El graduado


El Graduado

Mientras caminaba hacia el estrado las piernas le temblaban. No sentía los brazos. Luchaba contra el sollozo para contenerlo. El labio hinchado y un hilo de sangre recorriéndole la barbilla.  De inmediato los profesores, en la tarima, cambiaron su expresión al verlo.

El auditorio se llenó de aplausos mientras el director de la carrera le extendió el diploma y le tendió la mano:

–¿Estás bien Alonso?– le susurró el maestro al entregarle el documento.

–Todo bien– contestó el muchacho con la voz entrecortada

Ya era imposible contener las lágrimas que  se le escapaban sin control. Se formó al lado de sus compañeros de generación ocupando el lado izquierdo del estrado. Ellos también estaban desconcertados.

Alonso Mustieles buscaba con la mirada a su padre. Una vez que lo localizó, lo miró desafiante; respiró profundo y se paró más derecho; sacando el pecho y echando la cabeza hacia atrás como retándolo: “Aunque me mates. Ya no me voy a callar” pensó.

Había llegado el gran día. Alonso estaba nervioso, tenso. Se paseaba por la sala caminando en círculos. Ensimismado.

            –Mi amor, no es para tanto. Ya es tu graduación. Terminaste la carrera hijo– le decía con alegría su madre.

            –Es el viaje, ¿verdad?– recapacitó Doña Laura.

            –Sí, mamá. A la mejor es eso. No te preocupes– y forzó una sonrisa intentando tranquilizarla.

            –Yo creo que debes verlo como una gran oportunidad Alonso. Eres un hombre afortunado, ¿lo entiendes? Pocas personas pueden estudiar en el extranjero.

            Alonso se acercó a su madre y mientras la rodeaba con el brazo, le besó la frente. Con los labios todavía pegados a ella le contestó:

            –Mamá, te voy a extrañar mucho. Tienes razón. Es una excelente oportunidad.

Don Javier Mustieles bajó las escaleras apresurado:

            –¿Listos?– preguntó sonriendo.

            –¿Aprovechando los últimos momentos con mamitis, hijito? Yo no sé qué carajos vas a hacer en Estados Unidos sin las faldas de tu mamá para protegerte.

            Alonso se separó de su madre y se puso de pie como impulsado por resortes. Respiró profundo.

            –Vámonos. Mientras más rápido, mejor– dijo el muchacho.

            Don Javier rió mientras se ajustaba la corbata frente al espejo del comedor.

            –No habías pensado en eso ¿verdad, muchacho?– y sonrió.

            Alonso no contestó nada. Tomó el saco del respaldo de una silla y se adelantó a la salida.

            Ya en el auto, Alonso tuvo que escuchar por enésima vez la historia de la escuela militar de su padre:

            –Ahí si había que tener miedo. Te alineabas o te alineaban a punta de chingadazos. Estas escuelas a las que vas tu, Alonso, son de señoritas. Son para maricones.

            –Déjalo, Javier. Tus historias hartan, ¿sabes? No sé cuántas veces van que repites lo mismo– interrumpió Doña Laura.

            Alonso, mientras tanto, seguía perdido en su mente, repasando lo que venía. Animándose a continuar; a vencer el miedo. Las voces de sus padres se sofocaban entre tantos pensamientos.

            Finalmente llegaron a la universidad y mientras buscaban un lugar para estacionarse, Alonso sintió un arrepentimiento súbito:

            “No, no lo voy a hacer. No tiene sentido. Es la forma más absurda de ganarme problemas. De echarme a perder la vida. Definitivamente no va ha ser hoy”.

            Al bajar del auto, el muchacho sintió que las piernas no le respondían. Era como si toda la fuerza le hubiera abandonado.

            –¿Te sientes bien?–preguntó su madre.

            –Te digo que ya se está arrepintiendo de alejarse de su mami­­– agregó Don Javier, adelgazando la voz y haciendo un puchero que remató con una risa burlona.

            –¡Cállate, Javier! ¡Por una sola vez, cállate!

            Alonso aprovechó esa discusión y corrió al interior del auditorio.

            “Tienes que hacerlo hoy. No lo puedes postergar más”, pensó.

            Se sentó en una butaca a la mitad del auditorio y al poco tiempo lo alcanzaron sus padres. Él molesto. Ella mucho más.

            El joven intentaba darle orden a sus ideas. Quería decidirse definitivamente pero no podía. Siempre lo detenía algún recuerdo, el miedo, la incertidumbre.

Los minutos se escurrían como agua; el auditorio ya estaba lleno y él no lo había notado. La ceremonia de graduación había iniciado y Alonso, sentado en su lugar, seguía sin llegar. Corría por los laberintos de su mente; abriendo puertas y buscando señales que le dijeran qué era lo que tenía que hacer.

“Murillo, Joaquín”. Se escuchó en el auditorio y todos aplaudieron. Un joven se levantó de su asiento y camino sonriente hacia el escenario entre aplausos.

            –Soy homosexual, papá– dijo Alonso con un tono firme y lleno de miedo.

            Don Javier abrió la boca lentamente, mientras tenía la mirada clavada en el escenario y seguía aplaudiendo como distraído.

            –Sé que este no es el mejor momento para decirlo, pero cuando es…

            Una bofetada interrumpió a Alonso y lo hizo rebotar contra el respaldo.

            –¡Javier!– gritó la madre y su voz quedó sofocada por los vítores y los aplausos que llenaban el auditorio.

            –Papá– balbuceó Alonso, mientras se enderezaba en la butaca, cuando un puñetazo en la boca lo sorprendió; lo hizo cerrar los ojos y cubrirse la cara con los brazos.

            –¡Puto de mierda! ¡Eso es lo que has sido siempre soldado de cagada!– le gritó Don Javier mientras lo seguía golpeando en la nuca.

            “Mustieles, Alonso”. Retumbó el nombre en la cabeza del joven. Se enderezó presuroso y trató de ahogar el llanto. Mientras caminaba hacia el estrado las piernas le temblaban.

            Eran las cinco de la mañana, cuando Alonso regresó a casa. Llevaba casi diez horas bebiendo su situación y analizando el ron. A pesar de los golpes, se sentía liberado y más fuerte que nunca. Faltaba la convivencia de unos días más con su padre y después se iría de viaje por dos años, quizá más, antes de volver a verlo.

