La Sobremesa


Ese vaivén constante de los vagones del tren adormece los sentidos. La vista puesta en el camino a través de la ventanilla contribuye a la hipnosis de la experiencia. El golpeteo incesante de la máquina se vuelve casi inexistente después de un rato, y hoy ya no sé si todo aquello ocurrió de verdad o solamente fue parte de la misma ensoñación del viaje.

––Vas a adorar a mis primos–– me dijo Manuel antes de abordar el tren que nos llevaría desde la Ciudad de México hasta Guadalajara.

Diez horas de viaje con Manuel para visitar a su familia y pasar un verano diferente.

La vida siempre encierra sorpresas, algunas trágicas, otras inesperadas, placenteras y otras más que caen en una categoría indefinida. Como en el limbo, difíciles de clasificar, de asimilar y, a veces, difíciles  hasta de entender.

Después de un par de horas de viaje, Manuel y yo decidimos comer algo en el vagón comedor del tren. Estaba prácticamente vacío, solamente había un compartimiento con dos muchachas que habían terminado de cenar y bebían unas cervezas.

Nosotros saludamos por cortesía y al sentarnos descubrí que una de ellas no nos quitaba los ojos de encima; nos revisaba con curiosidad y su mirada denotaba alguna búsqueda en su memoria, quizá algún rostro. Al observarla haciendo este ejercicio comencé a poner atención a sus rasgos, a su fisonomía y de pronto una cara apareció en mi memoria con un nombre pegado a él: Gabriela Sánchez.

––¿Gaby?–– pregunté.

––¿Gaby Sánchez, verdad?–– rematé prácticamente convencido y ella reaccionó de inmediato levantándose y extendiendo los brazos en señal de bienvenida.

Manuel y yo habíamos estudiado con ella en la escuela secundaria y nos reconocimos rápidamente. Nos presentó a su amiga y ocupamos todos el mismo compartimiento.

Pasamos algunos minutos recordando aquellos tiempos y poniéndonos al día con nuestras vidas, las universidades, los proyectos, nuestros sueños…

Las buenas pláticas siempre toman caminos inesperados y sorpresivos; un pequeño detalle se encadena a otro y así, antes de hacer consciencia de toda la secuencia de eventos, uno se encuentra en medio de una conversación aparentemente ajena al origen del encuentro inicial.

Hablábamos del mundo mágico, de la vida después de la muerte, de los médiums y los muertos. El tono de la conversación era amable, más lleno de curiosidad y de ganas de compartir experiencias que de asustar o de reír.

Gaby se mantuvo callada la mayor parte del tiempo; asentía con la cabeza o abría los ojos simulando sorpresa.

––Gaby tu no crees en nada de esto, lo puedo ver en tus ojos–– le confesó Manuel, con un aire de investigador.

––No es cuestión de creer o no. Hay cosas que son como son. Quizá uno se acostumbra a eso y se pierde un poco la novedad–– aseveró Gaby muy serena.

Desde ese momento ella decidió compartir algunas de sus experiencias y nos advirtió que sabía de antemano que probablemente no creeríamos nada.

––¿Has tenido algún amigo imaginario Manuel?–– preguntó Gaby.

––Jamás–– contestó él, totalmente convencido.

––Yo siempre he tenido a una amiga cerca de mí–– replicó Gaby, manteniendo ese tono ecuánime y relajado.

–– No los quiero convencer de nada. Solamente quiero compartir con ustedes esto–– agregó.

Nos contó acerca de una amiga que apareció en su vida cuando Gaby tenía apenas cinco o seis años de edad.

–– Se llama Tete. Así le he dicho siempre.

––¿Siempre?––replicó Manolo.

––¿Es decir que la sigues viendo?–– apuntó.

––Sí–– dijo Gaby. En tono seco. Sin titubear.

Nos relató que al principio no sabía el origen de Tete y ella creía que era una niña normal.

