El Lago



En este lugar, todos vivimos confundidos, perturbados, totalmente desorientados, buscando la felicidad en las cosas; en la identificación con las formas, con todo aquello que nos ofrezca un motivo para pertenecer, para destacar, para ser reconocidos, vistos. Y esa obsesión también es una ilusión, un invento.

El cura, reza pero viola.

El policía, detiene pero delinque.

El maestro enseña, pero soborna.

El padre reprende, pero es infiel.

En el reino de las formas todo es apariencia, nada tiene sustento; todo persigue un objetivo oculto, mantiene una agenda secreta, privada.

La derecha se corrompe, pero la izquierda abusa y el centro solamente espera al que se equivoque primero para inclinar la balanza a su favor criticando en los otros los pecados propios.

Todos nos construimos héroes, dioses y guerrilleros; y también inclinamos nuestra balanza hacia dónde mejor nos convenga identificándonos con aquellos; sintiendo que cuando uno de ellos falla o se va, algo de nuestra esencia también se pierde y una parte de nosotros, se va a su lado para siempre. En la pérdida de esa madre, ese hijo, en el hermano, en el ser amado.

Ilusiones todas. Apariencias.

En el reino de las formas, todos somos como ondas sobre la superficie del lago de la vida, persiguiéndonos, comprándonos, retándonos, envidiándonos; deseando ser como el de al lado, y no como somos.

En esta carrera, desenfrenada pero breve de la vida, pocos son los que atinan a descubrir que al final del lago, una vez que alcancemos irremediablemente la ribera, todos habremos de disolvernos, cambiando de forma, sin desaparecer jamás. Pocos serán los que al final descubran que simplemente somos ondas sobre la superficie de ese lago y que estamos hechos todos de agua. Agua que es el lago mismo.

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La Cruz



El sabio reflexionaba frente al mar. Analizaba las olas, la marea, el baile de los pájaros en el cielo. El sol se sumergía lentamente al final del horizonte y en ese momento lo descifró.

Frente a sus ojos estaba todo claro, cristalino, diáfano. Se detuvo un instante y miró hacia su interior. Un interior más vasto y rico que la vida que se escondía bajo las profundidades del azul frente a sus ojos. Pensó en los libros y las enseñanzas del pasado. Dibujó sobre la arena líneas sin sentido hasta que dos se atravesaron azarosamente e hizo una pausa. En ese instante comprendió la increíble semejanza entre el ahora y la cruz católica.

Cuándo el maestro era flagelado, castigado y humillado, la cruz representaba todo el dolor, toda la tristeza y la desesperanza. Aquel hombre luchó contra esos leños de madera que lo laceraban, abriéndole la piel, sangrándolo hasta lo indecible.

Igual que el ahora, igual que este preciso momento.

-SI lucho contra él, lucho contra lo que ya es. Me desangró y me flagelo. Meditó

Cuándo el hombre de la cruz llegó hasta el monte y su final se acercaba, siguió gimiendo y luchando contra la cruz, contra el dolor y el sufrimiento, pidió ayuda a los cielos, clemencia. Y cuándo el cansancio y el dolor eran ya insoportables, finalmente aceptó esa realidad. La tomó como lo que era. Un hecho en el presente y se entregó a él. La cruz cambió, se transformó, pasó de verdugo a héroe, de dolor a paz. La cruz que lo mataba segundos antes, ahora lo liberaba y le regalaba los cielos.

Igual que el ahora, igual que este preciso momento.

-Si acepto este momento, como lo único real seré libre. Terminaré con la ilusión del sufrimiento. Concluyó sereno.

La  cruz y el ahora se funden y se mezclan como la teoría y la práctica.  Mientras más luche y rechace este instante, más difícil será develar la realidad, más profundamente quedaré atrapado en el espejismo del tiempo, del ayer y del mañana. Solamente existe este momento. Solamente existe ahora.

Y ahora soy la parte que le da sentido a este sol que se sumerge, a los pájaros que bailan acompasados en el aire y a este azul profundo, desbordado de vida frente a mí.

El sabio se levantó con calma de la arena y por primera vez entendió que él no era los eventos de su vida, su pasado y su futuro; sino el espacio en dónde los eventos de la vida se desarrollaban.

En aquel majestuoso atardecer frente al océano, el sabio dejó de ser, para solamente estar.