Cerró con cuidado la puerta de entrada y se quitó los zapatos antes de caminar hacia su recámara.

            –¡Javier!– gritó la madre y su voz quedó sofocada por los vítores y los aplausos que llenaban el auditorio. Don Javier giró para encarar a su esposa:

            –¿Qué chingados quieres? ¡Tú lo hiciste así, joto, afeminado, puto! Tú y tus pendejas manías de entenderlo, de apoyarlo, de darle libertad. ¡Ahí está tu pinche libertad! Mira que hizo con ella– decía el padre mientras señalaba a Alonso que iba bajando hacia el estrado.  –Está muerto, Laura. Este cabrón, para mí, está muerto.

            Doña Laura se acercó a su marido y con los dientes apretados le dijo al oído:

            –Te vas a arrepentir de esto Javier. Te juro que te vas a arrepentir– se levantó sin quitarle la mirada de encima y con la boca todavía apretada caminó hasta las escaleras del auditorio y salió del edificio.

            Don Javier se puso de pie y alcanzó a ver a Alonso que lo miraba desde el estrado como retándolo. Al igual que Alonso, él también echó para atrás los hombros, respiró profundo y le sostuvo la mirada aceptando el reto.

           Don Javier llegó a su casa y se encerró en su estudio. La rabia se le había subido a la cabeza y llevaba casi diez horas bebiendo la situación y analizando el whiskey. Desde la amenaza de Laura en el auditorio, no la había visto. No sabía si ya había llegado, y no tenía planeado subir a su habitación.

            Escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose y sabía que Alonso, finalmente había llegado.

            “Esto es lo mejor para él. Nadie lo va a entender pero es lo mejor para él”

Empuñó la escuadra cuarenta y cinco y salió del estudio a su encuentro.

            Se lo encontró al pie de las escaleras y Alonso se petrificó al ver a su padre borracho y empuñando una pistola.

            –Supongo que piensas que te golpee porque no estoy de acuerdo con tus puterías, ¿no?– preguntó Don Javier arrastrando las palabras.

            Alonso no contestó nada. Solamente lo observó y los zapatos que cargaba se le resbalaron de las manos.

            –¿Tú crees que es por eso, Alonso?– insistió el padre.

            –Yo solamente quería decirte cómo soy. No es algo que yo haya decidido. Así he sido siempre. Quería decírtelo. Es todo. No espero que lo aceptes– dijo el muchacho con la voz temblorosa.

            –Ay, hijito– agregó burlón Don Javier –Eres puto, ciego y pendejo.

            El padre se acercó hasta su hijo y lo rodeó como inspeccionándolo; lo recorría con la mirada de pies a cabeza.

            –Te lo voy a decir una vez, Alonso, solamente una. Esta vida que estás escogiendo, ¿crees que te va a hacer feliz?– y Don Javier comenzaba a exaltarse.

            –¡No es así, soldado! Nunca es así. Te van a señalar, se van a burlar. Lo que te hice en al auditorio, no es nada comparado con lo que te espera allá afuera.

            –¡Tú no lo puedes saber papá!– interrumpió Alonso gritando también.

            –¡No lo voy a permitir una vez más, Alonso! No vas a pasar por todo eso– y el padre levantó el arma y cortó cartucho.

            Alonso sintió que las piernas se le doblaban.

            –¿Qué es lo que no va a pasar otra vez, papá? ¿Qué estás haciendo?– Alonso intentaba resguardarse detrás del saco que tenía en las manos.

            –Nadie va a burlarse de un Mustieles otra vez. Nunca más. ¡Yo soy como tu, Alonso! Y me golpearon, abusaron. No lo voy a permitir otra vez–– Don Javier levantó el arma y encañonó a Alonso. El muchacho gritó con horror y cayó de rodillas suplicando que lo dejara ir.

            Don Javier también lloraba.

            –Créeme, Alonso te estoy ahorrando mucho sufrimiento…

            La detonación iluminó, por una fracción de segundo, el cubo de la escalera y Alonso gritó hasta que se percató que el cuerpo de su padre estaba en el suelo y el arma, aprisionada en su mano, no se había disparado.

            Un paso en la escalera rompió ese breve silencio y Alonso encontró a su madre empuñando un arma y sollozando. Alonso corrió hasta ella y la abrazó.

            –Le dije que se iba a arrepentir de esta, hijo. Se lo juré.

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Contra natura


ahogamiento

 

