La doncella detrás de la cruz.


Imagen Con la tarde se habían cansado ya los dos o tres colores del campo y los hombres iluminaron la senda con antorchas. Todos en silencio y dejando una prudente  distancia con respecto al excelentísimo Diego de Deza, Inquisidor General de Castilla y León; quien apenas una año atrás, en 1499, había extendido su jurisdicción a los territorios de la Corona de Aragón. Muchos reconocían en Diego de Deza la misma sangre fría y crueldad que su predecesor, Tomás de Torquemada. No había excepciones para el jefe supremo del Santo Oficio. La clemencia era insólita en él. Esa noche el turno era para Catalina Maldonado, una joven campesina señalada por el mismísimo inquisidor, como bruja y amante de satanás. La estaca y el verdugo estaban listos. Cuando Diego de Deza llegó al lugar de la ejecución. La gente ya estaba reunida y murmuraban de lo extraño de ese procedimiento. Se estaban omitiendo o acelerando distintos pasos del proceso tradicional de pena capital. No había testigos además del excelentísimo Inquisidor General. No se había encerrado a la sospechosa, ni se había hecho un juicio, como era la costumbre. Ni siquiera se le había ofrecido la oportunidad del perdón a cambio de una confesión. Todo había sido muy atípico y presuroso. Diego de Deza se acercó hasta Catalina y le susurró: ––Dios perdona a los que muestran arrepentimiento–– y mantuvo firme la mirada en la joven. Ella empezó una mueca que prometía ser una sonrisa de alivio cuando el inquisidor la interrumpió: ––Pero yo no soy Dios–– y enérgico ordenó que vaciaran el barril de alquitrán sobre Catalina Maldonado.              Esa mañana el Inquisidor había sentido un fuerte impulso para viajar hacia el norte. Sentía que una visita a la comarca de Jacetania le vendría bien y aprovecharía el viaje a caballo para meditar ese interés que lo mantenía en vilo: ampliar los poderes y la jurisdicción del Santo Oficio a todos los territorios dependientes de la monarquía española: “Hasta Sicilia” reflexionó. ––Su excelencia, esta es la villa de Borau– interrumpió uno de los auxiliares laicos de Diego de Deza. Todos bajaron de sus monturas y empezaron el recorrido a pie por la pequeña villa. Conforme la gente los veía acercarse se iban santiguando e inclinando la cabeza. Había artesanos trabajando el barro a las afueras de sus casas; niños que acarreaban cestos con granos y frutas. La mirada severa de Diego de Deza se paseaba inquieta de un lado al otro hasta que se cruzó con la de una joven de cabello negro y ensortijado que enmarcaba unos ojos enormes; un par de aceitunas que parecían brillar con luz propia. El inquisidor avanzó a paso firme directamente hasta la muchacha que en ningún momento apartó la mirada. ––Jamás vi que te persignarás–– le dijo Diego de Deza en tono seco. ––Lo hice apenas lo vi, su excelencia. Quizá en ese momento no me estaba viendo usted a mi. De Deza se quedó hipnotizado con la mirada profunda de la joven; sentía que podía ver el fondo de su alma a través de esas dos hermosas ventanas verdes. ––¿Cómo te llamas, mujer?–– preguntó más relajado el clérigo. ––Catalina, su excelencia, Catalina Maldonado–– y la muchacha sonrió terminando de fascinar a Diego de Deza. ––¿Qué hacías antes de que llegara, Catalina? ––Lavaba ropa, señor. La ropa de mis hermanas. El inquisidor revisaba con la mirada a Catalina y se detenía arrebatado en sus pechos perfectos. Toda su silueta era un deleite, su cintura, sus piernas firmes y torneadas. ––Me gustaría conocer tu casa y saber cómo vives, Catalina. La muchacha sonrió nuevamente y le contestó con una breve reverencia. ––Será un honor, su excelencia–– tomó la ropa todavía mojada y avanzó por las pequeñas calles de la villa de Borau. El séquito de auxiliares laicos y sacerdotes que acompañaban a Diego de Deza caminaron detrás de él confusos y haciéndose preguntas entre dientes. El inquisidor no perdía detalle de la figura de Catalina. La seguía totalmente abstraído. Un repentina ráfaga de calor le empezó a subir desde la punta de los pies hasta la cabeza, sorteando toda clase de advertencias y avisos que se encontraba en su camino. Era el cuerpo mismo de su juramento ante Dios que ahora lo molestaba importunándolo frente a la más magnifica tentación que jamás había visto. Una que ni siquiera habría podido imaginar. Llegaron hasta la casa de Catalina Maldonado y la comitiva se detuvo a unos metros de la entrada principal. Diego de Deza miró a toda la comparsa y levantó la mano derecha: ––Esperen aquí–– les ordenó. Pasó una hora completa antes de que la puerta de madera se abriera y el inquisidor saliera de la casucha. Catalina se quedó en el umbral y con una sonrisa despidió a Diego de Deza. ––Que tenga buen camino, su excelencia––gritó la muchacha a lo lejos. El inquisidor la escuchó, pero no detuvo el paso ni intentó voltear: “Esta es una tarde que durará vívida como un sueño entre todas las tardes” Se dijo. Al llegar a Castilla y León, el inquisidor se refugió en sus habitaciones y ordenó que no se le molestara. Toda la noche y gran parte del día siguiente repasó una y otra vez cada segundo y cada centímetro de la experiencia que acababa de vivir. Las imágenes se revolvían en su mente; los ojos de Catalina, los herejes ardiendo en las hogueras; su deber como la mano de hierro de Dios; su deber como hombre imperfecto, débil, proclive al pecado, a la carne, a otro amor que no era el de Dios, pero que parecía más intenso. Más real: ––Ya casi no soy nadie–– se decía –– soy tan sólo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti, Catalina, está la delicia y el goce de la vida como está la justicia y la verdad en el fuego de la hoguera–– se decía sollozando. Forzaba la memoria para recordar lo que había sucedido en la casa de Catalina Maldonado, pero algo le bloqueaba el pensamiento; lo atoraba ahí frente a la entrada de la casucha y no podía recordar nada concreto. El siguiente recuerdo coherente y claro que le venía a la cabeza era de él montado a caballo de regreso a Castilla sin poder apartar de sus pensamientos la boca y los senos de Catalina. Reexaminaba su situación cuando de súbito encontró la respuesta: ––¡Es una bruja!–– gritó. ––Catalina Maldonado, has tentado con tu carne a la mano de Dios. Yo, Diego de Deza, Inquisidor General de la Santa Inquisición, te persigo, te juzgo y te condeno. Salió de sus aposentos, a media tarde, y ordenó a su séquito que se adelantara a la villa de Borau y apresaran a Catalina Maldonado por ser bruja y amante de satanás. ––¡Quiero que todo esté listo para su ejecución en cuanto yo llegue!––gritó. El alquitrán escurría por el cuerpo de Catalina cuando empezó a hablar para si misma algo incomprensible. Diego de Deza estaba a punto de dar la orden de encender las ramas que cubrían hasta la cintura a la mujer cuando se acercó nuevamente a ella: ––Eres definitiva como el mármol, Catalina, tu ausencia entristecerá otras tardes. Todas las tardes. Diego de Deza bajó la mano y el verdugo encendió el ramaje. De inmediato corrieron las llamas y abrazaron a la mujer. Un chirrido empezó a llenar los oídos de los presentes y el inconfundible olor a carne quemada los cercó a todos. El humo se levantó junto con grandes lenguas de fuego, pero no se escuchaban los gritos de Catalina. ––Perdóname, Señor por lo que acabo de hacer––se dijo con un susurro el inquisidor.

