Contra natura


ahogamiento

 

––Tranquilos todos. Esto siempre se ve peor de lo que en realidad es––anunció Mario desde la cubierta mientras su rostro contradecía las palabras.
La embarcación se ladeó con fuerza y el corazón, de todos a bordo, se encogió como tratando de guarecerse, también,  de la sorpresiva tormenta.
Esteban, el más pequeño de la familia Salvatierra, quiso contener el llanto, refugiándose en los brazos de su madre, y ella lo rodeó con un brazo mientras jalaba con el otro a Javier, el hijo mayor.
––¡Todo está bien, todo está bien, todo está bien!––repetía sin cesar mientras revisaba con la mirada todo a su alrededor y jugaba nerviosa con los rizos de Esteban.
El techo del camarote crujía y se empezaba a filtrar el agua. Las ventanillas, que daban al costado del yate, estaban empañadas y se salpicaban constantemente con gotas que dibujaban rayas horizontales en el vidrio.
––¿Hay un animal allá afuera mamá?––preguntó Esteban con el rostro desencajado.
––Es el aire, mi amor. Eso es lo que ruge.
––Yo no quiero que el aire me coma, mamá–– suplicó el niño que se apretaba contra el pecho de su madre.
––Nada nos va a pasar, mi vida. Todo está bien–– mintió ella, tratando de convencerse más a sí misma que a Esteban.
Mario se asomó desde la cubierta y gritó:
––¡Alejandra, saca a los niños! Esto se va a voltear.
Nada hubiera podido prevenirlos de esta situación. Quince minutos antes, el clima era apacible. Algunas nubes grises en el cielo, pero no había nada que les indicara que se aproximaba una tormenta tan violenta. De hecho, estaban a punto de iniciar la celebración del sexto cumpleaños de Esteban. El pastel y las velas estaban listas cuando un repentino relámpago los puso en alerta.
El mar negro y embravecido no dejaba de sacudir al yate Minerva. Una pequeña embarcación que la familia Salvatierra había rentado y que, vista desde el muelle, parecía enorme y lujosa. Ahora, en el océano, lucía insignificante frente a las olas gigantescas que se lo querían tragar apenas a una milla de la costa.
Alejandra tomó a los niños y los subió hasta la cubierta del barco. Para ese momento, Esteban lloraba con la carita llena de angustia y Javier trataba de contenerse, pero también estaba desorientado. Los dos querían pegarse a su madre, esconderse del vendaval bajo sus brazos y tratar de olvidar para siempre esa locura.
Apenas se asomaron a la cubierta, la lluvia los obligó a entrecerrar los ojos y a comunicarse a gritos. Una inmensa ola golpeó a Minerva por la proa y el agua inundó todo el piso, lanzando con fuerza a Mario hacia las escalinatas. Alejandra intentó detenerlo pero le resultó imposible interrumpir la violenta caída de su esposo hacia el interior del barco. Detrás de él, un nutrido río terminó de sepultarlo junto con dos camastros que también arrastró. No habían terminado los gritos de los niños y la madre, cuando otra ola, remató a la endeble nave hasta voltearla.
Alejandra y los niños fueron lanzados con furia hacia el mar, desprovistos, ahora, de la ilusión de seguridad que el suelo de Minerva les ofrecía. Los sonidos se apagaron. Todo era agua.
Cuando ella sacó la cabeza, ya estaba gritando y buscando a sus hijos. Un punto verde, a veinte latidos de distancia, le indicó que ahí estaba Javier. Se lanzó tras él y lo jaló de la ropa. Javier reaccionó tosiendo y gritando:
––¡Papá! ¿dónde está mi papá?
Alejandra intentó buscar a Minerva con la mirada, pero solamente alcanzó a ver la quilla apuntando al cielo y todo el armazón del bote sumergido en el mar.
––¡Busca a Esteban, Javier, búscalo!–– le gritó la madre, llena de angustia y de esa desesperación que parece que se mete entre los huesos; que se te cuela por los poros y te hiela por dentro en un instante. Mario, ya se había ido, estaba segura. No iba a permitir que el mar se llevara a Esteban.
––¡No puedo mamita, tengo mucho miedo! ¿Dónde está mi papá?
––¡Escúchame, Javier!–– gritó enérgica.
––Tenemos que encontrar a tu hermano. Papá está bien. ¿Lo entiendes hijo?
Javier tomó una enorme bocanada de aire y se sumergió buscando a Esteban. Alejandra hizo lo mismo y milagrosamente, lo vio a unas cuantas brazadas de distancia.
Lo tomó de la cintura y pataleó con fuerza hacia la superficie. Esteban tosió y vomitó entre lágrimas.
––¡El mar me quiso comer mamá, el mar me estaba tragando!–– sollozó el pequeño.
Javier asomó la cabeza y nadó hacia su madre y su hermano mientras gritaba:
––¡Teve, Teve, estás vivo!
Hasta que Alejandra los vio juntos, se hizo consciente de la inmensa fuerza del océano. La corriente los jalaba mar adentro y ella sabía que tenían que nadar en la dirección opuesta. Abrazó a Esteban con la mano izquierda y con la derecha sujetó a Javier por los pantalones.
––¡Nada, Javi, nada con todas tus fuerzas!–– le suplicó Alejandra a su hijo.
––¡No puedo mami!–– contestó Javier, visiblemente cansado.
Alejandra lo abrazó también e intentó nadar boca arriba, manteniendo a los dos niños con la cabeza fuera del agua e impulsándose únicamente con las piernas.
El cielo no daba tregua. El viento rugía con más violencia y las gotas de lluvia se sentían como agujas que les pinchaban la cara impidiéndoles mantener los ojos abiertos.
Sólo Dios sabe cuánto tiempo nadaron así. Llegó un momento en que la madre ya no podía más. Era colosal el esfuerzo de cargar a los dos niños y de patalear. Empezó a respirar con más fuerza y a llorar.
––No te preocupes mamita, estamos aquí los tres y papá ya no tarda en llegar–– decía Javier, pero su madre parecía estar entrando en un ataque de pánico.
Lo que empezó como una agitación, ya se había transformado en un alarido de locura. Esteban comenzó a llorar también, preocupado por la reacción de su mamá y de pronto Alejandra gritó:
––¡Perdóname hijo, Javi hermoso, perdóname!–– y lo soltó de entre sus brazos. Ya liberada de ese peso, braceó y pataleó con más fuerza mientras rezaba y encomendaba a Dios el alma de Javier.
––¡Javi!–– gritaba Esteban.
––¿Por qué, mamá?–– alcanzó a decir Javier antes de que el mar, la lluvia y su madre lo condenaran.
La mente de Alejandra quedó congelada en dos imágenes: Javier ahogándose y Esteban llegando a la playa. Quizá fue ese estado lo que la ayudó a bracear y la hizo acostumbrarse al sollozo intermitente de su hijo. No sentía cansancio o dolor físico. No sentía el agua, ni las olas que por momentos los cubrían. No sentía casi nada y lo poco que sentía se magnificaba en su interior: La quilla rota de Minerva y la idea de Mario luchando bajo el agua sin ninguna esperanza. Los ojos abiertos de Javier hundiéndose en el mar. Esos sabía que siempre la iban a atormentar.
––Tiene una posibilidad más de salir de ahí, Teve. Una más que tú, mi amor–– se justificó Alejandra frente al niño, sin poder ocultar la devastación de su alma. “Es una oportunidad para él y una para nosotros o ninguna para nadie” Pensó.
Esteban no hablaba. Hacía rato que parecía que no le importaba nada. Solamente se dejaba llevar por su madre.
Ella exhausta, finalmente alcanzó tierra. Apenas la sintió bajo sus pies, jaló al niño hasta dejarlo bien adentro en la playa y se derrumbó a su lado.

