclaraba la garganta dos veces como dispuesto a comentar algo y nuevamente no decía nada. En aquellos momentos yo sentía que él era parte de todo ese sistema, sentía que mi enemigo vivía en la familia.

Sostuve la mirada en él y di un lento y largo trago a mi whiskey.

-¿Tú no vas a decir nada cuñado?- Le pregunté casi como retándolo.

Aclaró la garganta dos veces y sorpresivamente habló. Lo hizo con un semblante severo, serio.

-Yo creo, cuñado, que hay cosas que no conoces y no puedes hablar de ellas así nada más- Contestó pausado mientras seguía viéndome fijamente.

Ignoré el sutil mensaje de terminar ahí la conversación y arremetí contra él.

– Todo el sistema ese en dónde trabajas es una mierda cuñado y ustedes nos tratan a todos los demás como si fuéramos pendejos o ciegos. ¿De verdad crees que yo me trago la historia esa del Calentamiento Global o los ataques terroristas contra los gringos?, todo eso es su negocio. Ustedes cobran utilidades de todo eso, por qué otra razón lo harían?. Para ese momento empezaba a sentirme totalmente borracho, incómodo pero aun furioso.

-Status quo Alberto, preservar el status quo de la sociedad el mundo es más complejo de lo que la gente imagina; hay cientos de intereses muchos compromisos, cosas que no podrías entender. Los resultados no son a corto plazo, hay que sacrificarse para avanzar.

Un calor comenzó a subirme desde la punta de los pies hasta la coronilla. Sentía que me estaba tratando como a un idiota. Y la tensión en el comedor se hizo espesa, todos contenían la respiración y solamente se escuchaba el campanillear de los hielos de mi trago al finalizarlo.

-Vamos a partir el pastel- dijo fingiendo alegría mi hermana y todos brincaron de sus asientos y se dirigieron hacia el jardín de atrás con los niños. Yo me quedé inmóvil sabiendo que Joaquín tendría que pasar junto a mí. Sin quitarle los ojos de encima le susurré al acercarse:

-Ya estamos hartos, ¿sabes? No soy el único que está hasta la madre de esta situación- Dije entre dientes.

-¿Y qué vas a hacer “amigo”? ¿Una revolución?. El horno no está para bollos, no te metas en problemas por una estupidez como esta. Llámame el lunes, estoy seguro que te puedo conseguir algún puesto en la oficina. No hay problema. Relájate hombre-

Mi reacción fue inmediata: -Estoy borracho, pero no pendejo cuñado. Trabajar para este sistema de micos ¡nunca!, ¿me oíste? ¡nunca!- y le alcancé mi vaso de whiskey. Le di la espalda y me arranqué de un golpe el maldito gorro de Mickey Mouse.

Las siguientes tres semanas las dediqué a contactar a periodistas, a estaciones de radio en Internet, a pod cast con periodistas independientes y a dar difusión a los despidos injustificados de la siderúrgica. Hablé sin pelos en la lengua, di nombres, fechas, llevé fotocopias de documentos internos de la compañía, conseguí incluso que me dieran 5 minutos en el noticiero de las 6:00 a.m. para que presentara mis pruebas.

No tardaron en llegar las llamadas anónimas a la casa, a ver carros sospechosos rondando mi barrio, cuando iba al banco, cuando salía con mi mujer a hacer la despensa. Estaban en todas partes. En uno de los noticieros de Internet me avisaron de la llegada de cientos de llamadas relatando hechos similares en diferentes empresas multinacionales que operaban en el país.

Una noche sonó el teléfono y era Joaquín.

En un tono muy pausado como siempre es él, me preguntó por los sobrinos y por mi esposa, después casi como un tema obsoleto me preguntó si yo había escuchado  algo referente a esas absurdas manifestaciones afuera del Palacio Nacional y los bloqueos a las entradas de algunas compañías trasnacionales en la ciudad.

Me reí y le dije que yo solamente era un incendiario familiar, de cajón, de borrachera con la familia. Mentí tratando de ser lo más convincente posible, restándole importancia a la pregunta pero le recordé que ya le había dicho que yo no era el único que estaba fastidiado y harto con el sistema del país.