La Sobremesa


Ese vaivén constante de los vagones del tren adormece los sentidos. La vista puesta en el camino a través de la ventanilla contribuye a la hipnosis de la experiencia. El golpeteo incesante de la máquina se vuelve casi inexistente después de un rato, y hoy ya no sé si todo aquello ocurrió de verdad o solamente fue parte de la misma ensoñación del viaje.

––Vas a adorar a mis primos–– me dijo Manuel antes de abordar el tren que nos llevaría desde la Ciudad de México hasta Guadalajara.

Diez horas de viaje con Manuel para visitar a su familia y pasar un verano diferente.

La vida siempre encierra sorpresas, algunas trágicas, otras inesperadas, placenteras y otras más que caen en una categoría indefinida. Como en el limbo, difíciles de clasificar, de asimilar y, a veces, difíciles  hasta de entender.

Después de un par de horas de viaje, Manuel y yo decidimos comer algo en el vagón comedor del tren. Estaba prácticamente vacío, solamente había un compartimiento con dos muchachas que habían terminado de cenar y bebían unas cervezas.

Nosotros saludamos por cortesía y al sentarnos descubrí que una de ellas no nos quitaba los ojos de encima; nos revisaba con curiosidad y su mirada denotaba alguna búsqueda en su memoria, quizá algún rostro. Al observarla haciendo este ejercicio comencé a poner atención a sus rasgos, a su fisonomía y de pronto una cara apareció en mi memoria con un nombre pegado a él: Gabriela Sánchez.

––¿Gaby?–– pregunté.

––¿Gaby Sánchez, verdad?–– rematé prácticamente convencido y ella reaccionó de inmediato levantándose y extendiendo los brazos en señal de bienvenida.

Manuel y yo habíamos estudiado con ella en la escuela secundaria y nos reconocimos rápidamente. Nos presentó a su amiga y ocupamos todos el mismo compartimiento.

Pasamos algunos minutos recordando aquellos tiempos y poniéndonos al día con nuestras vidas, las universidades, los proyectos, nuestros sueños…

Las buenas pláticas siempre toman caminos inesperados y sorpresivos; un pequeño detalle se encadena a otro y así, antes de hacer consciencia de toda la secuencia de eventos, uno se encuentra en medio de una conversación aparentemente ajena al origen del encuentro inicial.