El sol acarició la frente de Alejandra Salvatierra y apenas regresó del sopor del sueño, se incorporó de un salto gritando:

––¡Javier!–– y el llanto regresó intacto. Como si hubiera estado esperando, por horas, a que ella estuviera bien consciente para morderla una vez más.
––¡Esteban!–– gritó nuevamente porque el niño ya no estaba a su lado. Empezó a deambular por la playa entre palmas rotas y piedras incrustadas en la arena buscando a Teve. No había nadie cerca. Ninguna construcción, ningún barco. No tenía la menor idea de en donde se encontraba. Siguió un camino al azar, sabiendo que en esas condiciones cualquiera era una buena decisión y se internó entre la maleza.
Apenas había avanzado unos metros, cuando reconoció, sobre la hierba, los rizos de Esteban. Se acercó más y lo descubrió ahí recostado abrazando algo:
––Teve, hijo ¿estás bien?––le preguntó sospechando que quizá dormía.
El niño giró para mirar a su madre con los ojos cansados y somnolientos y al hacerlo dejó ver a su lado a su hermano tirado en el suelo. Profundamente dormido.
––Es cierto mami, Javi tenía una oportunidad más que yo–– y nuevamente le echó los brazos encima a su hermano en uno de esos abrazos que parecen eternos. Que parecen inquebrantables.

