Contra natura


ahogamiento

 

––Tranquilos todos. Esto siempre se ve peor de lo que en realidad es––anunció Mario desde la cubierta mientras su rostro contradecía las palabras.
La embarcación se ladeó con fuerza y el corazón, de todos a bordo, se encogió como tratando de guarecerse, también,  de la sorpresiva tormenta.
Esteban, el más pequeño de la familia Salvatierra, quiso contener el llanto, refugiándose en los brazos de su madre, y ella lo rodeó con un brazo mientras jalaba con el otro a Javier, el hijo mayor.
––¡Todo está bien, todo está bien, todo está bien!––repetía sin cesar mientras revisaba con la mirada todo a su alrededor y jugaba nerviosa con los rizos de Esteban.
El techo del camarote crujía y se empezaba a filtrar el agua. Las ventanillas, que daban al costado del yate, estaban empañadas y se salpicaban constantemente con gotas que dibujaban rayas horizontales en el vidrio.
––¿Hay un animal allá afuera mamá?––preguntó Esteban con el rostro desencajado.
––Es el aire, mi amor. Eso es lo que ruge.
––Yo no quiero que el aire me coma, mamá–– suplicó el niño que se apretaba contra el pecho de su madre.
––Nada nos va a pasar, mi vida. Todo está bien–– mintió ella, tratando de convencerse más a sí misma que a Esteban.
Mario se asomó desde la cubierta y gritó:
––¡Alejandra, saca a los niños! Esto se va a voltear.
Nada hubiera podido prevenirlos de esta situación. Quince minutos antes, el clima era apacible. Algunas nubes grises en el cielo, pero no había nada que les indicara que se aproximaba una tormenta tan violenta. De hecho, estaban a punto de iniciar la celebración del sexto cumpleaños de Esteban. El pastel y las velas estaban listas cuando un repentino relámpago los puso en alerta.
El mar negro y embravecido no dejaba de sacudir al yate Minerva. Una pequeña embarcación que la familia Salvatierra había rentado y que, vista desde el muelle, parecía enorme y lujosa. Ahora, en el océano, lucía insignificante frente a las olas gigantescas que se lo querían tragar apenas a una milla de la costa.
Alejandra tomó a los niños y los subió hasta la cubierta del barco. Para ese momento, Esteban lloraba con la carita llena de angustia y Javier trataba de contenerse, pero también estaba desorientado. Los dos querían pegarse a su madre, esconderse del vendaval bajo sus brazos y tratar de olvidar para siempre esa locura.
Apenas se asomaron a la cubierta, la lluvia los obligó a entrecerrar los ojos y a comunicarse a gritos. Una inmensa ola golpeó a Minerva por la proa y el agua inundó todo el piso, lanzando con fuerza a Mario hacia las escalinatas. Alejandra intentó detenerlo pero le resultó imposible interrumpir la violenta caída de su esposo hacia el interior del barco. Detrás de él, un nutrido río terminó de sepultarlo junto con dos camastros que también arrastró. No habían terminado los gritos de los niños y la madre, cuando otra ola, remató a la endeble nave hasta voltearla.
Alejandra y los niños fueron lanzados con furia hacia el mar, desprovistos, ahora, de la ilusión de seguridad que el suelo de Minerva les ofrecía. Los sonidos se apagaron. Todo era agua.
Cuando ella sacó la cabeza, ya estaba gritando y buscando a sus hijos. Un punto verde, a veinte latidos de distancia, le indicó que ahí estaba Javier. Se lanzó tras él y lo jaló de la ropa. Javier reaccionó tosiendo y gritando:
––¡Papá! ¿dónde está mi papá?
Alejandra intentó buscar a Minerva con la mirada, pero solamente alcanzó a ver la quilla apuntando al cielo y todo el armazón del bote sumergido en el mar.
––¡Busca a Esteban, Javier, búscalo!–– le gritó la madre, llena de angustia y de esa desesperación que parece que se mete entre los huesos; que se te cuela por los poros y te hiela por dentro en un instante. Mario, ya se había ido, estaba segura. No iba a permitir que el mar se llevara a Esteban.
––¡No puedo mamita, tengo mucho miedo! ¿Dónde está mi papá?
––¡Escúchame, Javier!–– gritó enérgica.
––Tenemos que encontrar a tu hermano. Papá está bien. ¿Lo entiendes hijo?
Javier tomó una enorme bocanada de aire y se sumergió buscando a Esteban. Alejandra hizo lo mismo y milagrosamente, lo vio a unas cuantas brazadas de distancia.
Lo tomó de la cintura y pataleó con fuerza hacia la superficie. Esteban tosió y vomitó entre lágrimas.
––¡El mar me quiso comer mamá, el mar me estaba tragando!–– sollozó el pequeño.
Javier asomó la cabeza y nadó hacia su madre y su hermano mientras gritaba:
––¡Teve, Teve, estás vivo!
Hasta que Alejandra los vio juntos, se hizo consciente de la inmensa fuerza del océano. La corriente los jalaba mar adentro y ella sabía que tenían que nadar en la dirección opuesta. Abrazó a Esteban con la mano izquierda y con la derecha sujetó a Javier por los pantalones.
––¡Nada, Javi, nada con todas tus fuerzas!–– le suplicó Alejandra a su hijo.
––¡No puedo mami!–– contestó Javier, visiblemente cansado.
Alejandra lo abrazó también e intentó nadar boca arriba, manteniendo a los dos niños con la cabeza fuera del agua e impulsándose únicamente con las piernas.
El cielo no daba tregua. El viento rugía con más violencia y las gotas de lluvia se sentían como agujas que les pinchaban la cara impidiéndoles mantener los ojos abiertos.
Sólo Dios sabe cuánto tiempo nadaron así. Llegó un momento en que la madre ya no podía más. Era colosal el esfuerzo de cargar a los dos niños y de patalear. Empezó a respirar con más fuerza y a llorar.
––No te preocupes mamita, estamos aquí los tres y papá ya no tarda en llegar–– decía Javier, pero su madre parecía estar entrando en un ataque de pánico.
Lo que empezó como una agitación, ya se había transformado en un alarido de locura. Esteban comenzó a llorar también, preocupado por la reacción de su mamá y de pronto Alejandra gritó:
––¡Perdóname hijo, Javi hermoso, perdóname!–– y lo soltó de entre sus brazos. Ya liberada de ese peso, braceó y pataleó con más fuerza mientras rezaba y encomendaba a Dios el alma de Javier.
––¡Javi!–– gritaba Esteban.
––¿Por qué, mamá?–– alcanzó a decir Javier antes de que el mar, la lluvia y su madre lo condenaran.
La mente de Alejandra quedó congelada en dos imágenes: Javier ahogándose y Esteban llegando a la playa. Quizá fue ese estado lo que la ayudó a bracear y la hizo acostumbrarse al sollozo intermitente de su hijo. No sentía cansancio o dolor físico. No sentía el agua, ni las olas que por momentos los cubrían. No sentía casi nada y lo poco que sentía se magnificaba en su interior: La quilla rota de Minerva y la idea de Mario luchando bajo el agua sin ninguna esperanza. Los ojos abiertos de Javier hundiéndose en el mar. Esos sabía que siempre la iban a atormentar.
––Tiene una posibilidad más de salir de ahí, Teve. Una más que tú, mi amor–– se justificó Alejandra frente al niño, sin poder ocultar la devastación de su alma. “Es una oportunidad para él y una para nosotros o ninguna para nadie” Pensó.
Esteban no hablaba. Hacía rato que parecía que no le importaba nada. Solamente se dejaba llevar por su madre.
Ella exhausta, finalmente alcanzó tierra. Apenas la sintió bajo sus pies, jaló al niño hasta dejarlo bien adentro en la playa y se derrumbó a su lado.