Hablábamos del mundo mágico, de la vida después de la muerte, de los médiums y los muertos. El tono de la conversación era amable, más lleno de curiosidad y de ganas de compartir experiencias que de asustar o de reír.

Gaby se mantuvo callada la mayor parte del tiempo; asentía con la cabeza o abría los ojos simulando sorpresa.

––Gaby tu no crees en nada de esto, lo puedo ver en tus ojos–– le confesó Manuel, con un aire de investigador.

––No es cuestión de creer o no. Hay cosas que son como son. Quizá uno se acostumbra a eso y se pierde un poco la novedad–– aseveró Gaby muy serena.

Desde ese momento ella decidió compartir algunas de sus experiencias y nos advirtió que sabía de antemano que probablemente no creeríamos nada.

––¿Has tenido algún amigo imaginario Manuel?–– preguntó Gaby.

––Jamás–– contestó él, totalmente convencido.

––Yo siempre he tenido a una amiga cerca de mí–– replicó Gaby, manteniendo ese tono ecuánime y relajado.

–– No los quiero convencer de nada. Solamente quiero compartir con ustedes esto–– agregó.

Nos contó acerca de una amiga que apareció en su vida cuando Gaby tenía apenas cinco o seis años de edad.

–– Se llama Tete. Así le he dicho siempre.

––¿Siempre?––replicó Manolo.

––¿Es decir que la sigues viendo?–– apuntó.

––Sí–– dijo Gaby. En tono seco. Sin titubear.

Nos relató que al principio no sabía el origen de Tete y ella creía que era una niña normal.

––Un buen día, me descubrí hablando con Tete yo tenía quince años pero ella seguía usando coletas y nunca se cambiaba ese vestido azul celeste. Seguía siendo esa niña de cinco años. La misma de siempre. Comenzó a aparecerse en mis sueños. Me hablaba y me invitaba a volar con ella. Quería viajar. Tardé mucho en aceptar sus invitaciones hasta que una noche dije que sí. Me tomó de la mano y salí de mi cuerpo, volé con ella, conocí el cielo más allá de las estrellas. Pasé, en segundos, de la noche al día y, esa primera vez, paseamos por unas calles adoquinadas, con faroles de hierro que remataban las esquinas de aquel exquisito lugar. La luz en el ambiente era tenue. Parecía un amanecer claro. Al final de la calle dónde nos encontrábamos, había una escalinata de piedra que ascendía y, desde el pie de esa escalera, alcanzábamos a ver los mástiles de algunas embarcaciones. Estábamos en un muelle. Subimos esas escalinatas como flotando y movidas solamente por la intención de hacerlo. Al llegar a la parte más alta, comprobé que era un hermoso muelle. Me llamó la atención un pequeño bote color rojo con velas blancas. En la proa de la nave estaba impreso, con letra dorada, el nombre del barco: “Gabrielle”. Me arrancó una sonrisa al verlo y Tete no dijo nada. Me sujetó de la mano y en un instante estaba de vuelta en mi cama.

––Lo soñaste Gaby–– comentó Manuel con cierta incomodidad.

Gabriela solamente sonrió y repitió su advertencia:

––Sí, quizá eso fue Manolo. Pero como te dije hace rato, no trato de convencer a nadie. Sé diferenciar los sueños de la realidad–– agregó sin perder la compostura y con una leve sonrisa dibujada en la cara.

Manuel percibió aquella señal y le lanzó un reto en tono más jocoso. Quizá para intentar aliviar la tensión que se había creado para todos los demás.

––¿Por qué no invitas a Tete, Gaby? Esta noche, aquí, en este mismo tren.

––Honestamente no creo que puedas manejarlo Manolito–– y aquel diminutivo que Gaby usó, me hizo dudar por un momento acerca de la veracidad de toda la historia.

––La mejor forma de saber si Manuel puede o no manejarlo, es haciéndolo, ¿no?–– le dije a Gaby. Apoyando el reto de mi amigo.

––De acuerdo–– contestó Gaby.

––Intentémoslo.

Gabriela levantó la cabeza y en voz alta dijo:

––Tete, ven por favor, unos amigos quieren conocerte.

Sentí una mezcla de ansiedad, de miedo y de emoción. Todo junto, revuelto, amontonándose en mi interior.

Se hizo una pausa larga. Tal vez sólo duró unos segundos pero me parecieron una eternidad y de pronto la puerta del vagón comedor se abrió. El sonido de la máquina andando y el aire frío de la noche inundaron el recinto por unos instantes y después la puerta se cerró. Nadie estaba ahí, pero Gaby siguió con la mirada a algo o a alguien hasta que aquello se detuvo a un lado de nuestro compartimiento.

––Aquí está. Ella es Tete–– afirmó, Gaby, con notable alegría.