Positivo, negativo


Estas situaciones siempre se ven más fáciles desde afuera. Uno jamás espera encontrarse en medio de ellas. Es un hecho que resultan un excelente ejercicio de memoria pero junto con este esfuerzo de recordar se te escurre la vida entre las manos. Literalmente, me están sudando como nunca antes.
Ya me hartó el tipo que está atrás de mi arreglando la máquina de café. La gente es increíble, lo están viendo trabajar, la máquina está abierta y van cinco veces, contando a la gorda de la blusa verde, que preguntan: ¿Está funcionando la máquina? Increíble.
Las enfermeras van y vienen con una cara que no denota nada. ¿Están preocupadas? ¿Enojadas? ¿Tristes? No seas estúpido Alberto, eso es lo que sienten los pacientes no las enfermeras. Para ellas todo esto es un trabajo. Un trabajo tan sensible como lo puede ser arreglar una tubería o destapar una coladera. Un plomero no siente emoción al encontrar el mojón que tapaba una cañería ¿o sí? No es verdad, ellos también sienten emoción por algo así. Al final, es su trabajo, ¿no? Deben sentir orgullo por hacerlo bien.
Ahí viene una enfermera. ¿Traerá los resultados de mi estudio? Ay Alberto, no es un restaurante. Aquí no te traen a la mesa (o a la banca) lo que ordenaste. Seguramente me van a llamar en cuanto esté el resultado.
No se puede fumar aquí carajo. Sigo con la disyuntiva: ¿salgo a fumar o espero a que me llamen? No, mejor espero. ¿Cuánto más puede tardar esto? Bueno, hace cuarenta y cinco minutos dije lo mismo y ahora sí me muero por un cigarro. Voy a esperar otro poco. Fumar ahora o cuando me den el resultado no va a cambiar nada. Mejor espero aquí. Pero espero tranquilo. En realidad no tendría porque estar tan ansioso. Mónica es un amor de mujer. La primera vez que lo hicimos, ella fue la que me dijo del condón. Imbécil. Me sentí tan, no sé, tan…cavernícola. Como un animal que solamente quería coger. Y desde cierto punto de vista era cierto, quería cogérmela pero no solamente por el sexo. Mónica es mi diosa. Es un ángel. El sexo con ella no es más que la culminación física de lo que sentimos el uno por el otro. ¿Por qué me preocupo tanto entonces? Bueno, Mónica no era virgen cuando nos acostamos la primera vez. Además después de esa primera vez hubo muchas ocasiones en que no me puse el condón, o por lo menos no desde el principio. ¡Puta madre! Pinche Mónica. Antes de mí anduvo con el naco ese de Paco. Ese cabrón no se ha cogido a su mamá porque es huérfano desde los cinco años, pero sabe Dios en dónde la ha metido ya. Me lleva la mierda, me  cogí a Mónica y, de paso, a todas las zorras que se tiró Paco. Ahora sí ponte nervioso idiota.
¿Creció la sala de espera? Juro que se ve más grande ahora. Debe ser que me siento insignificante en este momento. A merced de un pendejo virus que me pegó el imbécil ese… ¿o Anita? ¡Anita! Tantas veces negué que hubiera pasado algo con Ana que terminé creyéndomelo pero es verdad. Ahí también te metiste, Alberto estúpido, inconsciente, calienta viejas. Y tampoco era virgen y , esa vez también lo hiciste sin gorro para terminar de cagarla.
Me está costando trabajo respirar. Son los nervios. Los nervios y el verdadero motivo por el que estoy aquí. ¿A quién quiero engañar? No es Ana, ni Mónica, ni siquiera Paco, es tu borrachera infantil, con ese pretexto ridículo de cumplir treinta años y de que la juventud se te iba. Pudiste haber dicho que no. No a la borrachera, o no al table o, ya de perdida, no a la puta que te dispararon Ramón y Omar. Pero cómo podías decir que no a la güera con las tetas monumentales ¿verdad? Eres un estúpido, cobarde pero en este momento, tienes que ser un estúpido tranquilo y relajado. Pórtate como hombrecito. No puedes tener tan mala suerte. No seas pesimista.
No te metes drogas, no eres puto, hasta pagas impuestos. Además el condón se rompió adentro de la güera y estuviste ahí, expuesto, unos segundos. Quizá menos. Respira profundo y piensa positivo. Concéntrate en otra cosa mientras esperas.
Quiero un cigarro. No, mejor sigo esperando. Aquí viene otra enfermera. No me lo estoy imaginando, viene directo a mi y trae un montón de papeles. Seguro ahí está el resultado de mi estudio. Ahora quiero orinar. Aguanta la respiración estos últimos pasos, hasta que llegue a ti y te dé el papel. ¿A dónde va y por qué sonríe tanto? Me pasó de largo. ¡Puta madre, es la máquina del café! Ahora, que ya funciona, todos actúan como si hubiera llegado la virgen María. Virgen. Así debí haberme quedado. Jalármela no era tan malo. Me sé mover bien. Bueno, al menos a mí me gusta como me muevo.
No aguanto más, voy a echarme un cigarro. No, mejor dos. Quién sabe cuánto más voy a tener que esperar.
La enfermera dijo: “señor Arizpe”, ¿verdad? ¡Corre Alberto, fumas luego, ahí está el resultado!
La enfermera está sonriendo, deben ser buenas noticias, nadie te dice: “Señor Arizpe, es un placer informarle que se lo está llevando la chingada”. ¡Qué alegría Dios mío!

