La Muerte y algunas de sus Caras


Finalmente aquí está el libro en versión Kindle:

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Los espero, ojalá les guste.

 

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La doncella detrás de la cruz.


Imagen Con la tarde se habían cansado ya los dos o tres colores del campo y los hombres iluminaron la senda con antorchas. Todos en silencio y dejando una prudente  distancia con respecto al excelentísimo Diego de Deza, Inquisidor General de Castilla y León; quien apenas una año atrás, en 1499, había extendido su jurisdicción a los territorios de la Corona de Aragón. Muchos reconocían en Diego de Deza la misma sangre fría y crueldad que su predecesor, Tomás de Torquemada. No había excepciones para el jefe supremo del Santo Oficio. La clemencia era insólita en él. Esa noche el turno era para Catalina Maldonado, una joven campesina señalada por el mismísimo inquisidor, como bruja y amante de satanás. La estaca y el verdugo estaban listos. Cuando Diego de Deza llegó al lugar de la ejecución. La gente ya estaba reunida y murmuraban de lo extraño de ese procedimiento. Se estaban omitiendo o acelerando distintos pasos del proceso tradicional de pena capital. No había testigos además del excelentísimo Inquisidor General. No se había encerrado a la sospechosa, ni se había hecho un juicio, como era la costumbre. Ni siquiera se le había ofrecido la oportunidad del perdón a cambio de una confesión. Todo había sido muy atípico y presuroso. Diego de Deza se acercó hasta Catalina y le susurró: ––Dios perdona a los que muestran arrepentimiento–– y mantuvo firme la mirada en la joven. Ella empezó una mueca que prometía ser una sonrisa de alivio cuando el inquisidor la interrumpió: ––Pero yo no soy Dios–– y enérgico ordenó que vaciaran el barril de alquitrán sobre Catalina Maldonado.              Esa mañana el Inquisidor había sentido un fuerte impulso para viajar hacia el norte. Sentía que una visita a la comarca de Jacetania le vendría bien y aprovecharía el viaje a caballo para meditar ese interés que lo mantenía en vilo: ampliar los poderes y la jurisdicción del Santo Oficio a todos los territorios dependientes de la monarquía española: “Hasta Sicilia” reflexionó. ––Su excelencia, esta es la villa de Borau– interrumpió uno de los auxiliares laicos de Diego de Deza. Todos bajaron de sus monturas y empezaron el recorrido a pie por la pequeña villa. Conforme la gente los veía acercarse se iban santiguando e inclinando la cabeza. Había artesanos trabajando el barro a las afueras de sus casas; niños que acarreaban cestos con granos y frutas. La mirada severa de Diego de Deza se paseaba inquieta de un lado al otro hasta que se cruzó con la de una joven de cabello negro y ensortijado que enmarcaba unos ojos enormes; un par de aceitunas que parecían brillar con luz propia. El inquisidor avanzó a paso firme directamente hasta la muchacha que en ningún momento apartó la mirada. ––Jamás vi que te persignarás–– le dijo Diego de Deza en tono seco. ––Lo hice apenas lo vi, su excelencia. Quizá en ese momento no me estaba viendo usted a mi. De Deza se quedó hipnotizado con la mirada profunda de la joven; sentía que podía ver el fondo de su alma a través de esas dos hermosas ventanas verdes. ––¿Cómo te llamas, mujer?