Sincronía



La primera vez que vi a María, nos encontrábamos en el patio de entrada de la secundaria. Desde esa primera mirada sabía que era especial, única, diferente. Su piel era clara, pero intuía que esa blancura se debía más a la falta de actividades al aire libre que a cuestiones genéticas.  A diferencia de las demás niñas del colegio, ella siempre usaba pantalones, quizá eso evitaba que los aparatos ortopédicos que tenía atornillados a sus piernas la rozaran y le abrieran la piel. Jamás supe si esos dispositivos que le asistían para caminar, eran consecuencia de la poliomielitis , o si se debían a una mal formación desde su nacimiento. Lo cierto era que esas piernas débiles, aquellas manos torcidas y su deficiencia para hablar nunca le aprisionaron el alma, su espíritu estaba intacto. Su mente volaba y su cerebro funcionaba, pero sufría para hacer que su cuerpo los alcanzara. Vivía a destiempo.

Todos esos rasgos físicos en María connotaban fortaleza. Eran signos de grandeza y no de discapacidad. No todos en la escuela compartían esa visión. La broma sarcástica, la mofa, la imitación grotesca mientras ella no veía, se hicieron práctica rutinaria. Sabía que ella entendía esas burlas. Sentía cómo deseaba contestar, defenderse, pero su cuerpo no podía ponerse a tiempo con su cerebro y siempre se quedaba atorada a la mitad. Con la bofetada a medio camino entre la mente y el brazo.

Una mañana, uno de los profesores se reportó enfermo y rápidamente aquella ausencia se convirtió en una fabulosa oportunidad para que el salón entero se diera vuelo con el desorden y la risa. Las burlas contra María se agudizaron y una reacción en cadena hizo que sus defensores y opositores se dejaron llevar al unísono. Ya no había bandos, el grupo completo parecía decidido a hincar el diente contra la niña de las piernas metálicas. En cierto punto de la fiesta improvisada, uno de sus más acérrimos detractores estaba parado frente a ella imitándola burdamente mientras todos reían a carcajadas y a María se le llenaban los ojos de impotencia y de humillación. Cuándo menos lo esperábamos, la niña torpemente se levantó de su asiento y con lágrimas rodándole por las mejillas volteó a ver a todo el salón. El tiempo parecía haberse detenido, aquellos segundos se volvieron una eternidad. Ahí estaba María con la boca torcida y las manos constreñidas y pegadas a su frágil pecho cuándo el milagro ocurrió. Por primera vez en su vida, mente, espíritu y cuerpo entraron en una mágica sincronía; en un solo y contundente movimiento la niña estiró un brazo, cerró el puño y asestó, el más imponente derechazo que alcanzaba a recordar, justo en la mandíbula de aquel improvisado imitador. El niño se desplomó ipso facto ante la mirada atónita de treinta mocosos que no podíamos ni siquiera pestañear.

– Esta fue la última vez que se burlan de mí.

Dijo María en un solo tiempo, sin titubear, sin tartamudear.

Las risas en ese lugar se encogieron hasta desaparecer mientras mi admiración y respeto hacia ella crecían a pasos agigantados.

Septiembre



¿Recuerdas las estrellas aquella tarde de septiembre, Fernanda?

¿Puedes traer a la memoria el olor del aire en esa noche?

Estábamos ahí, descubriéndonos a nosotros mismos en los ojos del otro.

Estábamos abriéndonos a la vida por primera vez.

Tú estabas mirando más allá de mis ojos,

Con una mezcla de sorpresa y de ternura.

Yo te veía con la misma sorpresa y lleno de ansiedad.

Todavía hoy, puedo cerrar los ojos y volver a mirar así.

¿Recuerdas esos pasos que se acercaban a la distancia Fernanda?

Era la vida que nos quería alcanzar.

Y a pesar de que en ese momento pensábamos que ese sentimiento iba a durar para siempre, la vida finalmente nos alcanzó y nos guió por caminos distintos.

Había algo en las estrellas de aquella noche; algo distinto en el aire que nos envolvía.

Rozarnos la cara con los labios mientras cerrábamos los ojos para vernos mejor, para contemplarnos desde adentro.

Durante unos instantes, la vida espero a nuestro lado y nos dejó sentir por primera vez; nos permitió soñar y nos tatuó el alma para siempre.

Muchos septiembres han pasado desde aquella noche, y hoy levanto la cara y vuelvo a encontrarme con unas estrellas peculiares. Con esas que vimos cuando el aire de la noche tenía un olor especial.

¿Alcanzas a escuchar esos pasos a la distancia, Fernanda?

Debe ser la vida otra vez, que ahora nos va a llevar a un lugar distinto, nuevo, pero finalmente juntos.