––Un buen día, me descubrí hablando con Tete yo tenía quince años pero ella seguía usando coletas y nunca se cambiaba ese vestido azul celeste. Seguía siendo esa niña de cinco años. La misma de siempre. Comenzó a aparecerse en mis sueños. Me hablaba y me invitaba a volar con ella. Quería viajar. Tardé mucho en aceptar sus invitaciones hasta que una noche dije que sí. Me tomó de la mano y salí de mi cuerpo, volé con ella, conocí el cielo más allá de las estrellas. Pasé, en segundos, de la noche al día y, esa primera vez, paseamos por unas calles adoquinadas, con faroles de hierro que remataban las esquinas de aquel exquisito lugar. La luz en el ambiente era tenue. Parecía un amanecer claro. Al final de la calle dónde nos encontrábamos, había una escalinata de piedra que ascendía y, desde el pie de esa escalera, alcanzábamos a ver los mástiles de algunas embarcaciones. Estábamos en un muelle. Subimos esas escalinatas como flotando y movidas solamente por la intención de hacerlo. Al llegar a la parte más alta, comprobé que era un hermoso muelle. Me llamó la atención un pequeño bote color rojo con velas blancas. En la proa de la nave estaba impreso, con letra dorada, el nombre del barco: “Gabrielle”. Me arrancó una sonrisa al verlo y Tete no dijo nada. Me sujetó de la mano y en un instante estaba de vuelta en mi cama.

––Lo soñaste Gaby–– comentó Manuel con cierta incomodidad.

Gabriela solamente sonrió y repitió su advertencia:

––Sí, quizá eso fue Manolo. Pero como te dije hace rato, no trato de convencer a nadie. Sé diferenciar los sueños de la realidad–– agregó sin perder la compostura y con una leve sonrisa dibujada en la cara.

Manuel percibió aquella señal y le lanzó un reto en tono más jocoso. Quizá para intentar aliviar la tensión que se había creado para todos los demás.

––¿Por qué no invitas a Tete, Gaby? Esta noche, aquí, en este mismo tren.

––Honestamente no creo que puedas manejarlo Manolito–– y aquel diminutivo que Gaby usó, me hizo dudar por un momento acerca de la veracidad de toda la historia.

––La mejor forma de saber si Manuel puede o no manejarlo, es haciéndolo, ¿no?–– le dije a Gaby. Apoyando el reto de mi amigo.

––De acuerdo–– contestó Gaby.

––Intentémoslo.

Gabriela levantó la cabeza y en voz alta dijo:

––Tete, ven por favor, unos amigos quieren conocerte.

Sentí una mezcla de ansiedad, de miedo y de emoción. Todo junto, revuelto, amontonándose en mi interior.

Se hizo una pausa larga. Tal vez sólo duró unos segundos pero me parecieron una eternidad y de pronto la puerta del vagón comedor se abrió. El sonido de la máquina andando y el aire frío de la noche inundaron el recinto por unos instantes y después la puerta se cerró. Nadie estaba ahí, pero Gaby siguió con la mirada a algo o a alguien hasta que aquello se detuvo a un lado de nuestro compartimiento.

––Aquí está. Ella es Tete–– afirmó, Gaby, con notable alegría.

––No veo a nadie Gaby, pero me encantaría saber cómo hiciste el truco de la puerta–– agregó Manuel visiblemente consternado.

Gaby volteó al pasillo y como si hablara con alguien invitó a Tete a demostrar que ahí estaba. Sin demora una de las latas de cerveza se levantó sola. Flotó unos veinte centímetros por encima de la mesa y después bajó lentamente hasta posarse por completo en ella.

Manuel se levantó violentamente de la mesa y se alejó caminando de espaldas muy descompuesto. Estaba pálido y no decía nada.

––Hey ¿Manuel?––le gritó Gaby.

––¿Sabes que seis meses después de mi primer viaje con Tete, fui a Francia y conocí aquel muelle del que te hablé? Subí las escaleras y del otro lado estaba el barco rojo con velas blancas y tenía el nombre en la proa escrito en dorado.