––Tranquilos todos. Esto siempre se ve peor de lo que en realidad es––anunció Mario desde la cubierta mientras su rostro contradecía las palabras.
La embarcación se ladeó con fuerza y el corazón, de todos a bordo, se encogió como tratando de guarecerse, también,  de la sorpresiva tormenta.
Esteban, el más pequeño de la familia Salvatierra, quiso contener el llanto, refugiándose en los brazos de su madre, y ella lo rodeó con un brazo mientras jalaba con el otro a Javier, el hijo mayor.
––¡Todo está bien, todo está bien, todo está bien!––repetía sin cesar mientras revisaba con la mirada todo a su alrededor y jugaba nerviosa con los rizos de Esteban.
El techo del camarote crujía y se empezaba a filtrar el agua. Las ventanillas, que daban al costado del yate, estaban empañadas y se salpicaban constantemente con gotas que dibujaban rayas horizontales en el vidrio.
––¿Hay un animal allá afuera mamá?––preguntó Esteban con el rostro desencajado.
––Es el aire, mi amor. Eso es lo que ruge.
––Yo no quiero que el aire me coma, mamá–– suplicó el niño que se apretaba contra el pecho de su madre.
––Nada nos va a pasar, mi vida. Todo está bien–– mintió ella, tratando de convencerse más a sí misma que a Esteban.
Mario se asomó desde la cubierta y gritó:
––¡Alejandra, saca a los niños! Esto se va a voltear.
Nada hubiera podido prevenirlos de esta situación. Quince minutos antes, el clima era apacible. Algunas nubes grises en el cielo, pero no había nada que les indicara que se aproximaba una tormenta tan violenta. De hecho, estaban a punto de iniciar la celebración del sexto cumpleaños de Esteban. El pastel y las velas estaban listas cuando un repentino relámpago los puso en alerta.
El mar negro y embravecido no dejaba de sacudir al yate Minerva. Una pequeña embarcación que la familia Salvatierra había rentado y que, vista desde el muelle, parecía enorme y lujosa. Ahora, en el océano, lucía insignificante frente a las olas gigantescas que se lo querían tragar apenas a una milla de la costa.
Alejandra tomó a los niños y los subió hasta la cubierta del barco. Para ese momento, Esteban lloraba con la carita llena de angustia y Javier trataba de contenerse, pero también estaba desorientado. Los dos querían pegarse a su madre, esconderse del vendaval bajo sus brazos y tratar de olvidar para siempre esa locura.
Apenas se asomaron a la cubierta, la lluvia los obligó a entrecerrar los ojos y a comunicarse a gritos. Una inmensa ola golpeó a Minerva por la proa y el agua inundó todo el piso, lanzando con fuerza a Mario hacia las escalinatas. Alejandra intentó detenerlo pero le resultó imposible interrumpir la violenta caída de su esposo hacia el interior del barco. Detrás de él, un nutrido río terminó de sepultarlo junto con dos camastros que también arrastró. No habían terminado los gritos de los niños y la madre, cuando otra ola, remató a la endeble nave hasta voltearla.
Alejandra y los niños fueron lanzados con furia hacia el mar, desprovistos, ahora, de la ilusión de seguridad que el suelo de Minerva les ofrecía. Los sonidos se apagaron. Todo era agua.
Cuando ella sacó la cabeza, ya estaba gritando y buscando a sus hijos. Un punto verde, a veinte latidos de distancia, le indicó que ahí estaba Javier. Se lanzó tras él y lo jaló de la ropa. Javier reaccionó tosiendo y gritando:
––¡Papá! ¿dónde está mi papá?
Alejandra intentó buscar a Minerva con la mirada, pero solamente alcanzó a ver la quilla apuntando al cielo y todo el armazón del bote sumergido en el mar.
––¡Busca a Esteban, Javier, búscalo!–– le gritó la madre, llena de angustia y de esa desesperación que parece que se mete entre los huesos; que se te cuela por los poros y te hiela por dentro en un instante. Mario, ya se había ido, estaba segura. No iba a permitir que el mar se llevara a Esteban.
––¡No puedo mamita, tengo mucho miedo! ¿Dónde está mi papá?
––¡Escúchame, Javier!–– gritó enérgica.
––Tenemos que encontrar a tu hermano. Papá está bien. ¿Lo entiendes hijo?
Javier tomó una enorme bocanada de aire y se sumergió buscando a Esteban. Alejandra hizo lo mismo y milagrosamente, lo vio a unas cuantas brazadas de distancia.
Lo tomó de la cintura y pataleó con fuerza hacia la superficie. Esteban tosió y vomitó entre lágrimas.
––¡El mar me quiso comer mamá, el mar me estaba tragando!–– sollozó el pequeño.
Javier asomó la cabeza y nadó hacia su madre y su hermano mientras gritaba:
––¡Teve, Teve, estás vivo!
Hasta que Alejandra los vio juntos, se hizo consciente de la inmensa fuerza del océano. La corriente los jalaba mar adentro y ella sabía que tenían que nadar en la dirección opuesta. Abrazó a Esteban con la mano izquierda y con la derecha sujetó a Javier por los pantalones.
––¡Nada, Javi, nada con todas tus fuerzas!–– le suplicó Alejandra a su hijo.
––¡No puedo mami!–– contestó Javier, visiblemente cansado.
Alejandra lo abrazó también e intentó nadar boca arriba, manteniendo a los dos niños con la cabeza fuera del agua e impulsándose únicamente con las piernas.
El cielo no daba tregua. El viento rugía con más violencia y las gotas de lluvia se sentían como agujas que les pinchaban la cara impidiéndoles mantener los ojos abiertos.
Sólo Dios sabe cuánto tiempo nadaron así. Llegó un momento en que la madre ya no podía más. Era colosal el esfuerzo de cargar a los dos niños y de patalear. Empezó a respirar con más fuerza y a llorar.
––No te preocupes mamita, estamos aquí los tres y papá ya no tarda en llegar–– decía Javier, pero su madre parecía estar entrando en un ataque de pánico.
Lo que empezó como una agitación, ya se había transformado en un alarido de locura. Esteban comenzó a llorar también, preocupado por la reacción de su mamá y de pronto Alejandra gritó:
––¡Perdóname hijo, Javi hermoso, perdóname!–– y lo soltó de entre sus brazos. Ya liberada de ese peso, braceó y pataleó con más fuerza mientras rezaba y encomendaba a Dios el alma de Javier.
––¡Javi!–– gritaba Esteban.
––¿Por qué, mamá?–– alcanzó a decir Javier antes de que el mar, la lluvia y su madre lo condenaran.
La mente de Alejandra quedó congelada en dos imágenes: Javier ahogándose y Esteban llegando a la playa. Quizá fue ese estado lo que la ayudó a bracear y la hizo acostumbrarse al sollozo intermitente de su hijo. No sentía cansancio o dolor físico. No sentía el agua, ni las olas que por momentos los cubrían. No sentía casi nada y lo poco que sentía se magnificaba en su interior: La quilla rota de Minerva y la idea de Mario luchando bajo el agua sin ninguna esperanza. Los ojos abiertos de Javier hundiéndose en el mar. Esos sabía que siempre la iban a atormentar.
––Tiene una posibilidad más de salir de ahí, Teve. Una más que tú, mi amor–– se justificó Alejandra frente al niño, sin poder ocultar la devastación de su alma. “Es una oportunidad para él y una para nosotros o ninguna para nadie” Pensó.
Esteban no hablaba. Hacía rato que parecía que no le importaba nada. Solamente se dejaba llevar por su madre.
Ella exhausta, finalmente alcanzó tierra. Apenas la sintió bajo sus pies, jaló al niño hasta dejarlo bien adentro en la playa y se derrumbó a su lado.

