Rosas Amarillas



Sigue espiándome desde la esquina. Se volvió una costumbre recorrer la orilla de la persiana para asomarme a la calle. Siempre esperando que él ya no esté.
Hoy sigue parado ahí, apenas a unos metros de mi automóvil.
No sé en qué momento empecé a notar su presencia, creo que fue la tarde en que se apareció detrás de los arbustos en la esquina de la calle. Llegaba de la oficina y al bajar del auto me distraje un momento recogiendo mis cosas, cerré la puerta y giré para encaminarme a la casa cuando salió de entre las matas y se detuvo frente a mí. No dijo nada, solamente me observó como estudiándome y me hizo una señal de saludo tocándose la gorra roja que siempre usa.
No puedo descifrar su edad. Las canas en su espesa barba sugieren más de cincuenta años, pero conozco gente con la mitad de esa edad que ya tiene marcadas las sienes con trazos blancos.

Supongo que mide más de un metro noventa porque desde la ventana de mi recámara parece una torre. Su cara nunca refleja expresión alguna y debe tener meses sin bañarse. Sus manos y cara siempre están sucias; el cabello que, se escapa debajo de su gorra, brilla bajo los rayos del farol de la calle de tan grasoso. Usa unos zapatos tenis que en algún momento, debieron haber sido blancos. Su inescrutable semblante es, sin lugar a dudas, lo que me corta la respiración al verlo.

Hace más de un mes que no puedo pensar en nada que no sea ese sujeto. He pasado noches perpetuas espiándolo y rara vez se mueve de la esquina. Con frecuencia prende un cigarro y lo fuma con calma. Se asoma a mi automóvil, entre bocanadas de humo y después dirige la mirada a la ventana de la sala de mi casa, revisa su reloj y continúa fumando.

Fui a la policía para reportar la presencia del tipo afuera de mi casa y el oficial que me atendió tranquilamente me dijo que el hombre no había hecho nada, que no lo podían arrestar por estar parado en la calle. Argumenté que me acosaba, que se asomaba a mi automóvil y que pasaba horas viendo hacia mi casa y revisando su reloj. Aclaré que me estaba vigilando. El policía sonrió sarcásticamente y me explicó, como si fuese una retardada, que vivíamos en un país en donde la gente todavía, tenía el derecho de mirar hacia donde se le diera la gana.

—Incluso a su reloj. Puntualizó irónico el oficial.
Me contuve para no bofetearlo ahí mismo.

Mari Paz, mi hermana, me ha apoyado incondicionalmente en todo este asunto, se ha ofrecido para quedarse a dormir aquí conmigo durante las noches. Eso no va a resolver nada, lo sabe ella y lo sé yo. La última vez que platicamos, ella me sugirió que visitara a un amigo suyo abogado para que me asesorara. Voy a ir a verlo.

Hoy en la mañana, por primera vez me reporté enferma en la oficina, no pude tolerar la idea de regresar en la noche a la casa y encontrármelo en la calle.
Siento que estoy un poco más protegida aquí adentro pero no puedo estar así siempre. Soy prisionera en mi casa.
Al principio pensé que este problema era sólo mi imaginación, en este momento ya no estoy tan segura. No tengo idea de qué es lo que quiere de mí.
He repasado todos los escenarios posibles acerca de las intenciones de este hombre: robo, violación, asesinato. Sigo alimentando estas ideas porque sé que la realidad jamás es como uno se la imagina. Siento que pensando en las peores situaciones evito que ocurran en la realidad.
Esta tensión ha ocasionado que constantemente me brinque la pierna izquierda, no me doy cuenta en que momento empieza el temblor y es hasta que me duele, cuando me percato que la he estado moviendo inconscientemente desde hace horas.

Las noches son lo peor, llevo semanas levantándome con un profundo dolor en la cara. Es el nerviosismo que me hace apretar la mandíbula durante los pocos minutos que logro conciliar el sueño.

Antes de abrir la puerta de la casa, camino a ver al abogado, reviso que no esté él por ahí agazapado esperándome.

Vuelvo a sentir un nudo en la garganta y el deseo de llorar. Se me está echando a perder la vida, ni siquiera a plena luz del día me siento segura.