Esta mujer alcanzándome los resultados se ve tan hermosa. Qué bonitos ojos tiene esta enfermera, por el amor de Cristo. Antes de abrir los resultados, ¡mira nada más que nalgas, Alberto! Míralas nada más.

La Sobremesa


Ese vaivén constante de los vagones del tren adormece los sentidos. La vista puesta en el camino a través de la ventanilla contribuye a la hipnosis de la experiencia. El golpeteo incesante de la máquina se vuelve casi inexistente después de un rato, y hoy ya no sé si todo aquello ocurrió de verdad o solamente fue parte de la misma ensoñación del viaje.

––Vas a adorar a mis primos–– me dijo Manuel antes de abordar el tren que nos llevaría desde la Ciudad de México hasta Guadalajara.

Diez horas de viaje con Manuel para visitar a su familia y pasar un verano diferente.

La vida siempre encierra sorpresas, algunas trágicas, otras inesperadas, placenteras y otras más que caen en una categoría indefinida. Como en el limbo, difíciles de clasificar, de asimilar y, a veces, difíciles  hasta de entender.

Después de un par de horas de viaje, Manuel y yo decidimos comer algo en el vagón comedor del tren. Estaba prácticamente vacío, solamente había un compartimiento con dos muchachas que habían terminado de cenar y bebían unas cervezas.

Nosotros saludamos por cortesía y al sentarnos descubrí que una de ellas no nos quitaba los ojos de encima; nos revisaba con curiosidad y su mirada denotaba alguna búsqueda en su memoria, quizá algún rostro. Al observarla haciendo este ejercicio comencé a poner atención a sus rasgos, a su fisonomía y de pronto una cara apareció en mi memoria con un nombre pegado a él: Gabriela Sánchez.

––¿Gaby?–– pregunté.

––¿Gaby Sánchez, verdad?–– rematé prácticamente convencido y ella reaccionó de inmediato levantándose y extendiendo los brazos en señal de bienvenida.

Manuel y yo habíamos estudiado con ella en la escuela secundaria y nos reconocimos rápidamente. Nos presentó a su amiga y ocupamos todos el mismo compartimiento.

Pasamos algunos minutos recordando aquellos tiempos y poniéndonos al día con nuestras vidas, las universidades, los proyectos, nuestros sueños…

Las buenas pláticas siempre toman caminos inesperados y sorpresivos; un pequeño detalle se encadena a otro y así, antes de hacer consciencia de toda la secuencia de eventos, uno se encuentra en medio de una conversación aparentemente ajena al origen del encuentro inicial.

Hablábamos del mundo mágico, de la vida después de la muerte, de los médiums y los muertos. El tono de la conversación era amable, más lleno de curiosidad y de ganas de compartir experiencias que de asustar o de reír.

Gaby se mantuvo callada la mayor parte del tiempo; asentía con la cabeza o abría los ojos simulando sorpresa.

––Gaby tu no crees en nada de esto, lo puedo ver en tus ojos–– le confesó Manuel, con un aire de investigador.

––No es cuestión de creer o no. Hay cosas que son como son. Quizá uno se acostumbra a eso y se pierde un poco la novedad–– aseveró Gaby muy serena.

Desde ese momento ella decidió compartir algunas de sus experiencias y nos advirtió que sabía de antemano que probablemente no creeríamos nada.

––¿Has tenido algún amigo imaginario Manuel?–– preguntó Gaby.

––Jamás–– contestó él, totalmente convencido.

––Yo siempre he tenido a una amiga cerca de mí–– replicó Gaby, manteniendo ese tono ecuánime y relajado.

–– No los quiero convencer de nada. Solamente quiero compartir con ustedes esto–– agregó.

Nos contó acerca de una amiga que apareció en su vida cuando Gaby tenía apenas cinco o seis años de edad.

–– Se llama Tete. Así le he dicho siempre.

––¿Siempre?––replicó Manolo.

––¿Es decir que la sigues viendo?–– apuntó.