El sol acarició la frente de Alejandra Salvatierra y apenas regresó del sopor del sueño, se incorporó de un salto gritando:

––¡Javier!–– y el llanto regresó intacto. Como si hubiera estado esperando, por horas, a que ella estuviera bien consciente para morderla una vez más.
––¡Esteban!–– gritó nuevamente porque el niño ya no estaba a su lado. Empezó a deambular por la playa entre palmas rotas y piedras incrustadas en la arena buscando a Teve. No había nadie cerca. Ninguna construcción, ningún barco. No tenía la menor idea de en donde se encontraba. Siguió un camino al azar, sabiendo que en esas condiciones cualquiera era una buena decisión y se internó entre la maleza.
Apenas había avanzado unos metros, cuando reconoció, sobre la hierba, los rizos de Esteban. Se acercó más y lo descubrió ahí recostado abrazando algo:
––Teve, hijo ¿estás bien?––le preguntó sospechando que quizá dormía.
El niño giró para mirar a su madre con los ojos cansados y somnolientos y al hacerlo dejó ver a su lado a su hermano tirado en el suelo. Profundamente dormido.
––Es cierto mami, Javi tenía una oportunidad más que yo–– y nuevamente le echó los brazos encima a su hermano en uno de esos abrazos que parecen eternos. Que parecen inquebrantables.

Sincopado


––Beatriz ama esos chocolates con una cereza en el centro–– se dijo Ramón a sí mismo con una sonrisa enorme.

El recuerdo de la última vez que él y Beatriz habían estado felices, plenos, compenetrados el uno en el otro, dispuestos a escuchar y a ser escuchados, hoy parecía un sueño. Una imagen tan distorsionada de la realidad que se asemejaba a la copia, de la copia, de la copia de su existencia.

En los últimos tres años habían intentado terapias de pareja, terapias individuales. Discutían al regresar del psicólogo pero siempre terminaban por abrir las viejas heridas que fingían sanar.

En un brevísimo lapsus de claridad, Ramón había caído en cuenta de que el amor y la felicidad que tanto deseaba que le diera su mujer, empezaba por su disposición hacia ella; por la determinación y la constancia que él mismo tuviera para sanar sus propias heridas, para comenzar a reparar sus propios cimientos y no esperar que ella lo hiciera primero.

––La felicidad–– reflexionaba Ramón, –– es una búsqueda individual; no depende de ella, depende de mí.

Se le colmó el alma con un nuevo motivo. Esta visión, estaba seguro, era la renovación de ese amor; tenía que ser un camino de dos vías, pero el trecho más importante era el de ida hacia ella. Ese primer tramo tenía que allanarse y, esa, era una tarea que le correspondía a él.

Por un instante se olvidó de las diferencias y afanoso se concentró en las coincidencias de sus almas; de la vida que habían construido juntos con tanta energía e ilusión y que poco a poco se iba perdiendo en los pequeños detalles. En nimiedades.

Al llegar a casa esa tarde, decidió acompañar la caja de chocolates con una rosa roja, fresca y húmeda. Abrió la puerta y entró a hurtadillas con el corazón galopante, ansioso, listo para empezar de nuevo.

Al pasar por la mesita, al lado de la escalera, notó un llavero diferente. Eran las llaves de un BMW. El alma se le atoró en el pecho, un sudor frío le heló la piel y empezó a imaginar miles de cosas. Se encontraba en medio de dos fuerzas descomunales; una que lo obligaba a subir y buscar a Beatriz; la otra que lo jalaba hacia la salida.

Ramón sentía que los latidos de su corazón le movían la camisa. La boca se le secó hasta agrietarse y la vida se le empezaba a ir con los pensamientos.

Uno por uno subió los escalones avispando el oído y detectando gemidos de placer. Ésos que él no le había arrancado en años a Beatriz.

Sin darse cuenta ahorcaba la caja de chocolates y se enterraba en la mano una espina de la rosa, hasta que un hilo de sangre le recorría por la mano hasta las mancuernillas. No sentía las piernas, avanzaba como flotando con la mente y su atención giraba en todas direcciones. Los gemidos aumentaban en intensidad.

Abrió la puerta de su recámara y la encontró ahí, desnuda, recostada en la cama, con las piernas abiertas mientras un nadie le lamía el sexo con vehemencia. No lo escucharon entrar y él se quedó petrificado en la entrada, con la caja de chocolates aprisionada en la mano hasta que se le blanqueaban los nudillos. Avanzó pausado hasta el closet y sacó el viejo revolver que guardaba ahí. Al cerrar la puerta, los amantes se percataron de su presencia y él solamente levantó el arma y los encañonó.

Desnudos y sin tener nada a la mano para ocultar su osadía, los dos se encimaron al tratar de hablar y de explicar lo inexplicable.

Conforme se iban arrebatando la palabra, el movía el arma apuntando a uno y a otro con la mirada perdida. Con la sangre hirviéndole en las sienes. Su rostro no tenía expresión y sus oídos no registraban nada. Aquellas voces infames se detectaban como esa realidad de la que quería escapar; sonaban lejanas como la copia, de la copia, de la copia…

Una lágrima se le escapó. Mientras amartillaba el arma no quitaba los ojos de Beatriz.

La detonación ensordeció la habitación mientras por el suelo reptaban los sesos y la sangre de Ramón bañando la caja, los chocolates y los pétalos de la rosa roja, fresca y húmeda.

La Sobremesa


Ese vaivén constante de los vagones del tren adormece los sentidos. La vista puesta en el camino a través de la ventanilla contribuye a la hipnosis de la experiencia. El golpeteo incesante de la máquina se vuelve casi inexistente después de un rato, y hoy ya no sé si todo aquello ocurrió de verdad o solamente fue parte de la misma ensoñación del viaje.

––Vas a adorar a mis primos–– me dijo Manuel antes de abordar el tren que nos llevaría desde la Ciudad de México hasta Guadalajara.

Diez horas de viaje con Manuel para visitar a su familia y pasar un verano diferente.

La vida siempre encierra sorpresas, algunas trágicas, otras inesperadas, placenteras y otras más que caen en una categoría indefinida. Como en el limbo, difíciles de clasificar, de asimilar y, a veces, difíciles  hasta de entender.

Después de un par de horas de viaje, Manuel y yo decidimos comer algo en el vagón comedor del tren. Estaba prácticamente vacío, solamente había un compartimiento con dos muchachas que habían terminado de cenar y bebían unas cervezas.