––No veo a nadie Gaby, pero me encantaría saber cómo hiciste el truco de la puerta–– agregó Manuel visiblemente consternado.

Gaby volteó al pasillo y como si hablara con alguien invitó a Tete a demostrar que ahí estaba. Sin demora una de las latas de cerveza se levantó sola. Flotó unos veinte centímetros por encima de la mesa y después bajó lentamente hasta posarse por completo en ella.

Manuel se levantó violentamente de la mesa y se alejó caminando de espaldas muy descompuesto. Estaba pálido y no decía nada.

––Hey ¿Manuel?––le gritó Gaby.

––¿Sabes que seis meses después de mi primer viaje con Tete, fui a Francia y conocí aquel muelle del que te hablé? Subí las escaleras y del otro lado estaba el barco rojo con velas blancas y tenía el nombre en la proa escrito en dorado.

Manuel corrió hasta la entrada del vagón comedor y salió disparado hacia nuestros asientos.

Yo estaba paralizado en la mesa con Gaby, su amiga y Tete.

En voz más baja y con una sonrisa inmensa en la cara Gaby terminó su comentario:

––“Gabrielle”, así se llamaba aquel barco en Francia. Por favor díselo a Manolito ahora que lo veas.

Inés


screen-shot-2013-02-01-at-10-18-07-pm
–Sí, me llamo Inés.

–Moncada Ramírez.

–Diez y seis, en mayo cumplo diecisiete.

–No, el Gordo no es pariente mío, pero es como mi papá.

– Pues me ha enseñado muchas cosas.

– Como a entender la vida…

– El Gordo dice que esas son pendejadas señor. Que la vida no es así.

– El Gordo dice que la escuela es perder el tiempo.

– Porque ahí no hay varo señor y si es cierto, a nadie le pagan por estudiar.

–¿Mi verdadero papá? Ese culero se la vive pedo y nos madreaba. Una noche mi hermano Mario le partió su madre y luego se largó.

–¿Cómo que malas palabras? No sabía que hubiera unas buenas y otras malas. Además son las únicas que me sé.

–No, señor, le digo que el Mario se largó. No lo he vuelto ha ver. Pero seguro está mejor.

–Mi mamá le aguanta todas sus chingaderas a ése. Por eso me fui yo también.

–No, al Gordo lo conocí luego. Me llevó con él la Rama.

–No sé señor, así le dicen todos creo que se llama Paty o Nati o algo así.

–El Gordo me da de comer y me dio trabajo.

–Yo hambre no paso, haiga que hacer lo que haiga que hacer.

–Pus al principio no me gustaba, me daba miedo, pero estaba bien pendeja y no sabía nada pero El Gordo me explicó y las otras Doñas también.

–Nel, hay otras putas más chavetas. Hay una de trece y le va re bien a la cabrona.

–Tres veces nomás, El Gordo me dio un pinche té y con eso lo eché pa fuera.

–No, no era mi hijo, El Gordo dice que, esos, son los errores de Dios y que hay que devolverle a Él también sus chingaderas.

–No señor, no sabía eso.

–No sé qué es eso de vas fémina, señor, pero yo no hago eso.

–Desde temprano. Como a las diez de la noche empiezo a chingarle.

–Depende, a veces acabo a las cinco de la mañana, otras veces hasta las siete, pero eso es los viernes o los sábados.

–Nel, el domingo no trabajo pero si hay Clientes, ni pedo, El Gordo me manda.

–Cincuenta pesos por una mamada y por doscientos varos, hasta les digo que los quiero.

–¿Que si me canso de qué? Señor.

–No, El Gordo me da bicarbonato y me repone en chinga.

–Por la nariz. Es olido.

–Chale, no sé por qué se ríe, señor.

–Sí, es bicarbonato.

–No lo sé, a mí el Gordo me manda a llevar el bicarbonato a otras personas.

–No los conozco. No sé cómo se llaman. A mí na’mas me pagan el bicarbonato y yo le doy la feria al Gordo.

–Oiga señor, yo nomás soy puta, yo no vendo esas mierdas.

–Es por encargo del Gordo.  Yo no sé de dónde lo saca.

–No estoy diciendo mentiras señor, a mí me dijo que era bicarbonato y yo le creo.

–¿Por qué me voy a ir al infierno!

–¡Que yo no sé qué son las blasfemias o eso!

–¿Y yo cómo voy a saber que eso es malo?

–Si eso es malo, entonces usté también se va a ir al infierno, señor.

–¿A poco cree que no nos damos cuenta que usté se coge a los niños de la iglesia?

–Si yo me voy a condenar, usté también, señor cura. Usté también.