–– preguntó más relajado el clérigo. ––Catalina, su excelencia, Catalina Maldonado–– y la muchacha sonrió terminando de fascinar a Diego de Deza. ––¿Qué hacías antes de que llegara, Catalina? ––Lavaba ropa, señor. La ropa de mis hermanas. El inquisidor revisaba con la mirada a Catalina y se detenía arrebatado en sus pechos perfectos. Toda su silueta era un deleite, su cintura, sus piernas firmes y torneadas. ––Me gustaría conocer tu casa y saber cómo vives, Catalina. La muchacha sonrió nuevamente y le contestó con una breve reverencia. ––Será un honor, su excelencia–– tomó la ropa todavía mojada y avanzó por las pequeñas calles de la villa de Borau. El séquito de auxiliares laicos y sacerdotes que acompañaban a Diego de Deza caminaron detrás de él confusos y haciéndose preguntas entre dientes. El inquisidor no perdía detalle de la figura de Catalina. La seguía totalmente abstraído. Un repentina ráfaga de calor le empezó a subir desde la punta de los pies hasta la cabeza, sorteando toda clase de advertencias y avisos que se encontraba en su camino. Era el cuerpo mismo de su juramento ante Dios que ahora lo molestaba importunándolo frente a la más magnifica tentación que jamás había visto. Una que ni siquiera habría podido imaginar. Llegaron hasta la casa de Catalina Maldonado y la comitiva se detuvo a unos metros de la entrada principal. Diego de Deza miró a toda la comparsa y levantó la mano derecha: ––Esperen aquí–– les ordenó. Pasó una hora completa antes de que la puerta de madera se abriera y el inquisidor saliera de la casucha. Catalina se quedó en el umbral y con una sonrisa despidió a Diego de Deza. ––Que tenga buen camino, su excelencia––gritó la muchacha a lo lejos. El inquisidor la escuchó, pero no detuvo el paso ni intentó voltear: “Esta es una tarde que durará vívida como un sueño entre todas las tardes” Se dijo. Al llegar a Castilla y León, el inquisidor se refugió en sus habitaciones y ordenó que no se le molestara. Toda la noche y gran parte del día siguiente repasó una y otra vez cada segundo y cada centímetro de la experiencia que acababa de vivir. Las imágenes se revolvían en su mente; los ojos de Catalina, los herejes ardiendo en las hogueras; su deber como la mano de hierro de Dios; su deber como hombre imperfecto, débil, proclive al pecado, a la carne, a otro amor que no era el de Dios, pero que parecía más intenso. Más real: ––Ya casi no soy nadie–– se decía –– soy tan sólo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti, Catalina, está la delicia y el goce de la vida como está la justicia y la verdad en el fuego de la hoguera–– se decía sollozando. Forzaba la memoria para recordar lo que había sucedido en la casa de Catalina Maldonado, pero algo le bloqueaba el pensamiento; lo atoraba ahí frente a la entrada de la casucha y no podía recordar nada concreto. El siguiente recuerdo coherente y claro que le venía a la cabeza era de él montado a caballo de regreso a Castilla sin poder apartar de sus pensamientos la boca y los senos de Catalina. Reexaminaba su situación cuando de súbito encontró la respuesta: ––¡Es una bruja!–– gritó. ––Catalina Maldonado, has tentado con tu carne a la mano de Dios. Yo, Diego de Deza, Inquisidor General de la Santa Inquisición, te persigo, te juzgo y te condeno. Salió de sus aposentos, a media tarde, y ordenó a su séquito que se adelantara a la villa de Borau y apresaran a Catalina Maldonado por ser bruja y amante de satanás. ––¡Quiero que todo esté listo para su ejecución en cuanto yo llegue!––gritó. El alquitrán escurría por el cuerpo de Catalina cuando empezó a hablar para si misma algo incomprensible. Diego de Deza estaba a punto de dar la orden de encender las ramas que cubrían hasta la cintura a la mujer cuando se acercó nuevamente a ella: ––Eres definitiva como el mármol, Catalina, tu ausencia entristecerá otras tardes. Todas las tardes. Diego de Deza bajó la mano y el verdugo encendió el ramaje. De inmediato corrieron las llamas y abrazaron a la mujer. Un chirrido empezó a llenar los oídos de los presentes y el inconfundible olor a carne quemada los cercó a todos. El humo se levantó junto con grandes lenguas de fuego, pero no se escuchaban los gritos de Catalina. ––Perdóname, Señor por lo que acabo de hacer––se dijo con un susurro el inquisidor.