Nosotros saludamos por cortesía y al sentarnos descubrí que una de ellas no nos quitaba los ojos de encima; nos revisaba con curiosidad y su mirada denotaba alguna búsqueda en su memoria, quizá algún rostro. Al observarla haciendo este ejercicio comencé a poner atención a sus rasgos, a su fisonomía y de pronto una cara apareció en mi memoria con un nombre pegado a él: Gabriela Sánchez.

––¿Gaby?–– pregunté.

––¿Gaby Sánchez, verdad?–– rematé prácticamente convencido y ella reaccionó de inmediato levantándose y extendiendo los brazos en señal de bienvenida.

Manuel y yo habíamos estudiado con ella en la escuela secundaria y nos reconocimos rápidamente. Nos presentó a su amiga y ocupamos todos el mismo compartimiento.

Pasamos algunos minutos recordando aquellos tiempos y poniéndonos al día con nuestras vidas, las universidades, los proyectos, nuestros sueños…

Las buenas pláticas siempre toman caminos inesperados y sorpresivos; un pequeño detalle se encadena a otro y así, antes de hacer consciencia de toda la secuencia de eventos, uno se encuentra en medio de una conversación aparentemente ajena al origen del encuentro inicial.

Hablábamos del mundo mágico, de la vida después de la muerte, de los médiums y los muertos. El tono de la conversación era amable, más lleno de curiosidad y de ganas de compartir experiencias que de asustar o de reír.

Gaby se mantuvo callada la mayor parte del tiempo; asentía con la cabeza o abría los ojos simulando sorpresa.

––Gaby tu no crees en nada de esto, lo puedo ver en tus ojos–– le confesó Manuel, con un aire de investigador.

––No es cuestión de creer o no. Hay cosas que son como son. Quizá uno se acostumbra a eso y se pierde un poco la novedad–– aseveró Gaby muy serena.

Desde ese momento ella decidió compartir algunas de sus experiencias y nos advirtió que sabía de antemano que probablemente no creeríamos nada.

––¿Has tenido algún amigo imaginario Manuel?–– preguntó Gaby.

––Jamás–– contestó él, totalmente convencido.

––Yo siempre he tenido a una amiga cerca de mí–– replicó Gaby, manteniendo ese tono ecuánime y relajado.

–– No los quiero convencer de nada. Solamente quiero compartir con ustedes esto–– agregó.

Nos contó acerca de una amiga que apareció en su vida cuando Gaby tenía apenas cinco o seis años de edad.

–– Se llama Tete. Así le he dicho siempre.

––¿Siempre?––replicó Manolo.

––¿Es decir que la sigues viendo?–– apuntó.

––Sí–– dijo Gaby. En tono seco. Sin titubear.

Nos relató que al principio no sabía el origen de Tete y ella creía que era una niña normal.

––Un buen día, me descubrí hablando con Tete yo tenía quince años pero ella seguía usando coletas y nunca se cambiaba ese vestido azul celeste. Seguía siendo esa niña de cinco años. La misma de siempre. Comenzó a aparecerse en mis sueños. Me hablaba y me invitaba a volar con ella. Quería viajar. Tardé mucho en aceptar sus invitaciones hasta que una noche dije que sí. Me tomó de la mano y salí de mi cuerpo, volé con ella, conocí el cielo más allá de las estrellas. Pasé, en segundos, de la noche al día y, esa primera vez, paseamos por unas calles adoquinadas, con faroles de hierro que remataban las esquinas de aquel exquisito lugar. La luz en el ambiente era tenue. Parecía un amanecer claro. Al final de la calle dónde nos encontrábamos, había una escalinata de piedra que ascendía y, desde el pie de esa escalera, alcanzábamos a ver los mástiles de algunas embarcaciones. Estábamos en un muelle. Subimos esas escalinatas como flotando y movidas solamente por la intención de hacerlo. Al llegar a la parte más alta, comprobé que era un hermoso muelle. Me llamó la atención un pequeño bote color rojo con velas blancas. En la proa de la nave estaba impreso, con letra dorada, el nombre del barco: “Gabrielle”. Me arrancó una sonrisa al verlo y Tete no dijo nada. Me sujetó de la mano y en un instante estaba de vuelta en mi cama.

––Lo soñaste Gaby–– comentó Manuel con cierta incomodidad.

Gabriela solamente sonrió y repitió su advertencia:

––Sí, quizá eso fue Manolo. Pero como te dije hace rato, no trato de convencer a nadie. Sé diferenciar los sueños de la realidad–– agregó sin perder la compostura y con una leve sonrisa dibujada en la cara.

Manuel percibió aquella señal y le lanzó un reto en tono más jocoso. Quizá para intentar aliviar la tensión que se había creado para todos los demás.

––¿Por qué no invitas a Tete, Gaby? Esta noche, aquí, en este mismo tren.

––Honestamente no creo que puedas manejarlo Manolito–– y aquel diminutivo que Gaby usó, me hizo dudar por un momento acerca de la veracidad de toda la historia.

––La mejor forma de saber si Manuel puede o no manejarlo, es haciéndolo, ¿no?–– le dije a Gaby. Apoyando el reto de mi amigo.

––De acuerdo–– contestó Gaby.

––Intentémoslo.

Gabriela levantó la cabeza y en voz alta dijo:

––Tete, ven por favor, unos amigos quieren conocerte.

Sentí una mezcla de ansiedad, de miedo y de emoción. Todo junto, revuelto, amontonándose en mi interior.

Se hizo una pausa larga. Tal vez sólo duró unos segundos pero me parecieron una eternidad y de pronto la puerta del vagón comedor se abrió. El sonido de la máquina andando y el aire frío de la noche inundaron el recinto por unos instantes y después la puerta se cerró. Nadie estaba ahí, pero Gaby siguió con la mirada a algo o a alguien hasta que aquello se detuvo a un lado de nuestro compartimiento.

––Aquí está. Ella es Tete–– afirmó, Gaby, con notable alegría.

––No veo a nadie Gaby, pero me encantaría saber cómo hiciste el truco de la puerta–– agregó Manuel visiblemente consternado.