Rompiendo la Rutina


El timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos y de la televisión que llevaba mirando casi 2 horas. Estaba con la pijama puesta y el cabello desordenado a pesar de que el reloj marcaba las 12:00 del día de un miércoles más. Se acercó a la minúscula mesita de madera a un lado de la puerta de la sala y con molestia meditó unos instantes si lo dejaba sonar 3 veces más para que se accionara la contestadora o evitaba aquel molesto chillar del aparato y levantaba el auricular. Se decidió por la segunda opción y descubrió con asombro que esa era la llamada que había estado esperando desde hacía varias semanas y que prácticamente había olvidado. Era la secretaria del Lic. Manríquez que finalmente se había dignado a contestar todos sus mensajes. Con su característica voz chillona, la mujer le informó en tono mecánico que el Licenciado Adalberto Manríquez, Director General de Manríquez y Asociados, tendría 30 minutos disponibles ese mismo día a la 1:00 de la tarde para concederle, finalmente, la dichosa entrevista de trabajo que ya en 3 ocasiones diferentes le había cancelado. Después de tantas angustias y de haber pasado de la esperanza a la frustración tantas veces, Manríquez le iba a conceder 30 benditos minutos que era todo lo que él necesitaba para sorprenderlo y contagiarlo de su entusiasmo y de su inagotable creatividad. Su carpeta de impresos y el videocasete con sus comerciales de televisión estaban listos y esperando justamente este momento para dejar fluir su magia. De pronto, se sorprendió parado en medio de la sala de su casa con esa pijama vieja y con el cabello parado caprichosamente en todas direcciones, la barba crecida de 3 días y una aliento que le recordaba en cada bocanada de aire, todo lo que había comido, cenado y desayunado en las anteriores 18 horas. Tenía exactamente 30 minutos para bañarse y rasurarse y 30 minutos más para cruzar la ciudad hasta las oficinas de Manríquez y Asociados. No podía desperdiciar ni un solo minuto.

Salió corriendo hacia el baño y en el camino comenzó a desvestirse; una pantufla quedó a la mitad del pasillo, la camisa de la pijama aterrizó sobre la cama que todavía estaba sin hacer y semidesnudo en la recámara, comenzó a buscar afanosamente la camisa azul dentro del closet; una vez que la encontró, la acomodó delicadamente sobre la cama haciendo un notable cambio de ritmo en sus movimientos y retomándolo nuevamente para preparar el baño.
Ya con la ropa seleccionada y el agua de la regadera bien caliente, entró al baño y comenzó la rutina de toda la vida.
Primero se mojaba perfectamente la cabeza y el cuerpo, después tomaba el Shampoo con olor a frutas silvestres y dejaba caer en la palma de la mano una porción generosa para después comenzar a frotarse enérgicamente desde la frente hasta la nuca en movimientos ascendentes y descendentes hasta que empezaba a formarse espuma y el delicado olor de de las frutas silvestres lo inundaba todo. En este punto, y debido a lo mecánico de la rutina, se abstraía de la realidad e invariablemente se refugiaba en su propia mente repasando, en esta ocasión, las palabras y los tonos correctos que debía emplear durante la entrevista de trabajo. Repetía en voz alta y utilizando distintas modulaciones en la voz, sus más famosos Slogans publicitarios, practicaba poses y trataba de refrescar en la memoria todos aquellos detalles importantes de las campañas que había realizado en los últimos seis años. Mientras ensayaba su entrevista bajo el agua de la regadera, mecánicamente estiraba el brazo y a ciegas depositaba el Shampoo en el pretil de la ventana, estiraba el otro brazo y tomaba el cepillo para limpiarse la espalda; regresaba a los Slogans y se corregía a sí mismo dándose palabras de aliento: -¡Con más energía!, se repetía. – ¡Ya es tuyo, dale lo que quiere!
Tanto se involucró en los detalles de la cita que accidentalmente rompió la rutina del baño diario y en lugar de enjuagarse el cuerpo y salir de la regadera, inconscientemente volvió a destapar el Shampoo y por segunda vez empezó a lavarse la cabeza. Apenas puso las manos en su cabeza, descubrió el error y trató de acelerar el paso de la inútil tarea para recuperar los valiosos minutos perdidos. Como si existiera alguna mágica relación entre la fuerza de los brazos y la velocidad con que se tallaba la cabeza, empezó a incrementar la velocidad del lavado y al mismo tiempo comenzó a imprimir en toda la acción una fuerza considerable; el movimiento ascendente y descendente de las manos se aceleró inusitadamente y en el tercer viaje ascendente uno de sus dedos, el meñique, desfloro cual poderoso macho su fosa nasal izquierda. El dedo había entrado tan profundamente en la nariz, que con la yema de ese dedo sintió la base de su tabique. Inmediatamente cambió los slogans publicitarios por un alarido agudo y empezó a patalear insistentemente en la regadera. Con la misma fuerza con la que el dedo había entrado a la nariz, él lo sacó e inconscientemente abrió los ojos para mirarse la mano. En ese preciso instante, el delicado olor a frutas silvestres de su Shampoo entró a uno de sus ojos y se transformó en una poción increíblemente ácida que lo llevó hasta las lágrimas. La perforación en la nariz había sido tan profunda, que le dolía hasta el agua que le salpicaba la cara. Por los brazos y las manos le escurría sangre, mocos, olor a frutas silvestres y mucha, mucha vergüenza; tenía jabón en todos lados y el ardor en uno de sus ojos se incrementaba. Pataleó arrojó injurias y finalmente se quitó el exceso de jabón y espero ansiosamente a que la sangre de la nariz parara. Una vez fuera de la regadera, se acercó al espejo de arriba del lavabo y se contempló con la cara deforme; la nariz había perdido toda simetría y se había hinchado tanto que le había cerrado parcialmente el ojo izquierdo. Mirándose a sí mismo repitió el último slogan que estaba practicando bajo el agua:
– Barra de mantequilla La Tapatía, la que siempre alegra tu día. Y descubrió con horror que la inflamación ocasionada por su avasallador entusiasmo había hecho que su voz sonara ridículamente nasal, como ahogada, como si trajera un pitillo incrustado justo en el tabique de la nariz y cada vez que hablaba o respiraba, hacía un sonido agudo como de mocos atorados. Salió del baño y se dirigió apresuradamente a la recámara para empezar a cambiarse cuando notó que la máquina contestadora parpadeaba indicando 1 mensaje grabado. Se acercó al aparato y como anticipándose al desenlace apretó el botón de “Play”; era la secretaria de Manríquez que con su, ahora tan familiar y cercano, timbre de voz chillón, decía: – El licenciado Manríquez
se disculpa pero desafortunadamente no le será posible recibirlo a la 1:00 de la
tarde debido a que tiene que salir de viaje hoy mismo. Nosotros nos ponemos en contacto con usted próximamente. Gracias.