––Sí–– dijo Gaby. En tono seco. Sin titubear.

Nos relató que al principio no sabía el origen de Tete y ella creía que era una niña normal.

––Un buen día, me descubrí hablando con Tete yo tenía quince años pero ella seguía usando coletas y nunca se cambiaba ese vestido azul celeste. Seguía siendo esa niña de cinco años. La misma de siempre. Comenzó a aparecerse en mis sueños. Me hablaba y me invitaba a volar con ella. Quería viajar. Tardé mucho en aceptar sus invitaciones hasta que una noche dije que sí. Me tomó de la mano y salí de mi cuerpo, volé con ella, conocí el cielo más allá de las estrellas. Pasé, en segundos, de la noche al día y, esa primera vez, paseamos por unas calles adoquinadas, con faroles de hierro que remataban las esquinas de aquel exquisito lugar. La luz en el ambiente era tenue. Parecía un amanecer claro. Al final de la calle dónde nos encontrábamos, había una escalinata de piedra que ascendía y, desde el pie de esa escalera, alcanzábamos a ver los mástiles de algunas embarcaciones. Estábamos en un muelle. Subimos esas escalinatas como flotando y movidas solamente por la intención de hacerlo. Al llegar a la parte más alta, comprobé que era un hermoso muelle. Me llamó la atención un pequeño bote color rojo con velas blancas. En la proa de la nave estaba impreso, con letra dorada, el nombre del barco: “Gabrielle”. Me arrancó una sonrisa al verlo y Tete no dijo nada. Me sujetó de la mano y en un instante estaba de vuelta en mi cama.

––Lo soñaste Gaby–– comentó Manuel con cierta incomodidad.

Gabriela solamente sonrió y repitió su advertencia:

––Sí, quizá eso fue Manolo. Pero como te dije hace rato, no trato de convencer a nadie. Sé diferenciar los sueños de la realidad–– agregó sin perder la compostura y con una leve sonrisa dibujada en la cara.

Manuel percibió aquella señal y le lanzó un reto en tono más jocoso. Quizá para intentar aliviar la tensión que se había creado para todos los demás.

––¿Por qué no invitas a Tete, Gaby? Esta noche, aquí, en este mismo tren.

––Honestamente no creo que puedas manejarlo Manolito–– y aquel diminutivo que Gaby usó, me hizo dudar por un momento acerca de la veracidad de toda la historia.

––La mejor forma de saber si Manuel puede o no manejarlo, es haciéndolo, ¿no?–– le dije a Gaby. Apoyando el reto de mi amigo.

––De acuerdo–– contestó Gaby.

––Intentémoslo.

Gabriela levantó la cabeza y en voz alta dijo:

––Tete, ven por favor, unos amigos quieren conocerte.

Sentí una mezcla de ansiedad, de miedo y de emoción. Todo junto, revuelto, amontonándose en mi interior.

Se hizo una pausa larga. Tal vez sólo duró unos segundos pero me parecieron una eternidad y de pronto la puerta del vagón comedor se abrió. El sonido de la máquina andando y el aire frío de la noche inundaron el recinto por unos instantes y después la puerta se cerró. Nadie estaba ahí, pero Gaby siguió con la mirada a algo o a alguien hasta que aquello se detuvo a un lado de nuestro compartimiento.

––Aquí está. Ella es Tete–– afirmó, Gaby, con notable alegría.

––No veo a nadie Gaby, pero me encantaría saber cómo hiciste el truco de la puerta–– agregó Manuel visiblemente consternado.

Gaby volteó al pasillo y como si hablara con alguien invitó a Tete a demostrar que ahí estaba. Sin demora una de las latas de cerveza se levantó sola. Flotó unos veinte centímetros por encima de la mesa y después bajó lentamente hasta posarse por completo en ella.

Manuel se levantó violentamente de la mesa y se alejó caminando de espaldas muy descompuesto. Estaba pálido y no decía nada.

––Hey ¿Manuel?––le gritó Gaby.

––¿Sabes que seis meses después de mi primer viaje con Tete, fui a Francia y conocí aquel muelle del que te hablé? Subí las escaleras y del otro lado estaba el barco rojo con velas blancas y tenía el nombre en la proa escrito en dorado.

Manuel corrió hasta la entrada del vagón comedor y salió disparado hacia nuestros asientos.

Yo estaba paralizado en la mesa con Gaby, su amiga y Tete.

En voz más baja y con una sonrisa inmensa en la cara Gaby terminó su comentario:

––“Gabrielle”, así se llamaba aquel barco en Francia. Por favor díselo a Manolito ahora que lo veas.

Inés


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–Sí, me llamo Inés.