En el Umbral



Desde aquella primera sacudida, él empezó a buscar la salida. Se sujetó con fuerza a la cuerda que lo había mantenido vivo desde que alcanzaba a recordar y comenzó a arrastrarse a través de aquel pasadizo. No entendía ni cómo ni cuándo había llegado a ese lugar pero la humedad de aquel túnel, que antes ni siquiera notaba, ahora se hacia sofocante, pegajosa y le costaba trabajo respirar.
Cuando finalmente vio la desembocadura, sintió miedo, sabía que no podía quedarse ahí más tiempo pero la sola idea de cruzar al otro lado le helaba la sangre.
Los sonidos detrás del pasadizo se incrementaron, escuchó gritos desgarradores y una luz blanca e intensa lo obligó a mantener los ojos cerrados.
Ahí, en el brillante umbral del conducto, reflexionó un momento y comprendió que a partir de ese instante nada volvería a ser igual. Tomó la cuerda con ambas manos y la enredó alrededor de su cuello, empujó con fuerza hacia la estrecha salida y decidió morir antes de nacer.

Los Cuernos de la Luna



El sol caía sin misericordia, aplastándolo todo; creía estar totalmente sola hasta que a lo lejos, al final del loma, apareció un toro negro que me paralizó con su sola presencia. El grosor de su cuello me hizo pensar que yo cabría completa dentro de él; desde donde estaba, aquel animal parecía una estatua de ónix hasta que empezó a avanzar sigilosamente, analizándome, repasándome, cazándome.
Me llevé las manos a la cara y esa fue la señal para que se pusiera en alerta; estiró su poderoso cuello y bufó mientras abría los ojos desmesuradamente.

Intenté mover mis piernas pero las tenía atornilladas en el suelo; no existía nada en ese lugar, nada excepto el toro, yo y un inmenso sauce a trescientos latidos de distancia.

Conforme el animal se iba acercando, alcancé a notar los detalles de su figura, era increíblemente musculoso, su pelo era tan negro que azuleaba con el reflejo del sol y sus ojos, color ámbar, no parpadeaban ni un instante; sus astas eran blancas y formaban una herradura perfecta. Mientras avanzaba, un largo hilo de baba espesa se le balanceaba como péndulo; poco a poco me sentía más acorralada en plena llanura; intentar correr sería una invitación para lo peor y preferí esperar a que él marcará la tónica del combate.

Yo tampoco parpadeaba, no quería perder detalle de lo que hacía y con la mirada traté de buscar resguardo, de pronto escuché una voz que claramente me dijo:

-Ni siquiera lo intentes-.

Fue tan clara la llamada que supuse que había sido yo misma sin darme cuenta, detuve la vista en su hocico y volví a escuchar la voz:

-No, no es tu imaginación-.

El animal lentamente empezó a dibujar una sonrisa en su rostro, me había hablado pero no movía los labios.

-No hay salida.- Escuché con claridad y se me abalanzó.

Di media vuelta y corrí con todo el miedo a cuestas; cada metro que yo avanzaba me alejaba más del sauce y mis piernas parecían aturdidas, pasmadas.

El árbol se encontraba en la parte más elevada de otra loma, así que tenía que redoblar fuerzas para alcanzarlo, arrastré mi miedo con la firme intención de abandonarlo en la copa de aquel sauce pero pesaba más de lo que imaginé.

Una estrepitosa risa, mezclada con un resoplar y bufidos, me erizó los vellos de la nuca, escuché sus pisadas y sentí la tierra vibrando bajo mis pies por su cercanía. Llegué hasta el árbol pero ya no tenía fuerzas para trepar en él. Me detuve frente su enorme tronco y gire para encarar mi destino. El toro no paró su carrera, me embistió a toda velocidad y su fuerza me levantó del suelo. Uno de sus cuernos me perforó el costado, el otro el pecho desgarrándome la piel; claramente sentí como se me rompían las costillas, escuché los huesos quebrarse como cristal y una punzada caliente me hizo saber que el pitón había salido por la espalda. Con su colosal testa me golpeó de lleno en la cara y me cerró los párpados; en ese momento la risa empezó a desvanecerse.

Al abrir los ojos encontré el linóleo desgastado de mi habitación, las cobijas anudadas en mis piernas y los tacones de mis zapatillas enterrados, uno en el costado, justo a la altura de mis costillas, y el otro en mi pecho.