El sol acarició la frente de Alejandra Salvatierra y apenas regresó del sopor del sueño, se incorporó de un salto gritando:

––¡Javier!–– y el llanto regresó intacto. Como si hubiera estado esperando, por horas, a que ella estuviera bien consciente para morderla una vez más.
––¡Esteban!–– gritó nuevamente porque el niño ya no estaba a su lado. Empezó a deambular por la playa entre palmas rotas y piedras incrustadas en la arena buscando a Teve. No había nadie cerca. Ninguna construcción, ningún barco. No tenía la menor idea de en donde se encontraba. Siguió un camino al azar, sabiendo que en esas condiciones cualquiera era una buena decisión y se internó entre la maleza.
Apenas había avanzado unos metros, cuando reconoció, sobre la hierba, los rizos de Esteban. Se acercó más y lo descubrió ahí recostado abrazando algo:
––Teve, hijo ¿estás bien?––le preguntó sospechando que quizá dormía.
El niño giró para mirar a su madre con los ojos cansados y somnolientos y al hacerlo dejó ver a su lado a su hermano tirado en el suelo. Profundamente dormido.
––Es cierto mami, Javi tenía una oportunidad más que yo–– y nuevamente le echó los brazos encima a su hermano en uno de esos abrazos que parecen eternos. Que parecen inquebrantables.