–Moncada Ramírez.

–Diez y seis, en mayo cumplo diecisiete.

–No, el Gordo no es pariente mío, pero es como mi papá.

– Pues me ha enseñado muchas cosas.

– Como a entender la vida…

– El Gordo dice que esas son pendejadas señor. Que la vida no es así.

– El Gordo dice que la escuela es perder el tiempo.

– Porque ahí no hay varo señor y si es cierto, a nadie le pagan por estudiar.

–¿Mi verdadero papá? Ese culero se la vive pedo y nos madreaba. Una noche mi hermano Mario le partió su madre y luego se largó.

–¿Cómo que malas palabras? No sabía que hubiera unas buenas y otras malas. Además son las únicas que me sé.

–No, señor, le digo que el Mario se largó. No lo he vuelto ha ver. Pero seguro está mejor.

–Mi mamá le aguanta todas sus chingaderas a ése. Por eso me fui yo también.

–No, al Gordo lo conocí luego. Me llevó con él la Rama.

–No sé señor, así le dicen todos creo que se llama Paty o Nati o algo así.

–El Gordo me da de comer y me dio trabajo.

–Yo hambre no paso, haiga que hacer lo que haiga que hacer.

–Pus al principio no me gustaba, me daba miedo, pero estaba bien pendeja y no sabía nada pero El Gordo me explicó y las otras Doñas también.

–Nel, hay otras putas más chavetas. Hay una de trece y le va re bien a la cabrona.

–Tres veces nomás, El Gordo me dio un pinche té y con eso lo eché pa fuera.

–No, no era mi hijo, El Gordo dice que, esos, son los errores de Dios y que hay que devolverle a Él también sus chingaderas.

–No señor, no sabía eso.

–No sé qué es eso de vas fémina, señor, pero yo no hago eso.

–Desde temprano. Como a las diez de la noche empiezo a chingarle.

–Depende, a veces acabo a las cinco de la mañana, otras veces hasta las siete, pero eso es los viernes o los sábados.

–Nel, el domingo no trabajo pero si hay Clientes, ni pedo, El Gordo me manda.

–Cincuenta pesos por una mamada y por doscientos varos, hasta les digo que los quiero.

–¿Que si me canso de qué? Señor.

–No, El Gordo me da bicarbonato y me repone en chinga.

–Por la nariz. Es olido.

–Chale, no sé por qué se ríe, señor.

–Sí, es bicarbonato.

–No lo sé, a mí el Gordo me manda a llevar el bicarbonato a otras personas.

–No los conozco. No sé cómo se llaman. A mí na’mas me pagan el bicarbonato y yo le doy la feria al Gordo.

–Oiga señor, yo nomás soy puta, yo no vendo esas mierdas.

–Es por encargo del Gordo.  Yo no sé de dónde lo saca.

–No estoy diciendo mentiras señor, a mí me dijo que era bicarbonato y yo le creo.

–¿Por qué me voy a ir al infierno!

–¡Que yo no sé qué son las blasfemias o eso!

–¿Y yo cómo voy a saber que eso es malo?

–Si eso es malo, entonces usté también se va a ir al infierno, señor.

–¿A poco cree que no nos damos cuenta que usté se coge a los niños de la iglesia?

–Si yo me voy a condenar, usté también, señor cura. Usté también.

Rompiendo la Rutina


El timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos y de la televisión que llevaba mirando casi 2 horas. Estaba con la pijama puesta y el cabello desordenado a pesar de que el reloj marcaba las 12:00 del día de un miércoles más. Se acercó a la minúscula mesita de madera a un lado de la puerta de la sala y con molestia meditó unos instantes si lo dejaba sonar 3 veces más para que se accionara la contestadora o evitaba aquel molesto chillar del aparato y levantaba el auricular. Se decidió por la segunda opción y descubrió con asombro que esa era la llamada que había estado esperando desde hacía varias semanas y que prácticamente había olvidado. Era la secretaria del Lic. Manríquez que finalmente se había dignado a contestar todos sus mensajes. Con su característica voz chillona, la mujer le informó en tono mecánico que el Licenciado Adalberto Manríquez, Director General de Manríquez y Asociados, tendría 30 minutos disponibles ese mismo día a la 1:00 de la tarde para concederle, finalmente, la dichosa entrevista de trabajo que ya en 3 ocasiones diferentes le había cancelado. Después de tantas angustias y de haber pasado de la esperanza a la frustración tantas veces, Manríquez le iba a conceder 30 benditos minutos que era todo lo que él necesitaba para sorprenderlo y contagiarlo de su entusiasmo y de su inagotable creatividad. Su carpeta de impresos y el videocasete con sus comerciales de televisión estaban listos y esperando justamente este momento para dejar fluir su magia. De pronto, se sorprendió parado en medio de la sala de su casa con esa pijama vieja y con el cabello parado caprichosamente en todas direcciones, la barba crecida de 3 días y una aliento que le recordaba en cada bocanada de aire, todo lo que había comido, cenado y desayunado en las anteriores 18 horas. Tenía exactamente 30 minutos para bañarse y rasurarse y 30 minutos más para cruzar la ciudad hasta las oficinas de Manríquez y Asociados. No podía desperdiciar ni un solo minuto.