Gaby volteó al pasillo y como si hablara con alguien invitó a Tete a demostrar que ahí estaba. Sin demora una de las latas de cerveza se levantó sola. Flotó unos veinte centímetros por encima de la mesa y después bajó lentamente hasta posarse por completo en ella.

Manuel se levantó violentamente de la mesa y se alejó caminando de espaldas muy descompuesto. Estaba pálido y no decía nada.

––Hey ¿Manuel?––le gritó Gaby.

––¿Sabes que seis meses después de mi primer viaje con Tete, fui a Francia y conocí aquel muelle del que te hablé? Subí las escaleras y del otro lado estaba el barco rojo con velas blancas y tenía el nombre en la proa escrito en dorado.

Manuel corrió hasta la entrada del vagón comedor y salió disparado hacia nuestros asientos.

Yo estaba paralizado en la mesa con Gaby, su amiga y Tete.

En voz más baja y con una sonrisa inmensa en la cara Gaby terminó su comentario:

––“Gabrielle”, así se llamaba aquel barco en Francia. Por favor díselo a Manolito ahora que lo veas.

Inés


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–Sí, me llamo Inés.

–Moncada Ramírez.

–Diez y seis, en mayo cumplo diecisiete.

–No, el Gordo no es pariente mío, pero es como mi papá.

– Pues me ha enseñado muchas cosas.

– Como a entender la vida…

– El Gordo dice que esas son pendejadas señor. Que la vida no es así.

– El Gordo dice que la escuela es perder el tiempo.

– Porque ahí no hay varo señor y si es cierto, a nadie le pagan por estudiar.

–¿Mi verdadero papá? Ese culero se la vive pedo y nos madreaba. Una noche mi hermano Mario le partió su madre y luego se largó.

–¿Cómo que malas palabras? No sabía que hubiera unas buenas y otras malas. Además son las únicas que me sé.

–No, señor, le digo que el Mario se largó. No lo he vuelto ha ver. Pero seguro está mejor.

–Mi mamá le aguanta todas sus chingaderas a ése. Por eso me fui yo también.

–No, al Gordo lo conocí luego. Me llevó con él la Rama.

–No sé señor, así le dicen todos creo que se llama Paty o Nati o algo así.

–El Gordo me da de comer y me dio trabajo.

–Yo hambre no paso, haiga que hacer lo que haiga que hacer.

–Pus al principio no me gustaba, me daba miedo, pero estaba bien pendeja y no sabía nada pero El Gordo me explicó y las otras Doñas también.

–Nel, hay otras putas más chavetas. Hay una de trece y le va re bien a la cabrona.

–Tres veces nomás, El Gordo me dio un pinche té y con eso lo eché pa fuera.

–No, no era mi hijo, El Gordo dice que, esos, son los errores de Dios y que hay que devolverle a Él también sus chingaderas.

–No señor, no sabía eso.

–No sé qué es eso de vas fémina, señor, pero yo no hago eso.

–Desde temprano. Como a las diez de la noche empiezo a chingarle.

–Depende, a veces acabo a las cinco de la mañana, otras veces hasta las siete, pero eso es los viernes o los sábados.

–Nel, el domingo no trabajo pero si hay Clientes, ni pedo, El Gordo me manda.

–Cincuenta pesos por una mamada y por doscientos varos, hasta les digo que los quiero.

–¿Que si me canso de qué? Señor.

–No, El Gordo me da bicarbonato y me repone en chinga.

–Por la nariz. Es olido.

–Chale, no sé por qué se ríe, señor.

–Sí, es bicarbonato.

–No lo sé, a mí el Gordo me manda a llevar el bicarbonato a otras personas.

–No los conozco. No sé cómo se llaman. A mí na’mas me pagan el bicarbonato y yo le doy la feria al Gordo.

–Oiga señor, yo nomás soy puta, yo no vendo esas mierdas.

–Es por encargo del Gordo.  Yo no sé de dónde lo saca.

–No estoy diciendo mentiras señor, a mí me dijo que era bicarbonato y yo le creo.

–¿Por qué me voy a ir al infierno!

–¡Que yo no sé qué son las blasfemias o eso!

–¿Y yo cómo voy a saber que eso es malo?

–Si eso es malo, entonces usté también se va a ir al infierno, señor.

–¿A poco cree que no nos damos cuenta que usté se coge a los niños de la iglesia?

–Si yo me voy a condenar, usté también, señor cura. Usté también.

Rompiendo la Rutina


El timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos y de la televisión que llevaba mirando casi 2 horas. Estaba con la pijama puesta y el cabello desordenado a pesar de que el reloj marcaba las 12:00 del día de un miércoles más. Se acercó a la minúscula mesita de madera a un lado de la puerta de la sala y con molestia meditó unos instantes si lo dejaba sonar 3 veces más para que se accionara la contestadora o evitaba aquel molesto chillar del aparato y levantaba el auricular. Se decidió por la segunda opción y descubrió con asombro que esa era la llamada que había estado esperando desde hacía varias semanas y que prácticamente había olvidado. Era la secretaria del Lic. Manríquez que finalmente se había dignado a contestar todos sus mensajes. Con su característica voz chillona, la mujer le informó en tono mecánico que el Licenciado Adalberto Manríquez, Director General de Manríquez y Asociados, tendría 30 minutos disponibles ese mismo día a la 1:00 de la tarde para concederle, finalmente, la dichosa entrevista de trabajo que ya en 3 ocasiones diferentes le había cancelado. Después de tantas angustias y de haber pasado de la esperanza a la frustración tantas veces, Manríquez le iba a conceder 30 benditos minutos que era todo lo que él necesitaba para sorprenderlo y contagiarlo de su entusiasmo y de su inagotable creatividad. Su carpeta de impresos y el videocasete con sus comerciales de televisión estaban listos y esperando justamente este momento para dejar fluir su magia. De pronto, se sorprendió parado en medio de la sala de su casa con esa pijama vieja y con el cabello parado caprichosamente en todas direcciones, la barba crecida de 3 días y una aliento que le recordaba en cada bocanada de aire, todo lo que había comido, cenado y desayunado en las anteriores 18 horas. Tenía exactamente 30 minutos para bañarse y rasurarse y 30 minutos más para cruzar la ciudad hasta las oficinas de Manríquez y Asociados. No podía desperdiciar ni un solo minuto.

