Incompleto


El aire es denso. Saturado de infinitas partículas de polvo finísimo. Cada una de ellas, tapa los poros de mi piel impidiéndome respirar. La noche se está apoderando de mi existencia y por más que abro los ojos, no alcanzo a ver absolutamente nada. Lamentos ajenos entran por mis oídos, parcialmente sordos, sin que pueda moverme un centímetro. Algo aprisiona mis piernas y mi pecho entorpeciendo, aun mas, la entrada del aire a mis pulmones. Después de un rato, hago consciencia de que mantengo en el rostro una mueca de dolor contenido. Me duele la cara, las mejillas han permanecido tensas una eternidad, y al relajarlas, las siento entumidas. Me guío por los sonidos y a la distancia escucho voces que piden ayuda. Más cerca de mi, un bebé llora. Es un sollozar ahogado, tapado. Berrea intermitentemente y ese sonido prevalece, se sentía más doloroso. Quizá porque antes de la primera sacudida, había visto a muchos bebés en el cunero. Y en este momento, siento que este bebé es el llanto de todos los bebés del mundo.

El hospital estaba a reventar de papás primerizos haciendo muecas a través del vidrio. Ese detalle me sorprendió porque eran apenas las 7:00 de la mañana.

No tengo idea de cuánto tiempo ha pasado desde que terminó el terremoto. Comenzó como todos los demás. Esta sensación de mareo repentino que tardas en asimilar, pero en esta ocasión todo se aceleró, se intensificó, se magnificó. Iba pasando a un lado del cunero y las ventanas reventaron. Las luces del techo parpadearon como asombradas también y se apagaron mientras una grieta enorme rajaba el techo de un extremo a otro.

Se abrió el suelo y todo se vino abajo. Trato de recordar qué había cerca de mí cuándo el temblor se tragó la luz, pero no consigo reproducir ese instante. Todo fue demasiado rápido. Sé que el edificio entero se ladeó. Es clara la sensación de que el área de los bebés se me vino encima, junto con las enfermeras, las sillas, el equipo médico, las paredes…

El niño sigue llorando. Siento impotencia, quisiera hacer algo, pero estoy atrapado del pecho hacia abajo. Mis manos están libres, pero las estiro y a tientas exploro mi alrededor y no puedo darle una forma con la mente, todo es tierra, pedazos de metal, concreto.

Algo me mojó las manos, las siento húmedas y a la mente me llega un río carmesí, espeso. Se acelera mi corazón. Me cuesta respirar y me angustia seguir escuchando a ese bebé gimiendo. Cada vez lo hace en intervalos más largos. ¿Estará muriéndose? Los gritos de ayuda se han estado apagando conforme pasa el tiempo. Yo no puedo gritar, la presión en mi pecho es inmensa y percibo que hay más escombros cerca de mi cabeza. Yo estaba en un décimo piso, sobre nosotros había 6 pisos más. Estoy en medio de todo el edificio.

¿Cómo estará mamá? Esto la sorprendió desayunando, estoy seguro. ¡Carajo! A las 8:00 de la mañana terminaba el turno. Debería estar sentado en el comedor, hablando con ella. Diciéndole que la noche fue tranquila, que a las 3:00 de la mañana, el Doctor Rosales trajo al mundo a unos gemelos hermosos que, en este momento, deben estar triturados entre cemento y tierra. ¡No quiero morirme así!

¡¿Se murió el bebé?! ¿Dónde, mierdas, está su lamento?

Tengo la garganta seca, está llena de tierra. Sólo necesito un trago de agua, algo que me limpie la boca, las encías. ¡Ahí está el bebé! Volvió a quejarse. Está exhausto. Lo sé porque yo me siento así. Esto que me aprisiona el pecho, tiene una grieta y mi mano cabe por ahí. Me puedo tocar la cadera y siento un fierro dentro de mis muslos. Maldita sea, los perforó a los dos, de un lado al otro. Toda esta presión debe estar deteniendo el sangrado. Quiero orinar. ¡Ahí está el agua que necesito! Al carajo, me voy a beber mis meados. No siento ningún sabor, solamente siento algo tibio que me moja la boca y me limpia la garganta.

Todo se está sacudiendo nuevamente. ¡Es insoportable el dolor en las piernas! El fierro que me punzó se está enterrando más y me está haciendo pedazos. Algo me golpea la cabeza y al mismo tiempo entra luz. Alcanzo a ver el cielo entre los escombros. Ya es de noche, ¿cuánto tiempo ha pasado? Sé que he dormitado a ratos, pero no tengo noción de la hora o de la fecha. El niño ya no se escucha. Lo aplastó algo en la segunda sacudida.

A la distancia escucho voces y veo rayas de luz que se acercan. Son linternas. Alguien viene y yo no tengo fuerzas ni siquiera para llorar.

-¡Aquí hay uno! Gritó una voz desde afuera y eso me hizo despertar del desmayo.

-¡Está vivo! Aclaró y una linterna me apuntó a la cara. No podía tener los ojos abiertos, me dolía ver.

Jesús, se llamaba el muchacho que se me acercó. Usaba un pañuelo rojo que le cubría la boca y la nariz. Estaba tiznado y bañado en sudor cuándo me dijo:

-Hermano, te voy a sacar de ahí. Aguanta.