Me acerco al vehículo y al abrirlo, un tufo rancio sale del coche. Todo está fuera de su sitio; la guantera está abierta y los documentos del auto están regados en el asiento del copiloto. No puedo contener el grito de pánico. En el suelo del coche está una rosa amarilla envuelta en papel periódico.

—¡Se metió al coche! Me digo aterrada.

Tomé un taxi para ir a ver al abogado. No me atreví a subir a mi coche. La policía estuvo aquí desde las 3:00 de la tarde buscando huellas digitales en el auto y obtuvieron una extensa colección. La mitad de ellas son mías. Al terminar me dijeron que van a cotejarlas en sus archivos para saber a quien pertenecen. Quedó claro que el tipo no se llevó absolutamente nada, simplemente se metió al coche y me dejó esa rosa.

El abogado me pidió que comprara un equipo de vigilancia con video incluido, dice que si ese sujeto vuelve a meterse a mi auto o intenta hacerlo en mi casa, con ese video ya se puede procesar por acoso.

No me quedan dudas, ese hombre viene a buscarme y la situación cada día se vuelve más desesperante. Me enferma saber que no hay casi nada que pueda hacer.

Tan pronto compré el equipo de video, lo instalaron. Colocaron una cámara en la esquina superior de la puerta de entrada, desde ese ángulo se puede cubrir la entrada de la casa y mi automóvil estacionado justo frente a la entrada. Fingiendo interés, el técnico me dijo:
—Con este equipo ya no la van a molestar más. Como si una cámara de video lo fuera a detener. Imaginé.

Está decidido, no pienso dormir en la casa por un par de días, Mari Paz me ofreció asilo y mientras la cámara de la casa lo vigila a él, yo voy a dormir un poco más.

Después de tres días de ausencia, regreso a la casa, me acerco al equipo de grabación y la cinta ya se terminó, tengo que rebobinarla y revisarla. Siento una opresión en el pecho conforme la cinta se va regresando, sé que lo voy a ver desde otra perspectiva. Dudo mucho antes de presionar el botón para ver la cinta. Un tic nervioso en el ojo hace que me brinque sin control. La cinta ya está corriendo.

En el monitor veo la entrada de la casa, la calle vacía y al fondo mi auto. Durante varios minutos no pasa absolutamente nada. Empieza a caer la noche en el video y lentamente la imagen se torna verdosa y con granizo por la falta de luz. Los faroles de la calle se encienden en la imagen y empiezo a dudar:

—Quizá se dio cuenta que la policía estuvo aquí. Me pregunto intrigada

—Por eso ya no regresó.

Estoy sumida en esta reflexión cuando lentamente, él entra en escena.
Desde que llega se acomoda en el lugar de siempre, saca un cigarro y empieza su ritual. Por su actitud sé que no se ha dado cuenta que la casa está sola. Se acerca a mi auto y lo inspecciona desde el parabrisas usando una mano para evitar el reflejo de los faroles en la calle. Está mucho más expresivo comparado con las ocasiones en que nos vemos a lo lejos. Regresa a su lugar, empieza a revisar el reloj y voltea a la ventana de mi recámara en el segundo piso. Conforme avanza el video me hiela la sangre contemplar la paciencia que muestra, no pestañea, no separa la mirada de mi casa.

Mientras más tiempo pasa, él parece ganar más confianza y yo mucho más miedo. Casi me acostumbro a verlo en el monitor, ahora parece casi inofensivo, de repente, hace un movimiento brusco y se inclina llevándose las manos a la espalda. Voltea hacia los dos lados de la calle y en un sola moción, un enorme desarmador aparece como por magia. Sostiene el cigarro entre los labios y entrecierra un ojo levantando la ceja izquierda para evitar que el humo se le meta en los ojos. Se acerca a mi carro y empieza a hurgar en la ventana.

Esta actitud sistemática y metódica me hace pensar en los asesinos en serie, esos que yo creía que solo vivían en otros países.

Con una habilidad sorprendente abre la portezuela y descaradamente, se encierra en el auto.

Ya no veo sus rasgos, solamente una sombra obscura que se mueve en el interior. Se inclina y abre la guantera. Ahora está bajando la visera donde está el espejo y se acerca para verse. Está echando para atrás el asiento y la silueta se esfuma.