Manuel corrió hasta la entrada del vagón comedor y salió disparado hacia nuestros asientos.

Yo estaba paralizado en la mesa con Gaby, su amiga y Tete.

En voz más baja y con una sonrisa inmensa en la cara Gaby terminó su comentario:

––“Gabrielle”, así se llamaba aquel barco en Francia. Por favor díselo a Manolito ahora que lo veas.

Absens Verbum


Apenas di vuelta en la esquina de la calle cuando lo vi. Se acercó directamente hacia mí, jamás lo dudó. Avanzó a paso firme y se me plantó de frente bloqueándome el camino.

Era un hombre de piel tostada, bajo de estatura y vestido pulcramente con unos pantalones de manta, una camisa a cuadros de color verde y un sombrero de paja. Unos huaraches de cuero le cubrían parcialmente los pies; callosos y agrietados que contrastaban con su ropa sencilla pero impecable. Usaba un bigote ralo que no le alcanzaba a cubrir el labio y su actitud era desesperada. Evidentemente no era un hombre de ciudad. Con ademanes me señalaba hacia atrás de él, abría los ojos pero no emitía un solo ruido. Reaccioné señalándome el pecho con el índice para asegurarme que se refería a mí, aunque era más que evidente por su postura; asintió con la cabeza, dio media vuelta y empezó a caminar a paso presuroso justo por donde apareció.

Lo seguí. No sé porqué, pero así lo hice.

No era un hombre joven, aunque tampoco era anciano y su constitución física más bien era delgada. A intervalos de tiempo frecuentes el hombre del sombrero volteaba a verme como asegurándose de que lo seguía y a los pocos metros le pregunté quién era, me respondió con una mirada vacía que acompañó con una mueca y aceleró el paso.

–Debe estar perdido en la ciudad. Pensé.

Pero después cambié de opinión al ver con que facilidad se desenvolvía en la calles. Avanzaba rápidamente y su manera de conducirse me daba a entender que sabía exactamente a dónde quería llegar.

Llegamos a una esquina más y ahí se detuvo completamente, yo lo observaba desde atrás y me acerqué hasta él sin quitarle los ojos de encima; me llamó la atención que su respiración no había cambiado, mientras yo jalaba aire. Distraído en esos pensamientos tardé un instante en percatarme que el hombre extendía su brazo derecho señalándome algo. Cuando seguí con los ojos el punto que mostraba, encontré a media calle un camión de pasajeros volteado y mucha gente alrededor; algunos intentaban romper las ventanas del autobús y la escena entera era un caos. Habían dos ambulancias, varias patrullas y asistidos por voluntarios, trataban de sacar a las personas heridas. El hombre del sombrero reinició su paso veloz hacia allá.

Caminé detrás de él y al llegar al punto exacto del accidente mis ojos brincaron en todas direcciones, hacia la gente, hacia los fierros retorcidos; trataba de ver a través de la ventana frontal del vehículo buscando gente en el interior seguramente empujado, como todos, por el morbo y la curiosidad.

El hombre que había estado siguiendo se sentó en cuclillas ahí en el pavimento y me señaló debajo de un automóvil que había sido alcanzado por el autobús. Al acercarme encontré a un paramédico que desesperado trataba de revivir a un hombre postrado en el suelo; era de piel tostada, bañado en sangre, que vestía un pantalón de manta y una camisa de cuadros verde. Inmediatamente lo reconocí y asombrado volteé hacia atrás para comprobarlo y ahí estaba él en cuclillas detrás de mi, intacto, pulcro, impávido. Levantó las cejas y nuevamente señaló hacia su cuerpo, pero en esta ocasión hizo un ademán con la mano indicándome que mirara debajo del coche.

Ahí estaba el cuerpo inmóvil de una niña y nadie había reparado en su presencia porque estaba oculta debajo del automóvil.

–¡Debajo del coche, ahí abajo!– Grité a los policías mientras yo mismo intentaba alcanzar ese cuerpo diminuto.