Me volví a desmayar. Pero el ruido de las palas y de muchos hombres removiendo escombros me despertó. Le dije a Jesús que debajo de mí, había un bebé y que no sabía si estaba vivo o muerto. Todos corrieron, se acercaron y alumbraron con sus linternas. Solamente alcanzaba a verles las caras y adivinaba la escena por sus reacciones. Uno de ellos dijo que lo alcanzaba a ver, pero que estaba muy abajo. Tenían miedo de mover las piedras alrededor de mí, porque sentían que provocarían un derrumbe y matarían al niño.

-¿Hermano? Me dijo Jesús casi susurrando.

– Tengo que amputarte las piernas para que puedas salir de ahí amigo.

Empecé a llorar. Le pregunté si había otra forma y me dijo que sí, pero que podían matar al bebé debajo de mí.

-Córtame. Le contesté.

-Saca a ese bebé.

Jesús me dijo que me iba a dormir para que no sintiera el dolor y lo último que recuerdo fue la punta de esa aguja que me quitó de encima tanto sufrimiento.

Salvador, fue el nombre que los abuelos le pusieron a ese niño que estaba debajo de mí. Me visita de vez en cuándo y me dice tío desde hace años. La verdad es que sí lo siento como mi familia.  Creo que así como nosotros, muchas otras familias se han tenido que volver a crear y a juntar para tapar los pedazos que se llevó el terremoto. No quitó mucho, pero nos enseñó más. Al menos eso es lo que yo le digo a Salvador cuándo me pregunta la historia de cómo nació.

Absens Verbum


Apenas di vuelta en la esquina de la calle cuando lo vi. Se acercó directamente hacia mí, jamás lo dudó. Avanzó a paso firme y se me plantó de frente bloqueándome el camino.

Era un hombre de piel tostada, bajo de estatura y vestido pulcramente con unos pantalones de manta, una camisa a cuadros de color verde y un sombrero de paja. Unos huaraches de cuero le cubrían parcialmente los pies; callosos y agrietados que contrastaban con su ropa sencilla pero impecable. Usaba un bigote ralo que no le alcanzaba a cubrir el labio y su actitud era desesperada. Evidentemente no era un hombre de ciudad. Con ademanes me señalaba hacia atrás de él, abría los ojos pero no emitía un solo ruido. Reaccioné señalándome el pecho con el índice para asegurarme que se refería a mí, aunque era más que evidente por su postura; asintió con la cabeza, dio media vuelta y empezó a caminar a paso presuroso justo por donde apareció.

Lo seguí. No sé porqué, pero así lo hice.

No era un hombre joven, aunque tampoco era anciano y su constitución física más bien era delgada. A intervalos de tiempo frecuentes el hombre del sombrero volteaba a verme como asegurándose de que lo seguía y a los pocos metros le pregunté quién era, me respondió con una mirada vacía que acompañó con una mueca y aceleró el paso.

–Debe estar perdido en la ciudad. Pensé.

Pero después cambié de opinión al ver con que facilidad se desenvolvía en la calles. Avanzaba rápidamente y su manera de conducirse me daba a entender que sabía exactamente a dónde quería llegar.

Llegamos a una esquina más y ahí se detuvo completamente, yo lo observaba desde atrás y me acerqué hasta él sin quitarle los ojos de encima; me llamó la atención que su respiración no había cambiado, mientras yo jalaba aire. Distraído en esos pensamientos tardé un instante en percatarme que el hombre extendía su brazo derecho señalándome algo. Cuando seguí con los ojos el punto que mostraba, encontré a media calle un camión de pasajeros volteado y mucha gente alrededor; algunos intentaban romper las ventanas del autobús y la escena entera era un caos. Habían dos ambulancias, varias patrullas y asistidos por voluntarios, trataban de sacar a las personas heridas. El hombre del sombrero reinició su paso veloz hacia allá.

Caminé detrás de él y al llegar al punto exacto del accidente mis ojos brincaron en todas direcciones, hacia la gente, hacia los fierros retorcidos; trataba de ver a través de la ventana frontal del vehículo buscando gente en el interior seguramente empujado, como todos, por el morbo y la curiosidad.

El hombre que había estado siguiendo se sentó en cuclillas ahí en el pavimento y me señaló debajo de un automóvil que había sido alcanzado por el autobús. Al acercarme encontré a un paramédico que desesperado trataba de revivir a un hombre postrado en el suelo; era de piel tostada, bañado en sangre, que vestía un pantalón de manta y una camisa de cuadros verde. Inmediatamente lo reconocí y asombrado volteé hacia atrás para comprobarlo y ahí estaba él en cuclillas detrás de mi, intacto, pulcro, impávido. Levantó las cejas y nuevamente señaló hacia su cuerpo, pero en esta ocasión hizo un ademán con la mano indicándome que mirara debajo del coche.

Ahí estaba el cuerpo inmóvil de una niña y nadie había reparado en su presencia porque estaba oculta debajo del automóvil.

–¡Debajo del coche, ahí abajo!– Grité a los policías mientras yo mismo intentaba alcanzar ese cuerpo diminuto.

En un instante se acercó mucha gente y entre todos levantamos el carro para liberar a la niña.

Ella estaba inconsciente y con heridas menores en el cuerpo.

–¿Cómo la vio?– Me preguntó un paramédico cuando estaban revisándola.

–No la vi yo, me avisaron – Contesté, mientras buscaba entre la gente el alma de aquel hombre que fue a buscar mi ayuda a varias calles de distancia.