Salió corriendo hacia el baño y en el camino comenzó a desvestirse; una pantufla quedó a la mitad del pasillo, la camisa de la pijama aterrizó sobre la cama que todavía estaba sin hacer y semidesnudo en la recámara, comenzó a buscar afanosamente la camisa azul dentro del closet; una vez que la encontró, la acomodó delicadamente sobre la cama haciendo un notable cambio de ritmo en sus movimientos y retomándolo nuevamente para preparar el baño.
Ya con la ropa seleccionada y el agua de la regadera bien caliente, entró al baño y comenzó la rutina de toda la vida.
Primero se mojaba perfectamente la cabeza y el cuerpo, después tomaba el Shampoo con olor a frutas silvestres y dejaba caer en la palma de la mano una porción generosa para después comenzar a frotarse enérgicamente desde la frente hasta la nuca en movimientos ascendentes y descendentes hasta que empezaba a formarse espuma y el delicado olor de de las frutas silvestres lo inundaba todo. En este punto, y debido a lo mecánico de la rutina, se abstraía de la realidad e invariablemente se refugiaba en su propia mente repasando, en esta ocasión, las palabras y los tonos correctos que debía emplear durante la entrevista de trabajo. Repetía en voz alta y utilizando distintas modulaciones en la voz, sus más famosos Slogans publicitarios, practicaba poses y trataba de refrescar en la memoria todos aquellos detalles importantes de las campañas que había realizado en los últimos seis años. Mientras ensayaba su entrevista bajo el agua de la regadera, mecánicamente estiraba el brazo y a ciegas depositaba el Shampoo en el pretil de la ventana, estiraba el otro brazo y tomaba el cepillo para limpiarse la espalda; regresaba a los Slogans y se corregía a sí mismo dándose palabras de aliento: -¡Con más energía!, se repetía. – ¡Ya es tuyo, dale lo que quiere!
Tanto se involucró en los detalles de la cita que accidentalmente rompió la rutina del baño diario y en lugar de enjuagarse el cuerpo y salir de la regadera, inconscientemente volvió a destapar el Shampoo y por segunda vez empezó a lavarse la cabeza. Apenas puso las manos en su cabeza, descubrió el error y trató de acelerar el paso de la inútil tarea para recuperar los valiosos minutos perdidos. Como si existiera alguna mágica relación entre la fuerza de los brazos y la velocidad con que se tallaba la cabeza, empezó a incrementar la velocidad del lavado y al mismo tiempo comenzó a imprimir en toda la acción una fuerza considerable; el movimiento ascendente y descendente de las manos se aceleró inusitadamente y en el tercer viaje ascendente uno de sus dedos, el meñique, desfloro cual poderoso macho su fosa nasal izquierda. El dedo había entrado tan profundamente en la nariz, que con la yema de ese dedo sintió la base de su tabique. Inmediatamente cambió los slogans publicitarios por un alarido agudo y empezó a patalear insistentemente en la regadera. Con la misma fuerza con la que el dedo había entrado a la nariz, él lo sacó e inconscientemente abrió los ojos para mirarse la mano. En ese preciso instante, el delicado olor a frutas silvestres de su Shampoo entró a uno de sus ojos y se transformó en una poción increíblemente ácida que lo llevó hasta las lágrimas. La perforación en la nariz había sido tan profunda, que le dolía hasta el agua que le salpicaba la cara. Por los brazos y las manos le escurría sangre, mocos, olor a frutas silvestres y mucha, mucha vergüenza; tenía jabón en todos lados y el ardor en uno de sus ojos se incrementaba. Pataleó arrojó injurias y finalmente se quitó el exceso de jabón y espero ansiosamente a que la sangre de la nariz parara. Una vez fuera de la regadera, se acercó al espejo de arriba del lavabo y se contempló con la cara deforme; la nariz había perdido toda simetría y se había hinchado tanto que le había cerrado parcialmente el ojo izquierdo. Mirándose a sí mismo repitió el último slogan que estaba practicando bajo el agua:
– Barra de mantequilla La Tapatía, la que siempre alegra tu día. Y descubrió con horror que la inflamación ocasionada por su avasallador entusiasmo había hecho que su voz sonara ridículamente nasal, como ahogada, como si trajera un pitillo incrustado justo en el tabique de la nariz y cada vez que hablaba o respiraba, hacía un sonido agudo como de mocos atorados. Salió del baño y se dirigió apresuradamente a la recámara para empezar a cambiarse cuando notó que la máquina contestadora parpadeaba indicando 1 mensaje grabado. Se acercó al aparato y como anticipándose al desenlace apretó el botón de “Play”; era la secretaria de Manríquez que con su, ahora tan familiar y cercano, timbre de voz chillón, decía: – El licenciado Manríquez
se disculpa pero desafortunadamente no le será posible recibirlo a la 1:00 de la
tarde debido a que tiene que salir de viaje hoy mismo. Nosotros nos ponemos en contacto con usted próximamente. Gracias.

En el Librero



La inocencia de los primeros años disfrazó completamente la realidad e impidió, con gran
compasión, que aquellos detalles se mostraran frente a él claros y contundentes. De vez en cuando pequeños visos del futuro se mostraban aislados, inconexos, sutiles y eso hacía que jamás reparara en ellos con certeza. Alberto era un niño con una sorprendente capacidad para absorber la realidad a su alrededor. Nada escapaba a sus sentidos o a su prodigiosa memoria. Con soltura memorizaba rostros, fechas y eventos que en su mente recreaba vívidos, nítidos y los volvía a vivir con una portentosa lucidez. Una maldición enmascarada de bendición.

De corazón limpio y sentimientos auténticos pronto en la vida descubrió su gran pasión: Las mujeres. Rostros de niñas que quedaban tatuadas en su alma, imágenes indelebles de seres preciosos e incomprensibles que le robaban el aliento con solo verlas. Al encontrarse frente a ellas, Alberto hablaba, llenando el ambiente de imágenes claras que siempre iban acompañadas de sus percepciones y sensaciones. Al hablar vaciaba el alma y la entregaba gustoso a esas frágiles criaturas que lo hipnotizaban. Tardó algún tiempo en descubrir que, a pesar de que finalmente lograba retener su atención, siempre había en ellas un rechazo inicial, una mueca de hartazgo o de indiferencia, una actitud que se asemejaba mucho al deseo instantáneo de alejarse. Era en esos momentos cuando algún color, aroma, o alguna imagen maravillosa se dibujaba en su discurso y ellas se detenían un momento para escuchar algo más y eso bastaba para que se quedaran a su lado por un largo tiempo.