En el Librero



La inocencia de los primeros años disfrazó completamente la realidad e impidió, con gran
compasión, que aquellos detalles se mostraran frente a él claros y contundentes. De vez en cuando pequeños visos del futuro se mostraban aislados, inconexos, sutiles y eso hacía que jamás reparara en ellos con certeza. Alberto era un niño con una sorprendente capacidad para absorber la realidad a su alrededor. Nada escapaba a sus sentidos o a su prodigiosa memoria. Con soltura memorizaba rostros, fechas y eventos que en su mente recreaba vívidos, nítidos y los volvía a vivir con una portentosa lucidez. Una maldición enmascarada de bendición.

De corazón limpio y sentimientos auténticos pronto en la vida descubrió su gran pasión: Las mujeres. Rostros de niñas que quedaban tatuadas en su alma, imágenes indelebles de seres preciosos e incomprensibles que le robaban el aliento con solo verlas. Al encontrarse frente a ellas, Alberto hablaba, llenando el ambiente de imágenes claras que siempre iban acompañadas de sus percepciones y sensaciones. Al hablar vaciaba el alma y la entregaba gustoso a esas frágiles criaturas que lo hipnotizaban. Tardó algún tiempo en descubrir que, a pesar de que finalmente lograba retener su atención, siempre había en ellas un rechazo inicial, una mueca de hartazgo o de indiferencia, una actitud que se asemejaba mucho al deseo instantáneo de alejarse. Era en esos momentos cuando algún color, aroma, o alguna imagen maravillosa se dibujaba en su discurso y ellas se detenían un momento para escuchar algo más y eso bastaba para que se quedaran a su lado por un largo tiempo.

Alberto disfrutaba de su compañía, de sus caras, de sus expresiones de asombro y de su risa. Desde lo más profundo se su ser amaba la risa de las mujeres. Aquellos sonidos mágicos se convertían en su motor, en la inspiración para seguir adelante. Esas interminables conversaciones dejaron de ser lúdicas y pronto se sintió atraído por ellas, descubrió el amor casi como una consecuencia de esa convivencia cotidiana con ellas. Aprendió a entenderlas, a pararse desde su perspectiva, a entenderlas antes de juzgarlas, aprendió a apoyarlas y lo más importante de todo, descubrió el gran secreto de hablar menos y escuchar más. Encontró en esas pausas la llave que le permitía potencializar lo que les decía. Empezaba a entenderlas como otros hombres no podían.

Cuando llegó la juventud, Alberto tenía claro que lo más hermoso de una mujer eran sus ojos, su mirada y la claridad con la que se comunicaban a partir de esos pequeños atisbos, de esos rápidos vistazos y del poder de sus contemplaciones.

Aparentemente las conocía mejor que cualquier otro hombre, y se había enamorado de más de una pero nunca había sido correspondido. Sin contemplaciones decidió que lo que debía hacer era hablar más claramente de sus sentimientos, de sus pretensiones desde el comienzo y fue entonces cuando reparó en aquel pequeño inconveniente del rechazo inicial de ellas, en el desinterés, en esa sensación que le mostraban todas de querer alejarse de inmediato con sus muecas de hartazgo.