Salió corriendo hacia el baño y en el camino comenzó a desvestirse; una pantufla quedó a la mitad del pasillo, la camisa de la pijama aterrizó sobre la cama que todavía estaba sin hacer y semidesnudo en la recámara, comenzó a buscar afanosamente la camisa azul dentro del closet; una vez que la encontró, la acomodó delicadamente sobre la cama haciendo un notable cambio de ritmo en sus movimientos y retomándolo nuevamente para preparar el baño.
Ya con la ropa seleccionada y el agua de la regadera bien caliente, entró al baño y comenzó la rutina de toda la vida.
Primero se mojaba perfectamente la cabeza y el cuerpo, después tomaba el Shampoo con olor a frutas silvestres y dejaba caer en la palma de la mano una porción generosa para después comenzar a frotarse enérgicamente desde la frente hasta la nuca en movimientos ascendentes y descendentes hasta que empezaba a formarse espuma y el delicado olor de de las frutas silvestres lo inundaba todo. En este punto, y debido a lo mecánico de la rutina, se abstraía de la realidad e invariablemente se refugiaba en su propia mente repasando, en esta ocasión, las palabras y los tonos correctos que debía emplear durante la entrevista de trabajo. Repetía en voz alta y utilizando distintas modulaciones en la voz, sus más famosos Slogans publicitarios, practicaba poses y trataba de refrescar en la memoria todos aquellos detalles importantes de las campañas que había realizado en los últimos seis años. Mientras ensayaba su entrevista bajo el agua de la regadera, mecánicamente estiraba el brazo y a ciegas depositaba el Shampoo en el pretil de la ventana, estiraba el otro brazo y tomaba el cepillo para limpiarse la espalda; regresaba a los Slogans y se corregía a sí mismo dándose palabras de aliento: -¡Con más energía!, se repetía. – ¡Ya es tuyo, dale lo que quiere!
Tanto se involucró en los detalles de la cita que accidentalmente rompió la rutina del baño diario y en lugar de enjuagarse el cuerpo y salir de la regadera, inconscientemente volvió a destapar el Shampoo y por segunda vez empezó a lavarse la cabeza. Apenas puso las manos en su cabeza, descubrió el error y trató de acelerar el paso de la inútil tarea para recuperar los valiosos minutos perdidos. Como si existiera alguna mágica relación entre la fuerza de los brazos y la velocidad con que se tallaba la cabeza, empezó a incrementar la velocidad del lavado y al mismo tiempo comenzó a imprimir en toda la acción una fuerza considerable; el movimiento ascendente y descendente de las manos se aceleró inusitadamente y en el tercer viaje ascendente uno de sus dedos, el meñique, desfloro cual poderoso macho su fosa nasal izquierda. El dedo había entrado tan profundamente en la nariz, que con la yema de ese dedo sintió la base de su tabique. Inmediatamente cambió los slogans publicitarios por un alarido agudo y empezó a patalear insistentemente en la regadera. Con la misma fuerza con la que el dedo había entrado a la nariz, él lo sacó e inconscientemente abrió los ojos para mirarse la mano. En ese preciso instante, el delicado olor a frutas silvestres de su Shampoo entró a uno de sus ojos y se transformó en una poción increíblemente ácida que lo llevó hasta las lágrimas. La perforación en la nariz había sido tan profunda, que le dolía hasta el agua que le salpicaba la cara. Por los brazos y las manos le escurría sangre, mocos, olor a frutas silvestres y mucha, mucha vergüenza; tenía jabón en todos lados y el ardor en uno de sus ojos se incrementaba. Pataleó arrojó injurias y finalmente se quitó el exceso de jabón y espero ansiosamente a que la sangre de la nariz parara. Una vez fuera de la regadera, se acercó al espejo de arriba del lavabo y se contempló con la cara deforme; la nariz había perdido toda simetría y se había hinchado tanto que le había cerrado parcialmente el ojo izquierdo. Mirándose a sí mismo repitió el último slogan que estaba practicando bajo el agua:
– Barra de mantequilla La Tapatía, la que siempre alegra tu día. Y descubrió con horror que la inflamación ocasionada por su avasallador entusiasmo había hecho que su voz sonara ridículamente nasal, como ahogada, como si trajera un pitillo incrustado justo en el tabique de la nariz y cada vez que hablaba o respiraba, hacía un sonido agudo como de mocos atorados. Salió del baño y se dirigió apresuradamente a la recámara para empezar a cambiarse cuando notó que la máquina contestadora parpadeaba indicando 1 mensaje grabado. Se acercó al aparato y como anticipándose al desenlace apretó el botón de “Play”; era la secretaria de Manríquez que con su, ahora tan familiar y cercano, timbre de voz chillón, decía: – El licenciado Manríquez
se disculpa pero desafortunadamente no le será posible recibirlo a la 1:00 de la
tarde debido a que tiene que salir de viaje hoy mismo. Nosotros nos ponemos en contacto con usted próximamente. Gracias.