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¿Qué es Educar?


Nadie lo sabe a ciencia cierta, no existe un instructivo, nadie educa con experiencia. Siempre se inicia ese proceso de cero. Las únicas herramientas con las que contamos son: nuestra propia experiencia de vida, los ejemplos con los que a nosotros nos criaron y el juicio. No es un proceso perfecto, jamás lo va a ser, pero así se inicia.

Los primeros años, casi siempre son dóciles, sencillos, con problemáticas que acaban siendo más de formas y menos de fondo: lavarse los dientes, jalar la llave del baño, comer bien, dormir a una buena hora, hacer la tarea de la escuela. Pero conforme crecen los niños, las experiencias de vida se vuelven más complejas, tanto para los padres como para los niños, empiezan a influir las amistades de la escuela, los amigos de la cuadra e inevitablemente empiezan las comparaciones con otras formas de educar. Comienza la educación de fondo porque las formar ya son hábitos, malos o buenos, pero ya están instalados en la vida cotidiana de nuestros hijos.

Conforma se va avanzando en el camino, la dependencia de los hijos hacia los padres comienza a disminuir gradualmente y para la adolescencia los niños creen que son adultos y los padres, generalmente, solamente vemos sus carencias y se nos vuelve difícil detectar sus fortalezas. Es normal, a nosotros también nos impone la vida y sus retos, los obstáculos e invariablemente nos preguntamos si habremos hecho lo suficiente con los hijos. ¿Sabrán lo necesario? ¿Podrán enfrentar la vida con lo que saben? ¿Entenderán los riesgos allá afuera?

Ninguna de esas preguntas tiene respuesta; las contestaciones se dan a partir de una mezcla de vivencias de los hijos en la vida, de su entorno y de cómo aprovechen las herramientas que recibieron en el hogar.

El punto central es que el miedo nos hace dudar siempre de lo que les dimos. Nunca vamos a aceptar que es suficiente con lo que recibieron para encarar a la vida. Eso es cierto solamente de forma parcial. La vida es dura, no da concesiones, no apapacha, no entiende sentimientos, solamente es como es y eso es lo que nos da miedo. Pero si hiciéramos un ejercicio de introspección y echáramos un ojo a nuestra propia vida, sabríamos que cuando enfrentamos a la vida por primera vez, solos, nos las arreglamos como pudimos, cometimos errores pero bien o mal, salimos adelante. ¿Por qué no entender este ciclo de vida y confiar más en lo que les hemos dado a nuestros hijos? La respuesta es: Miedo.

Y el miedo es un estado de la mente, es un pensamiento solamente, es incertidumbre acerca del futuro, pero ¿cuándo estamos seguros de lo que el futuro traerá?

Fernanda, mi vida, has hecho un extraordinario papel de madre, les has dado a tus hijos lo mejor de ti y eso también incluye defectos y errores, como todos. Así es el proceso de educar. Confía en lo que has enseñado, confía en la cordura y el sentido común de tus hijos, cree en ellos más, no los devalúes por el miedo. Ellos también van a enfrentar a la vida tarde o temprano y nunca sentirás que tienen el 100% de las armas para hacerlo como tu quisieras, pero nadie, jamás las tiene. Cree en Sebastián.

Cree en su juicio, en su educación, en su sentido común, en su natural sentido de superviviencia. Ésta es una gran oportunidad para que valore lo que siempre ha tenido, para que en silencio reconozca que no lo sabe todo, que no lo tiene todo y que ganárselo requiere de mucho más que gritos. Esa parte de la lección, la va a impartir la calle y es una gran maestra; dura pero increíblemente eficiente.

Tus hijos te aman, solamente que necesitan espacio para hacer lo que creen que es mejor para ellos. Nunca te van a odiar. Estoy absolutamente convencido.

Deja que pase la tormenta en silencio, tranquila, confiada, nada puedes hacer para evitar los relámpagos o las olas; él sabe nadar, no tiene un barco y no sabe manejarlo en caso de que lo tuviera, pero sabe nadar y con eso es suficiente.

Ninguna tormenta es eterna y las aguas van a bajar.

Te amo con toda el alma. Estira la mano, ahí está la mía, no me voy a mover de aquí, vamos a pasar esta y todas las demás tormentas juntos. Y juntos vamos a disfrutar cuando bajen las aguas.

Arturo.