Me empieza a faltar el aire, imagino todas las noches que él ha estado husmeando con tanto interés mis cosas mientras yo duermo. Su desfachatez es tan grande que me queda claro que no tiene nada que perder. Nada le preocupa.

Después de unos minutos, abre la puerta del carro y baja. Cruza la calle y se para en la entrada de la casa. Su imagen se distorsiona por la cercanía con la cámara y después de investigar a detalle la puerta, empieza a revisar en los alrededores. Se acerca aun más y descubre la lente de la cámara de video. Se acerca emocionado al aparato y sonríe sarcásticamente; sus dientes están sucios y un sinnúmero de arrugas le llenan el rostro. Saca la lengua y comienza a lamer el aire.

Por primera vez nos vemos a los ojos. Su cara, desproporcionada, ocupa todo el monitor. Me llevo las manos a la cara y comienzo a sollozar, no puedo creer que haya estado en el interior de mi auto tanto tiempo y que haya entrado con esa facilidad.

Me siento indefensa, ultrajada. No veo salida alguna para esta situación. Estoy increíblemente sola, temblando y a punto de entrar en una crisis nerviosa. Lo único que se me ocurre es llamarle a Mari Paz y ni siquiera puedo pronunciar palabra por el teléfono cuando ella me contesta, me falta el aire y siento el llanto atorado en la garganta. Sólo atiné a decirle:

—Estuvo aquí. Y colgué.

Inmediatamente empiezo a deambular por la casa cerrando ventanas y puertas. Corro todas las cortinas y mentalmente trato de encontrar algo con qué defenderme en caso de que él intente meterse a la casa.

Estoy vaciando los cajones de la cocina en busca de un cuchillo y después reflexiono y me doy cuenta de que aunque tuviera una pistola, no me atrevería a hacerle frente.

La presión estalla y empiezo a gritar.

Después de algunos minutos empiezo a retomar el control, sigo llorando y suspirando pero me siento un poco más tranquila. De pronto escucho un golpe en la puerta de la entrada y una descarga de adrenalina me pone a la defensiva. Abro los ojos como intentando ver a través de la puerta y sin pensarlo demasiado tomo el primer cuchillo que saqué de la alacena y corro al segundo piso. Al pasar cerca de la puerta veo una sombra a través de la ventana que está a un lado de la puerta principal y siento que las piernas se me doblan. Contengo el grito y me quedo petrificada frente a la entrada. La puerta se abre lentamente y escucho una voz de hombre que me llama por mi nombre.

Es el abogado y Mari Paz que vinieron a verme. El cuchillo se me escapa de las manos, no me puedo contener y rompo en llanto tirada en el suelo.

Después de revisar la cinta, la policía llegó a la casa y, por segunda ocasión, estoy rodeada de agentes que me hacen preguntas absurdas.

Al abrir el auto encontraron restos de semen en el tablero, dicen que también se van a llevar muestras de esa porquería para analizarla. El abogado intenta tranquilizarme diciéndome que con esa cinta ya puede solicitar una orden de arresto. Lo van a empezar a buscar.

El dictamen final es que no me hizo nada, no robó, no me atacó, ni siquiera me dirigió la palabra. El cargo es simplemente Allanamiento en Propiedad Ajena y como no encontraron más agravantes, sólo le dieron un año de prisión con derecho a fianza. Ese hombre no tiene dinero así que lo van a encerrar 12 meses y le van a reducir la condena si presenta buena conducta.

Decidí mudarme, no quiero estar cerca de esa casa ni de esa esquina.

La casa nueva tiene más luz y se siente más pequeña, más cálida. Me hace sentir más protegida.

Suena el timbre, seguramente es Mari Paz, quedamos de vernos hoy para comer. Abro la puerta y me encuentro a un niño de unos ocho o nueve años que me mira sonriente con las manos ocultas en la espalda. Estoy a punto de preguntarle qué desea cuando estira sus manitas y me alcanza una rosa amarilla envuelta en un periódico.

—Se la manda el señor. Me dice mientras señala, con su diminuto dedo, hacia una esquina en donde ya no hay nadie.

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