El primer día que decidió poner en marcha su nuevo plan, lo hizo en una fiesta de la preparatoria. Llegó ya iniciada la reunión y al entrar, sus sentidos se agudizaron y como una fotografía, capturó de un solo golpe la escena completa. Nadie se había percatado de su llegada, nadie había reparado en su presencia. Cruzó aquel patio lleno de gente y alcanzó a notar las miradas indiferentes de todos a su alrededor. Finalmente encontró en la mesa del fondo a una mujer de cabello castaño y ojos verdes que atrapó su atención instantáneamente. Se acercó decidido y trató de hacer conversación.

Regina, la mujer de los ojos verdes, tardó varios segundos en descubrir que aquel susurro que se escuchaba a lo lejos estaba dirigido a ella y provenía del muchacho parado al lado se su mesa. No se mostró demasiado sorprendida al verlo y la mueca de hartazgo apareció de inmediato, desvió la mirada como buscando a alguien más entre la multitud y fue entonces cuando un hermoso color casi perdido en alguna oración que había pronunciado Alberto la atrapó.

Pasaron la fiesta entera hablando, una sensación se apoderó del ambiente, era como si Regina y Alberto se conocieran de toda la vida, las vivencias encajaban, las expectativas eran muy similares y Regina no tardó mucho en convencerse que aquel hombre era muy especial. Siguiendo sus propias decisiones, Alberto, fue conduciendo la plática hasta llegar a sus sentimientos y sensaciones hacia ella. Estaba genuinamente interesado, quería que aquello continuara de manera diferente. Regina esbozó una sonrisa le tomó la mano y suavemente le dijo:

–Eres el hombre más interesante que he conocido jamás. Es como si fueras mi mejor amigo desde hace años.

Acto seguido, Regina dedicó la siguiente hora a explicar con lujo de detalle todas las desgracias y penas que ella estaba viviendo al estar perdidamente enamorada de otro hombre.

–Alberto, tienes la combinación perfecta, eres un hombre que realmente escucha y entiende a las mujeres, ¿Quién mejor que tú para ayudarme?

El piso desapareció bajo los pies del joven y cayó sin sostén desde lo más alto de su ilusión hasta golpear con el duro suelo de la realidad. Aturdido, sorprendido y lastimado, perdió totalmente la capacidad para escuchar y entender una sola palabra más. Regina hablaba allá a lo lejos, en la cima de sus sueños y él estaba demasiado abajo como para entender algo más.

Las palabras: “Interesante” y “ayuda” comenzaron a definirlo a partir de ese momento. Aquella experiencia se convirtió en el molde con el que se confeccionaron todos los demás intentos que hizo por atraer a cualquier mujer.

Con el paso de los años, casi podía repetir en silencio el momento exacto en el que cualquier mujer lo iba a definir como “Interesante” o iba a solicitar su “ayuda”, para resolver todos los conflictos que tenían con la más amplia variedad de patanes o sinvergüenzas de los que se enamoraban perdidamente. La gran mayoría de ellos con rostros y cuerpos hermosos, que invariablemente pesaban más que su gris, casi invisible, presencia.

Al entender su realidad, Alberto comenzó a reconocerse como un viejo libro, de pastas roídas y páginas enmohecidas. Desagradable a la vista, en el mejor de los casos, pero casi siempre imperceptible. Cuando alguien llegaba a darse la oportunidad de abrir sus páginas, con frecuencia descubrían un contenido increíblemente “interesante” y la maravillosa oportunidad de encontrar en él gran “ayuda”, pero jamás la suficiente atracción como para hacerse de él. Prácticamente todas sus lectoras le buscaban para poder resolver sus problemas de amores con alguna impactante y arrolladora revista de moda, con páginas a color e increíbles y bellas imágenes en sus portadas. Con poco contenido pero sublimes formas.

Inteligentemente Alberto decidió, al final, permanecer en el librero y seguir soñando con la lectora ideal hasta que se deshojara su última página, una que con certeza alguien encontraría interesante y de gran ayuda para resolver algún problema y después la desecharía para siempre como había ocurrido con todas las demás. Finalmente entendió que los libros interesantes pertenecen a los libreros y nunca los leen las mujeres de ojos hermosos y profundos, ellas siempre prefieren las revistas a todo color, sublimes, con poco contenido pero de formas hermosas.

Desde que te Fuiste


Desde que te fuiste hice consciencia de mi mismo.

Entendí lo ligero que era y lo mucho que me pesabas.

Desde que te fuiste descubrí cuanta energía me consumías y que poco de ti era realmente mío.

Aprendí a ver la vida por lo que me regalaba y no por lo que me quitaba.

Desde que te fuiste mi existencia ha sido dolorosa pero tiene futuro.

Me abandonaste en una cama medio vacía y después comprendí que había sido yo el que te dejaba a ti.

Desde que te fuiste mi mundo se volteó y por primera vez en años fue la felicidad mi prioridad.

Te lloré con alegría y me aterraba tu regreso.

Aquella cirugía te arrancó para siempre de mi ser e innumerables quimioterapias se aseguraron de que jamás volvieras.