En un instante se acercó mucha gente y entre todos levantamos el carro para liberar a la niña.

Ella estaba inconsciente y con heridas menores en el cuerpo.

–¿Cómo la vio?– Me preguntó un paramédico cuando estaban revisándola.

–No la vi yo, me avisaron – Contesté, mientras buscaba entre la gente el alma de aquel hombre que fue a buscar mi ayuda a varias calles de distancia.

Cita a Ciegas


Otra vez la casa está obscura; detesto los apagones de luz porque ellos siempre regresan y me molestan aprovechándose de mi miedo.
No estoy seguro de haber cerrado la puerta del jardín, alguna vez entraron por ahí.

Estoy paralizado en el centro de mi habitación, la puerta del cuarto está abierta y ni siquiera consigo que mis piernas se muevan para acercarme hasta allá y cerrar.

Un golpe se escucha en la planta baja, no hay nadie en la casa, estoy seguro que fueron ellos. Regresaron.
Finalmente empiezo a moverme pero lo hago hacia atrás, me alejo de la puerta. Desde aquí alcanzo a ver el cubo de la escalera y desde arriba, el tragaluz lanza líneas blanquecinas sobre los escalones, veo uno si y otro no.
No debo parpadear, tengo que resistir hasta verles las caras. No puedo dejar que me atormenten así, me lo juré la última vez; ese día me dije que en la siguiente oportunidad iba a superar este pánico hasta enfrentarlos. Hoy ya no estoy tan seguro.

Otro golpe, este fue a los pies de la escalera, lo sé porque la caja de música que está en la mesita del teléfono, a un lado de la escalera. Está sonando, y cada nota hace que se me ericen los vellos de la nuca. Sigo sin poder parpadear, ya no es tanto por la promesa que me hice sino por el miedo que estoy sintiendo.

Empiezan a crujir los escalones, reconozco claramente cada uno de esos sonidos, cada vez se acercan más. Sus pasos son pausados, sé que me quieren sorprender como la última vez. De pronto regresa la luz y veo la escalera completa, no hay nadie ahí pero los pasos siguen subiendo lentamente. El alivio que sentí por el regreso de la energía eléctrica se disipó; ahora los pasos se aceleran y llegan hasta la planta alta.

Sigo petrificado en mi recámara, quiero gritar pero no puedo, no sale mi voz. La puerta de mi habitación rechina lentamente hasta terminar de abrirse, no hay nadie detrás, solamente una respiración profunda y los pasos que se me acercan. Ellos me están rodeando, siento esa respiración dibujando círculos a mi alrededor y después subiendo por las paredes, siempre rodeándome. Empezaron a correr y los cuadros de la habitación se ladean, el reloj de la pared se suelta de ella y cae estruendosamente en el suelo. Un aire suave me manosea la cara, estoy llorando, conforme más lloro, más rápido corren ellos por las paredes. Estoy descubriendo que no son varios, es uno solo que camina en cuatro patas, las pisadas claramente vienen de un solo lugar. Es inmenso, escucho las patas delanteras en una pared y las traseras en otra, siguiendo a las primeras.

-No puedo seguir así. Reflexiono y comienzo a pedirle para que se vaya.

Grito -¡Ya no me asustas!, mintiéndole a las paredes y rápidamente se detiene el aire, dejo de escuchar los pasos y se mulle la cama a mí lado. Una respiración pesada entra a mí oído. Nunca habíamos estado tan cerca. Detrás de esa respiración alcanzo a percibir un gruñido y me está olfateando una oreja, un escalofrío me recorre la mitad del cuerpo, sigo llorando pero estoy decidido a no detenerme. Su respiración lentamente se empieza a mover y me recorre la nuca hasta detenerse en mi otra oreja, el mullido de la cama acompaña la respiración y creo que de un momento a otro va a tocarme. Antes de que él se baje de la cama, escucho un bufido que me corta la respiración. Los pasos se van alejando de la recamara y bajan la escalera corriendo, al pasar por la mesita de la escalera, se vuelve a encender la caja de música y un golpe me indica que se ha cerrado la puerta del jardín. Ya se fue, y por primera vez estoy seguro que fue para siempre.