-Mejor ten cuidado Alberto, te repito que el horno no está para bollos estos revoltosos se están pasando del límite tolerable y vienen consecuencias graves. No quiero que nada malo les pase a ustedes. Ten cuidado.

Cambiamos sutilmente de tema y la llamada terminó.

A la mañana siguiente, había quedado de llevar a la televisión local los documentos y las pruebas específicas de  mi despido injustificado. Manejando rumbo a la televisora, sentía que aquel desplante etílico en la fiesta de mi sobrina había detonado una serie de sucesos que empezaban a salirse de control y sentí miedo. Decidí que la entrega de esos documentos en la cadena de televisión iban a ser lo último que intentaría. Sabía que me estaban faltando cojones para continuar con aquello.

Apenas puse un pie afuera de la televisión, sentí particularmente vacía la calle, como desolada, sin tráfico, sin vendedores ambulantes, sin un alma.

Estaba yo repasando mentalmente esa particular escena, cuando detrás de mí escuché el sonido de un motor acelerando a toda velocidad, giré para ver de qué se trataba y ya la tenía encima. Era una camioneta SUV negra con los vidrios polarizados y antes de que yo reparara en algo más, dos hombres se me fueron encima apuntándome con pistolas en la cara; uno de ellos me golpeó en la nuca con la cacha de su arma y al caer al piso, el otro me cubrió la cabeza con un saco de paño obscuro y me arrastraron hasta la camioneta, al entrar me golpee con el filo de la portezuela, justo arriba de la ceja izquierda e inmediatamente supe que estaba sangrando. Golpes, puntapiés, amenazas, escuché como cortaron cartuchos dentro del vehículo y me encañonaron en las costillas, tan fuerte que el golpe me hizo gritar. Alguien me tomó por los cabellos a través del paño y me enterró la punta de una pistola en la boca, sentí como mis dientes se rompían y el dolor era insoportable.

-¡No te muevas cabrón!- Me gritó una voz furiosa mientras avanzábamos a toda velocidad.

Nadie más habló en las siguientes dos horas que me parecieron una semana.

Finalmente el carro se detuvo, me volvieron a arrastrar por un camino de piedras y entramos a una casa. El lugar era sucio, se escuchaba el eco de las voces y de las pisadas en el suelo.

-Me van a matar carajo. Pensé.

A mi mente llegaron los rostros de mis hijas y de mi mujer. Llorando, desesperadas, desamparadas.

Me empujaron y caí sentado en una silla, amarraron mis brazos por detrás y quedé vulnerable, indefenso.

Los pasos se tranquilizaron y una puerta se abrió. Unas pisadas lentas y pausadas se acercaron hasta mí y más al fondo escuché una voz que preguntó:

-¿Qué sigue patrón?

Los pasos me rodearon lentos, sin prisa, como analizándome.

A lo lejos escuché sus últimas instrucciones:

-Explíquenle la importancia de mantener el Status Quo en la sociedad-

Aquel hombre aclaró la garganta dos veces y se empezó a alejar y una puerta al fondo chirrió al abrirse.

-El curso completo muchachos. El curso completo- Agregó.

La habitación se llenó de risas burlonas y la puerta del fondo finalmente se cerró.

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6 Respuestas a “Status Quo Inc.

  1. Una historia que pone la piel de gallina por lo posible y por las connotaciones a las que me retrotrae…
    ¿Y vos decís que no te sentís cómodo en los diálogos?…
    Este cuento es excelente. El clima, la situación, el ¨crescendo¨ de la historia y el estupendo protagonista…
    Me encantó (si es que cabe la palabra para semejante historia), y me encanta leerte…
    Un beso grande

    • Leny:

      Ahora sí me has hecho el día, no sabes cómo espero tus comentarios y me halaga mucho saber que te gustaron los diálogos de este último cuento que subí.

      Nos seguimos leyendo, diario voto por tu Blog y me leo el último de tus maravillosos textos.

      Saludos

  2. Yo también voto a diario tu blog (con un breve impasse por mi viaje)y me pasa exactamente lo mismo con tus comentarios…
    Un beso, y claro que nos seguimos leyendo!

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