Sigo sin saber cómo será el mañana pero todos los días le pido a Dios que tú no estés incluido en él.

Así ha sido todo desde que te fuiste.

Las Últimas Palabras


Como una ráfaga llegaron varios hombres hasta la puerta del convento.

-¡Qué se muere, Madre Superiora, qué se muere!  Gritaban al mismo tiempo mientras golpeaban la enorme puerta de madera.

Detrás de una pequeña celosía asomó la cara una monja joven, sorprendida y asustada.

-¡Don Fermín se muere! Y no está el cura en la iglesia, tiene que ir a verlo la madre superiora. Alguien tiene que acompañarlo y perdonar sus pecados antes.

Imploró uno de esos hombres visiblemente consternado.

La monja cerró la rejilla sin decir palabra y a los pocos segundos, la enorme puerta de aquel recinto se abrió rechinando.

Los hombres dieron pasos hacia atrás para que las puertas se abrieran completas y de ellas surgió una diminuta mujer armada con un rosario, un pequeño frasco de vidrio transparente y un libro de pastas negras que todos identificaron claramente como la Biblia.

A paso firme y con el rostro desencajado, la religiosa avanzaba por el centro de la calle mientras una multitud la seguía a prudente distancia.

Al cruzar la plaza principal del pueblo, otro nutrido grupo de personas se encontraba ahí como esperándola.

Todos murmuraban haciendo sus propias historias y deducciones de la situación.

La monja dio vuelta en una esquina y avanzó decidida hasta la casa de Don Fermín, por mucho, el hombre más anciano de aquella comunidad.

Las dos mujeres que custodiaban la entrada de la casa hablaban sin cesar. La de más edad encaró a la monja y sollozando le dijo:

-La salvación de mi marido está en sus manos. Ayúdelo.

La madre superiora la miró fijamente por encima de sus anteojos y levantando una ceja asintió con suavidad. Abrió la puerta y sola entró a la casucha.

Dentro de la habitación, la cama de Don Fermín estaba dispuesta a un costado de la ventana.

La luz que por ahí se colaba acentuaba el gris pálido del rostro de aquel hombre. Con el cabello largo y descompuesto cubriéndole las orejas, Don Fermín se debatía entre la vida y la muerte.

Una máscara de oxígeno le tapaba la cara y un enorme tanque a su lado era lo único que lo mantenía vivo en ese momento.

La mujer se acercó cautelosa y lo descubrió despierto, con los ojos abiertos y una terrible mueca de dolor debajo de aquella mascarilla de plástico que se empañaba con cada bocanada de aire que aquel anciano tomaba.

-Dios está contigo Fermín.

Dijo la mujer usando un tono pausado y lleno de amor.

Dejó sus instrumentos en el buró y se sentó en la cama, a un lado de la cabeza del enfermo.

Con incalculable ternura, le peinó las largas canas que le cruzaban la cara y posó la palma de su mano en aquella frente arrugada.

Repentinamente, el viejo empezó a agitarse y revolverse en ese lecho. Lleno de dolor quería hablar pero de su garganta solamente salían desesperados lamentos que la mujer no podía entender.

-¡Dios está contigo! Insistió asustada la monja.

-Dios perdona todos tus pecados Fermín, estás en paz con Él y con los hombres, tienes que aceptar la voluntad del Señor.

Pero el anciano desesperado levantaba los brazos y hacía ademanes como queriendo comunicarse con la mujer.

Entre lamentos y desesperados intentos por retener la vida que se le escapaba, Fermín le indicaba a la religiosa que quería escribir algo.

Ella volteó al buró. Encontró una receta médica y un lápiz desgastado.

Sin bajarse de la cama y manteniendo la mano en la frente de aquel hombre, le acercó papel y lápiz.

Apenas con un susurro le dijo al oído:

-Tranquilo hijo mío, quédate en paz. Escribe lo que necesitas que te perdone.

Fermín, más débil con cada segundo que transcurría, tomó aquello y entre horribles espasmos, rayó, apenas, un mensaje para la monja.

Con la poca energía que le quedaba en el cuerpo, inhaló lo que sería su último aliento de vida y sus brazos inertes se desplomaron sobre la cama todavía sujetando el papel rayado.

La mujer contuvo el llanto, sintió como el alma se le anudaba y entrelazando las manos se las llevó a la boca susurrando para sí misma una brevísima oración.

Levantó el rostro hacia el cielo y se persignó.

-Ahora estás contemplando la inmaculada luz de Su rostro Fermín. Ahora te estás reuniendo con el todopoderoso hijo mío. Sollozó

Con un delicado jalón, liberó el papel de las manos del anciano, se acomodó las gafas e intentó leer las últimas palabras de aquel hombre.

Después de algunos segundos haciendo gestos y manipulando el papel, moviéndolo en diferentes ángulos para descifrar aquellos garabatos, finalmente lo alcanzó a entender todo. La receta decía:

“Madre Superiora, hágase a un lado porque está sentada en el tubo del oxígeno”