Confidencias


secreto

Me mira directo a los ojos, se seca una lágrima, y suspirando profundamente me dice:

– Es una pena ver cómo has cambiado.

Furioso me mira y me reclama todos los sueños que creamos juntos cuando éramos casi unos niños y que yo maté; todos los anhelos que un día compartimos y que nos emocionaron, que nos ilusionaron; que nos hicieron pasar noches en vela y que yo después ignoré.

Me mira y sin poder controlar el temblor en los labios, me dice que ya no me reconoce, que quizá dejó de verme de tanto mirarme y que de tanto escucharme dejó de entenderme. Angustiado me cuestiona cómo me perdí, cuándo me convertí en eso que tanto odiaba, dónde aprendí a traicionar, mirando a los ojos.

Me mira llorando y dice, con un nudo en la garganta, que ahora sabe que nunca amé, ni me entregué y que siempre me engañé; que juntos habíamos creado las instrucciones para encontrar el amor perfecto y que yo jamás las seguí.

El reflejo en el espejo me mira directo a los ojos, se seca una lágrima, y suspirando profundamente me dice:

-Es una pena ver cómo has cambiado.

Tres Segundos


Desde este ángulo todo se ve tan tranquilo. Tan sereno. No recuerdo haber sentido tanta paz nunca antes en mi vida. La nieve se siente húmeda en mi espalda, pero es fresca, reconfortante, no me moja o me hiela.

Así, tendido en el suelo distingo con claridad esos pinos colosales, majestuosos que apenas se mecen con la brisa invernal. Pequeños cúmulos de hielo se amontonan en sus ramas y más copos caen del cielo abultándose lentamente sobre ellos.

Mis hijos, los pienso con mucha serenidad, los siento cerca de mí a pesar de la distancia. Están bien. No sé porque siento esta certeza pero los sé protegidos, seguros, contentos. Y una infinita nostalgia me los trae a la mente con una nitidez estremecedora, casi puedo tocarles las mejillas, olerlos, sentirlos.

Que profunda sensación de impavidez en medio de la naturaleza. Mis sentidos se han agudizado increíblemente, siento con claridad la minúscula diferencia de temperatura entre mi hombro izquierdo y el derecho, ambos postrados sobre la misma tierra llena de hielo. Mi respiración es acompasada, rítmica, sin prisa. Estoy totalmente consciente.

Inclino la mirada hacia el frente y, mirándome fijamente, está un pequeño estornino pinto con su plumaje pardo reflejando la luz del sol. Parece contagiado con toda esta atmósfera apacible. Mueve su cabeza inclinándola primero hacia un lado y después hacia el otro como inspeccionándome con más curiosidad que miedo.

No está alerta ni a la defensiva, solamente se acerca con pequeños saltos hacia mí y continúa su revisión. Su sola presencia me hace descubrir del trinar de otras aves en lo alto, allá en la copa de los pinos.

Solamente es hasta que se encuentra lo suficientemente cerca de mí, que detecto una mancha carmesí en la punta de su pico. Es entonces cuando lo veo seguir un rastro rojo que insistentemente pica y vuelve a picar, alternando esa tarea con su inspección hacia mi persona.

Giro la cabeza hacia mi derecha y descubro a 2 metros de distancia mis piernas cercenadas desde la cadera.

Cajas multicolores, moños verdes y rojos cubren mis viseras regadas en la nieve y un río rojo obscuro y espeso corre hacia el estornino quien curioso sigue picándolo y analizándome. Giro hacia la izquierda y a unos metros de distancia veo el sedán negro destrozado en un árbol, con el parabrisas roto y el motor humeando.

Ese sedán en el que hace apenas tres segundos conducía lleno de regalos y de entusiasmo para disfrutar la Navidad con mis hijos.