Alberto disfrutaba de su compañía, de sus caras, de sus expresiones de asombro y de su risa. Desde lo más profundo se su ser amaba la risa de las mujeres. Aquellos sonidos mágicos se convertían en su motor, en la inspiración para seguir adelante. Esas interminables conversaciones dejaron de ser lúdicas y pronto se sintió atraído por ellas, descubrió el amor casi como una consecuencia de esa convivencia cotidiana con ellas. Aprendió a entenderlas, a pararse desde su perspectiva, a entenderlas antes de juzgarlas, aprendió a apoyarlas y lo más importante de todo, descubrió el gran secreto de hablar menos y escuchar más. Encontró en esas pausas la llave que le permitía potencializar lo que les decía. Empezaba a entenderlas como otros hombres no podían.

Cuando llegó la juventud, Alberto tenía claro que lo más hermoso de una mujer eran sus ojos, su mirada y la claridad con la que se comunicaban a partir de esos pequeños atisbos, de esos rápidos vistazos y del poder de sus contemplaciones.

Aparentemente las conocía mejor que cualquier otro hombre, y se había enamorado de más de una pero nunca había sido correspondido. Sin contemplaciones decidió que lo que debía hacer era hablar más claramente de sus sentimientos, de sus pretensiones desde el comienzo y fue entonces cuando reparó en aquel pequeño inconveniente del rechazo inicial de ellas, en el desinterés, en esa sensación que le mostraban todas de querer alejarse de inmediato con sus muecas de hartazgo.

El primer día que decidió poner en marcha su nuevo plan, lo hizo en una fiesta de la preparatoria. Llegó ya iniciada la reunión y al entrar, sus sentidos se agudizaron y como una fotografía, capturó de un solo golpe la escena completa. Nadie se había percatado de su llegada, nadie había reparado en su presencia. Cruzó aquel patio lleno de gente y alcanzó a notar las miradas indiferentes de todos a su alrededor. Finalmente encontró en la mesa del fondo a una mujer de cabello castaño y ojos verdes que atrapó su atención instantáneamente. Se acercó decidido y trató de hacer conversación.

Regina, la mujer de los ojos verdes, tardó varios segundos en descubrir que aquel susurro que se escuchaba a lo lejos estaba dirigido a ella y provenía del muchacho parado al lado se su mesa. No se mostró demasiado sorprendida al verlo y la mueca de hartazgo apareció de inmediato, desvió la mirada como buscando a alguien más entre la multitud y fue entonces cuando un hermoso color casi perdido en alguna oración que había pronunciado Alberto la atrapó.

Pasaron la fiesta entera hablando, una sensación se apoderó del ambiente, era como si Regina y Alberto se conocieran de toda la vida, las vivencias encajaban, las expectativas eran muy similares y Regina no tardó mucho en convencerse que aquel hombre era muy especial. Siguiendo sus propias decisiones, Alberto, fue conduciendo la plática hasta llegar a sus sentimientos y sensaciones hacia ella. Estaba genuinamente interesado, quería que aquello continuara de manera diferente. Regina esbozó una sonrisa le tomó la mano y suavemente le dijo:

–Eres el hombre más interesante que he conocido jamás. Es como si fueras mi mejor amigo desde hace años.

Acto seguido, Regina dedicó la siguiente hora a explicar con lujo de detalle todas las desgracias y penas que ella estaba viviendo al estar perdidamente enamorada de otro hombre.

–Alberto, tienes la combinación perfecta, eres un hombre que realmente escucha y entiende a las mujeres, ¿Quién mejor que tú para ayudarme?

El piso desapareció bajo los pies del joven y cayó sin sostén desde lo más alto de su ilusión hasta golpear con el duro suelo de la realidad. Aturdido, sorprendido y lastimado, perdió totalmente la capacidad para escuchar y entender una sola palabra más. Regina hablaba allá a lo lejos, en la cima de sus sueños y él estaba demasiado abajo como para entender algo más.

Las palabras: “Interesante” y “ayuda” comenzaron a definirlo a partir de ese momento. Aquella experiencia se convirtió en el molde con el que se confeccionaron todos los demás intentos que hizo por atraer a cualquier mujer.

Con el paso de los años, casi podía repetir en silencio el momento exacto en el que cualquier mujer lo iba a definir como “Interesante” o iba a solicitar su “ayuda”, para resolver todos los conflictos que tenían con la más amplia variedad de patanes o sinvergüenzas de los que se enamoraban perdidamente. La gran mayoría de ellos con rostros y cuerpos hermosos, que invariablemente pesaban más que su gris, casi invisible, presencia.

Al entender su realidad, Alberto comenzó a reconocerse como un viejo libro, de pastas roídas y páginas enmohecidas. Desagradable a la vista, en el mejor de los casos, pero casi siempre imperceptible. Cuando alguien llegaba a darse la oportunidad de abrir sus páginas, con frecuencia descubrían un contenido increíblemente “interesante” y la maravillosa oportunidad de encontrar en él gran “ayuda”, pero jamás la suficiente atracción como para hacerse de él. Prácticamente todas sus lectoras le buscaban para poder resolver sus problemas de amores con alguna impactante y arrolladora revista de moda, con páginas a color e increíbles y bellas imágenes en sus portadas. Con poco contenido pero sublimes formas.

Inteligentemente Alberto decidió, al final, permanecer en el librero y seguir soñando con la lectora ideal hasta que se deshojara su última página, una que con certeza alguien encontraría interesante y de gran ayuda para resolver algún problema y después la desecharía para siempre como había ocurrido con todas las demás. Finalmente entendió que los libros interesantes pertenecen a los libreros y nunca los leen las mujeres de ojos hermosos y profundos, ellas siempre prefieren las revistas a todo color, sublimes, con poco contenido pero de formas hermosas.