Jazmín



La cabeza me iba a estallar. Cada respiración se acompañaba de un punzón que me taladraba la sienes exaltando las sensaciones hasta lo absurdo. Lo inadmisible.

Siempre había sufrido de jaquecas pero esta era inusual. Parecía tener vida propia. No cedía un milímetro en el combate.

Sin motivo, mi abdomen se hinchó descomunalmente. El fenómeno me tomó por sorpresa con las manos sobre mi estómago y los dedos entrelazados. Vertiginosamente las dimensiones de mi figura estaban transformándose y por primera vez en horas dejé de pensar en la migraña.

Toda mi atención se concentró en zafar mis dedos que para ese momento estaban totalmente trenzados. Los nudillos se me blanquearon de tanto esfuerzo. Ya no era dueño de mi cuerpo.

Algo en mi interior comenzó a moverse violentamente. Como intentando salir, buscando liberarse de mis entrañas.

Recordé como la abuela de mi esposa insistía con frecuencia que el mejor remedio para los dolores estomacales y de cabeza era el té de jazmín. Esa idea me parecía absurda. Me sonaba a placebo, a un truco barato para engañar los sentidos del enfermo distrayéndolo del dolor.

En aquellos espeluznantes segundos lo único que deseaba era algo para que esa sensación de asco e hinchazón desapareciera.

En vez de alivio, intempestivamente lo que llegó fue un poderoso espasmo en mi cuerpo que hizo que me arqueara sentándome en la cama. Quise gritar, para implorar por ayuda, pero de mi garganta salió un remedo de voz. Un gruñido grave y tosco que bramó algo indescifrable.

Estaba seguro que perdía la razón y grité:

-¡Déjame!

Tal cómo llegó aquella pesadilla, se disipó en el aire.

Caí rendido, repasando aterrado el evento. No había más migraña. Tenía la garganta seca, los labios agrietados; mis manos se habían liberado y el abdomen había recuperado su habitual tamaño.

Un zumbido agudo llenaba todo el ambiente y a la distancia reconocí a una jauría de perros que, furiosa se acercaba hacia mi casa.

–No había perros en este barrio. Pensé.

Tomé del buró la jarrita de vidrio con agua y me serví un vaso, haciendo que ambos titiritaran conmigo.

Bebí ansioso y al terminar me serví un segundo trago que dejé a la mitad derrumbándome exhausto por la experiencia, hasta quedar profundamente dormido en medio del aullar de cientos de perros postrados afuera de mi casa.

El sonido del teléfono me despertó.

A tientas alcancé el auricular y comprobé que seguía siendo de noche. Del otro lado de la línea escuché la voz de mi cuñada:

-¿Arturo? Preguntó conmocionada.

-Acaba de morir mi abuela. Y rompió en llanto.

– Fue algo muy sorpresivo, ¡estaba bien!, solamente tenía una gripe normal y estaba ronca, pero… No lo podemos creer todavía.

No podía emitir un solo ruido, no sabía qué decir, cómo reaccionar. Todos en la familia sabían del estrechísimo lazo que unía a mí mujer con su abuela. Estaba atónito.

-Fue espantoso, se hinchó como globo. Su cuerpo se desborda de la cama, no cabe en ella.

Agregó cada vez más descompuesta.

-¡Y los malditos perros que no dejan de ladrar! No sé de dónde salieron. Hay docenas afuera de la casa.

Instintivamente busqué con la mirada el vaso con agua que había dejado sin terminar a un lado de mi cama, tratando de asegurarme que todo era un sueño, pero seguía ahí.

Suspiré profundamente, confundido, petrificado y al hacerlo se me llenaron los pulmones con el suave y delicado aroma del jazmín.